El Juego #02 (el Templo)

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– Debes ser silenciosa y rápida, sólo hay una oportunidad para sacarlo de allí. – había susurrado el espectro mientras se adentraban en los pasillos del calabozo.

Freya la seguía con una mano en la empuñadura de su espada y otra en la pared mohosa del lugar. Estaba sintiendo cada una de las presencias del otro lado de ese rocoso material y se le erizo la piel con solo sentir diez igual de fuertes que ella, incluso más. No quería verlas, desde que la eternidad le dijo que eran experimentos de Amateur decidió dejarlo estar.

– El Carver está custodiando la entrada y otro en el interior. Son monstruos creados con los cuerpos desmembrados de los antiguos elementales. – decía Annaroth.

Si su intención era distraerla, estaba fallando catastróficamente en el intento.

La piel de Freya se erizó.

– Su sed es sobre la sangre elemental, más los guardianes y aspirantes como tú. Por eso mi hermana lo colocó al final del laberinto cuando ustedes llegaron.

Y qué final tan aterrador había sido.

En ese momento Freya sólo hizo un movimiento de mano para matarlo con su habilidad, pero de haber estado cansada como los demás que lo intentaron, ahora mismo no estaría hablando con ella.

– Inmediatamente, cuando el Carver note que estás cerca. Te va a matar...

– No estás ayudando. – siseo Freya con una mirada fulminante.

El espectro se encogió de hombros y siguió caminando.

Cruzaron un par de pasillos, bajaron una infinidad de escaleras para el séptimo calabozo; y de no haber sido por la guía del espectro, Freya se habría perdido entre esas sinuosas paredes de piedra.

No había memorizado el camino en todo el tiempo que lleva aquí, se le ha vuelto una tarea imposible.

– ¡Oye!

Freya se ocultó en el final de la escalera que acaba de terminar, desenvaino dos dagas de sus botas. Dos guardias que estaban charlando sin cuidado en este pasillo la habían visto, y para la desgracia de ellos, es lo último que verían en su vida.

Los pasos de los sujetos resonaron en el pasillo, acercándose a ella.

Estabilizó las dagas en ambas manos sin miedo, antiguas palabras de entrenamiento asomaron su mente y ella las removió rápidamente con un movimiento de cabeza. No era tiempo de recordar.

Corto superficialmente las manos de un guardia sobre la espada que asomó su costado. Esquivó el ataque del segundo con un giro silencioso, semejante a una serpiente de río con la que pasó mucho tiempo en un verano, sobreviviendo.

Asestó la cuchilla de la daga en el costado del otro sujeto rápidamente, un gruñido salió de los labios del hombre; pero la asesina no se detuvo.

Con una respiración profunda, cambió la posición de las dagas en sus manos. Enterró una en el cuello del primer soldado herido que intentaba girarse para golpearla, y la otra la envió volando a la cabeza del segundo a unos metros de distancia. La mueca del dolor grabada permanentemente en sus rasgos.

Levantó una mano cubierta de una llama rubí, incinerando los cuerpos en un pestañeo y tomó las dagas abandonadas en el suelo con un suspiro. No fue herida o descubierta, pero eso no la mantendría tranquila. No hasta que volviera a su habitación en el templo.

– Eso fue impresionante, pero deja de contenerte, Freya. – comento el espectro.

La Stanfers se colocó a su lado con una ceja arqueada y apoyó una mano en el mango de la espada.

Las dagas habían desaparecido de sus manos, regresando a sus piernas.

– No quiero dejar huellas. – murmura la asesina, escaneando todo el lugar. – Pensé que debía ser discreta con los asesinatos.

– Uno de ellos casi te entierra una daga envenenada.

– Por eso le enterré una daga en el cuello. – sonrió sin ser sincera del todo y dejó escapar una maldición baja.

El siguiente pasillo estaba repleto de guardias con espadas y arcos.

No dudaba que la hubieran visto.

– No dejes que te vean con la piel de Freya. – dice Annaroth con el ceño fruncido. – Debes ser ella.

– ¿Estás loca? – pregunta la asesina con un pequeño gruñido.

Toma las cuchillas gemelas que descansan en sus muslos y mira al espectro con la boca abierta, no estaba bromeando.

– Tú hermana comenzará a cazarla.

– No lo creo. – dice con un encogimiento de hombros. – Vamos, sé una buena asesina y sal allí con ese rostro.

Freya casi pudo insultarla en un grito.

Más aun así obedeció, murmurando las palabras del conjuro, su cabello y ojos se oscurecieron inmediatamente.

Una capucha cubrió su rostro de cualquier mirada inquisidora, y cuando los guardias surgieron junto a ella. Las cuchillas cortaron la carne de sus cuellos sin un atisbo de duda o piedad.

Dos guardias cayeron muertos a sus costados.

La sangre cubrió por completo sus cuchillas, y las gotas cayeron al suelo cuando saltó a una de las paredes esquivando una flecha hacia su rostro. Su capucha se removió un poco, revelando su rostro olvidado, y algunos guardias que la vieron gritaron sorprendidos.

Arrojó una daga en el cuello del guardia frente a ella. Tomó de nuevo la cuchilla olvidada y cubrió las espadas de los guardias a su lado con las hojas cruzadas y un gruñido en sus labios.

“Son demasiados guardias para un simple chico de veinte años ¿Tan peligroso era?”. Pensó Freya mientras peleaba contra todos los guardias.

Una de sus cuchillas salió despedida por el aire, el choque del metal silenciando un poco los gruñidos de los guardias.

Freya saltó hacía atrás esquivando el corte de la espada y una flecha pasó cerca de su rostro, cortando la capucha de su capa.

– ¡Mátenla! – gritaron al verla en una posición nada favorable.

Ella dejó caer la cuchilla sobrante llena de sangre en el suelo.

Colocó una mano en el suelo, la piedra levantándose ligeramente, impulsando su cuerpo al techo. Giró su costado a la derecha al atisbar una segunda flecha, tomó poder en las ráfagas de viento de la misma y re direccionó la flecha ante su enemigo, enterrándola en su rostro lleno de cicatrices.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

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