El Juego #02 (el Templo)

EPILOGO

EPILOGO

En el campo de batalla frente a él, todos y cada uno de los soldados cayeron muertos. No más gritos. No más muertes. Una furia primitiva se había apoderado de su cuerpo con ese último pensamiento. Con ese adiós. Provocando que soltara el agarre en su poder destructivo, matando a todo el ejército de muertos frente a su legión Dimitrows.

Los vitorees comenzaron inmediatamente al ver al enemigo derrotado. Los soldados, tenientes y comandantes se arrodillaron en el pasto con plegarias cubiertas de agradecimiento a cualquier ser omnipotente que los escuche por salvarlos de esa muerte segura.

Las armaduras de acero estaban abolladas y manchadas de sangre; y los guerreros antiguos que no se permitían sentir alivio por el caos que se podría desatar después, comenzaron a levantar los cuerpos de los soldados caídos sin mediar palabra.

A su lado, la mujer de cabello ónix y ojos zafiro, lo miró sorprendida. La cicatriz en su rostro resplandeció con la luz de la tarde que los golpeaba. Seguramente no podía creer lo que hizo, lo que liberó.

Fitz la ignoró completamente, su mirada en el suelo. Esperando.

No lo había notado. Todo este tiempo juntos y él no lo había notado ¿Cómo era posible que no lo hiciera? Era algo tan claro, tan puro.

Su lazo Octapergnas debió bastar para saberlo, para verlo claramente. Ella. Una simple elemental. Ella no era un vigilante, no era como él. Que el lazo pudiera hacerse, que ella no hubiera muerto...

Todo para que él estuviera ciego. Ciego y cubierto de rabia por ese dolor antiguo. Por un pasado que no tiene nada que ver con su presente. Y se odió por eso, destetó todas las dudas; todos esos momentos en los que pensó que lo mejor para ella era estar lejos de él. Él la había alejado.

Fue él el que entregó su compañera al enemigo.

El milagro de la vida que le fue otorgado. Esa mujer que era su principio y su final. Él la entregó, y ahora estaba esperando su cuerpo muerto para verla descansar.

Lo sabía.

Su hermana no debía decírselo. Amateur iba a matarla, la había descubierto y orillo al punto que tuvo que pedirle ayuda. Dónde forzó el lazo y lo hizo darse cuenta de su mayor error.

– ¡Fitz! – jadeó Fernanbeth.

Frente a ellos. Cinco cuerpos cubiertos de sangre aparecieron entre quejidos y jadeos. Inmediatamente los soldados se paralizaron, mirando la escena con horror.

– El nombramiento terminó. – dice Fitz con voz alta. Hueca. Ya no tenía ánimos de ser el sujeto gentil de antes. – Los Guardianes del renacimiento han regresado.

Pero ella no. Se dijo a sí mismo. Un vacío se instaló en su pecho y él dolor se filtró en su cuerpo al ver lo real que ese hecho era.

Los miembros de la familia temporal de Freya se precipitaron sobre el cuerpo dolorido de Mark. Mujeres y hombres maduros, tanto elementales como naturales. Los sanadores entre ellos comenzaron a curarlo, a él y a Krisha, su mujer.

Las heridas tan profundas que su estómago se retorció con horror. La mirada de su hermana reflejaba el mismo sentimiento que él.

– Sabía que lo lograrías, Mark. – habla un hombre de cabello oscuro con una amplia sonrisa. Su mano curando la herida profunda sobre el pectoral. – ¡Eres un puto guardián ahora!

Esmeralda Gallardo. Cubierta de lágrimas, se arrojó junto al cuerpo de su esposo, de rodillas. Pidiendo el auxilio de los sanadores con voz ronca. La armadura y el cabello rojizo cubierto del lodo y sangre en el campo de batalla.

Galhet tenía huesos rotos. Muchos huesos rotos.

– Vas a estar bien. – susurraba la mujer a través del llanto. – Vas a estar bien, amor. Quédate conmigo, por favor. Quédate conmigo.

Stormy fue auxiliada por su propia familia. Su esposo – un primo lejano de Fitz – tomó el cuerpo herido de la mujer en sus brazos y la llevó él mismo a un hospital.

Fitz no necesitó ver sus ojos para saber que entre ellos estaba ese lazo. Ese vínculo. Los ojos verdes de su familiar estaban llenos de una furia cuando desapareció.

Cuando observó el cuerpo destruido de Hian siendo curado por siete sanadores fue que notó la mirada llena de odio en sus compañeros. Krisha, que estaba un poco más consciente, fue la primera que habló con voz rasposa.

– Intentaste matarla.

Hian jadeó. Un sonido lastimero de un guerrero caído que trató de levantarse sobre el charco de su propia sangre.

– Krisha...

– ¡No! – gritó la Dimitrows con rabia. – ¡Intentaste matarla! ¡Tú le enterraste el maldito cuchillo ese día!

Fernanbeth frenó los movimientos de Fitz cuando vio la furia en su mirada por esa verdad. Hian lo miró, vio al hombre frente a él con arrepentimiento puro cuando habló.

– Lo lamento. Yo... Yo me dejé controlar por la ira y yo...

– ¡Y una mierda! – gritó Markler con rabia. Retiró el cuerpo de su primo con una mano y fulmino a su antiguo compañero con la mirada. – Mataste a Cydiler ¡La llevaste a esa vida que vivió en ese puto lugar!

– ¡Mark! – jadeó Galhet con voz rasposa.

Fitz llevó su ira al interior de su ser.

Tanto su hermana como la Monleach apoyaron una mano sobre la armadura cubierta de sangre y lo calmaron. El hombre de las sombras estaba sintiendo a su poder rugiendo en sus venas. La ira tomando posesión de todo su cuerpo...

– Voy a ir por ella. – dice Markler de forma temblorosa. Se levanta tambaleándose con la sangre en su boca y miró con rabia a Hian. – Voy a regresar por ella. No voy a dejar que se sacrifique sola. Ya no.

– Si regresas te usarán contra ella. – dice Fitz con voz ronca. Cómo odiaba esas palabras. Lo limitado de sus movimientos ahora que estaba con el enemigo. – Tenemos que planear todo con cuidado. Ustedes deben descansar.

– ¡Ellos la van a torturar! – grita Markler fuera de sí.

Fitz cerró los ojos para borrar esa imagen de su mente.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

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