El Juego #02 (el Templo)

41

41

Luego de mostrarle los calabozos, la eternidad buscó inmediatamente la ubicación del salón de entrenamientos de su hermano para ayudar a Francis Tetzaco y a Freya a controlar sus habilidades. Tardó cinco días en encontrarlo, por lo que Freya tuvo que resignarse a ir a esperar todo ese tiempo.

Asistió a los entrenamientos como si nada estuviera sucediendo en las profundidades del templo y en la noche exploraba el lugar siendo camuflada por lo que sea que use el espectro para mantenerla oculta de la presencia de su hermana.

Ya había notado que el templo se dividía por secciones separadas por puertas que bien podían transportarlos a otra cámara del lugar si así lo deseaba. Era un laberinto, pero había logrado descifrar gran parte los días que la vigilante muerta estuvo presente.

El lado norte, dónde se encontraban las habitaciones de los aspirantes a guardián y las salas de entrenamiento, estaba conectado, a la derecha por el salón de los dioses y a la izquierda por el salón de guardianes. Al parecer, en el pasado eran usados para las reuniones de estos cuando todos debían tratar un punto importante. El salón principal, en el centro de todo el templo, dónde estaba un gigantesco trono de plata y mármol, era el lugar donde las reuniones mixtas se llevaban a cabo. Cuando el vigilante de las almas, Lancelot, los convocaba a una reunión extraordinaria en el templo y solicitaba la audiencia de ambas categorías, tanto dioses como guardianes y, en el peor de los casos, sus otros tres hermanos.

Hasta allí se componían los salones sin sentido del templo, el lado Este eran las recamaras del vigilante y sus subordinados. Freya sólo intentó acercarse una vez y por poco un hombre de cabello gris y ojos verdes la descubre, por lo que decidió que esa zona era prohibida para ser investigada por el momento.

El lado sur, o como ella lo llama, el recibidor, es la entrada de todo el templo. Dónde podía observar más allá de esos barrotes de mármol y granito blanco que fueron usados para crear el templo. La vista, preciosa, un campo verde de una extensión gigantesca que te revelaba toda la vegetación y al final, como unos puntos y banderas apenas notables, estaban los asentamientos del ejército de muertos, como lo bautizó la primera vez que escuchó de ellos.

Eran asentamientos creados en base a todos los elementales que murieron los últimos novecientos años en este templo mientras se presentaba el siguiente nombramiento. Todos los aspirantes, guardianes y jugadores de todas las épocas se encontraban asentados allí, personas revividas por la vigilante del cielo para sus propios fines egoístas y sin sentido.

Estaba abusando del poder que le otorga el templo Souls sobre las almas, violando todas las leyes de la naturaleza y eso, algún día traería problemas.

Y el lado oeste, el lugar de los misterios, ese lado que tiene las puertas con conjuros para transportarlos a otro lugar y esconde todos los secretos de este templo. Según la eternidad, ningún templo debería tenerlo, así como tampoco debían existir los calabozos del templo oculto en tierras mortales, pero no podían evitarlo, ya Amateur había roto todas las reglas de la naturaleza existente y estaba dispuesta a romper más para no perder su objetivo. Para no morir.

Ese era el lado donde se encontraba Freya mientras la eternidad la guiaba hasta el salón de entrenamiento, después de cinco días lo había encontrado y estaba a punto de ayudarle a ella y al mismísimo Fitz a controlarse finalmente por completo.

Por suerte, Freya había hecho el conjuro de transmutación en Fitz y nadie sabía que él se encontraba con vida y estaba libre ayudando a sus ejércitos.

Freya pensó que desde ese entonces habían transcurrido solo dos o tres meses. Lo que esperaba es que el dios de la muerte siguiera consiente, todavía no lo había visto en su celda y le preocupaba en demasía lo que pudo ocurrirle. Era el único que sabía el paradero de los demás dioses del renacimiento.

Ahora estaba allí, encerrada en el salón de entrenamiento, con Fitz jadeando junto a una de las estaciones de ejercicio mientras ella mantenía la concentración sobre unos bloques de obsidiana que debía elevar con su mirada o alguno de sus poderes ocultos. Algo que no estaba resultando muy bien.

– ¿Por qué te cuesta tanto elevarlos? – pregunta Fitz con voz ronca llegando hasta donde ella estaba.

Se estaba apoyando en la pared junto a la puerta.

– Tus fuerzas no han terminado de maduras como las de él, por eso te cuesta. – le explica Annaroth a Freya mientras la miraba con el ceño fruncido.

Se alejó un poco rodeando ese lugar al otro lado, pero el resultado era el mismo: Nada.

Desestimó sus intentos de elevar el objeto con un suspiro resignado y se sentó con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en sus rodillas. Miró a Fitz frente a ella que la miraba divertido y ella bufó.

Con cada mirada, el extraño deseo en su interior se incrementaba y no, no podía caer en él. Así que se dedicó a explicarle el asunto de sus fuerzas, tal y como la eternidad estaba explicándole.

– Mis fuerzas no han terminado de madurar del todo como las tuyas. A tu lado soy una simple bebita que debe ser entrenada desde cero para manejar las habilidades con las que nació.

– Pensé que teníamos la misma edad, Freya ¿Cuántos años tienes? – pregunta Fitz curioso, se sienta junto a la pared con una mueca y la mira cansado.

– Casi tenemos la misma edad. – sonríe, mira un punto cualquiera en la habitación. – Además, no puedes preguntarle a una mujer de esa forma su edad ¿No te lo han dicho?

– Solo dímela y ya. – ríe elevando su cabello con una mirada, lo hacía para fastidiar.

– Te has vuelto algo fastidioso, Francis. – ríe y retira su chaqueta carmesí con una mueca. El calor era sofocante a este punto, más cuando no sabían el tiempo que llevan allí encerrados. – Tengo setenta años en este mundo, treinta y cinco en este cuerpo.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar