El Milagro de la Ciudad Maldita

El regreso de la Primera Espada

Adducantur se puso de pie, irguiéndose y levantándose junto a Cicely, extendió sus alas, y estas centellearon gloriosamente contra el cielo con una hermosa luz blanca. A su lado, Cicely parecía la esposa guerrera de un caballero, aliviada de verlo en vida tras creer que había muerto. Apenas si habían notado que la mujer llevaba encima de la ropa unas armaduras casi transparentes, apenas perceptibles por sus bordes blancuzcos, que le cubrían todo el cuerpo. En la cabeza llevaba un objeto similar a una tiara pero más grueso, con diversos detalles casi invisibles y un par de alas a los costados. Su mano sostenía aquella lanza purificadora con la cual había salvado a Adducantur de las sombras.

— ¡He regresado, amigos míos, listo para expulsar a las tinieblas del Oeste del Mundo! Pues ahora mi vista es clara, y ya no hay impedimentos en mi corazón que me eviten el paso hacia la verdad. —exclamó Adducantur, tras levantar la espada a lo más alto e iluminarlos con su luz.

— ¡Bienvenido seas, mi amigo! Estábamos muy preocupados por ti, y casi terminábamos de creer que no regresarías jamás. En especial yo... —replicó Diripiat, acercándose y apoyando la mano derecha en su hombro.

—Yo nunca dudé. ¡Solo me llevé un gran susto! —dijo de repente Esperanza, sonriente —Siempre supe que regresarías, pase lo que pase. ¡Pero es que ya extrañaba que ustedes dos se llevasen bien!

Adducantur y Cicely intercambiaron miradas y sonrieron, y a pesar de que el rostro del Guerrero Rojo no era visible, todos sabían muy bien lo feliz que estaba.

— ¡Hasta que se lo quitaron de encima! —dijo de pronto una voz extraña — ¡Ya me estaba aburriendo de que ejerciera esa energía retorcida sobre mí!

— ¿Quién habla? —preguntó Diripiat, mirando en todas direcciones.

— ¿Ya se olvidaron de mí? —dijo el Collar.

— ¡Volviste a hablar! —exclamó Cicely, y todos la observaron sorprendidos.

— ¡Ese Lancer mantenía muy concentrada alguna fuerza torcida sobre mí, y evitaba que les comunicara que era un traidor!

—Ese hombre... —dijo Diripiat volteando la mirada al suelo —Realmente creí en él como lo hice en el pasado, cuando éramos buenos amigos. No sé qué lo llevó a tomar decisiones tan nefastas. Lo único obvio y seguro es que no es nada bueno.

— ¡Eso también lo sospechaba ya! —añadió Esperanza —Él jamás me agradó. Pero no quería decirles nada porque, a lo mejor, consideraban mis palabras como las de una niña insegura y miedosa. Además, él me vigilaba muy de cerca cuando no se daban cuenta. Yo sé que lo he visto antes de ustedes…

—Una noche, mientras caminábamos hacia la Fábrica abandonada, lo vi hacerlo, y le pregunté qué sucedía. —dijo Cicely —Pero solo me respondió que te cuidaba más a ti por ser pequeña.

—Pero bueno, ahora no es momento de pensar en aquel traidor, sino en lo que haremos de ahora en adelante. A propósito... ¿Dónde está Equitem? —dijo Adducantur, cuando un grupo de fuertes sonidos comenzaron a oírse desde la colina.

Eran los cascos de los Saquorum, los caballos de Equitem, que venían galopando en su dirección con la Guerrera cabalgando al frente. Eran cinco caballos, de piel brillante como si estuviesen hechos de luz, y que encima llevaban numerosas armaduras con relieves y algunas decoraciones. Sus crines relampagueaban y se reflejaban en sus corazas, cada una de un color bastante ajustado a los Guerreros: rojo, amarillo, azul, gris, y uno blanco.

—Lamento mucho la demora. —dijo Equitem, apenas llegó —Pero he tenido que encargarme de un pequeño asunto. Como podrán ver, he traído apenas cinco de mis caballos, y he elegido los mejores y que más se acoplaban a ustedes y sus armaduras. Aunque a decir verdad, es difícil seleccionar a “los mejores”, dado que todos son animales hermosos y muy bien cuidados. Los demás han sido llevados a un lugar más seguro que este.

— ¿Han sido llevados? —dijo Diripiat, confundido — ¿Por quién, o quiénes?

—Por un Arcángel. En cuanto llegué a buscarlos, él ya estaba allí, al parecer, esperándome, en forma de luz. Dijo que conocía mi empresa, y que él se encargaría de cuidarlos. Confíe plenamente en aquellas palabras y los dejé en sus manos.

Todos la observaron, estupefactos, y un dulce estremecimiento los recorrió. Una vez que volvieron en sí, les prestaron toda su atención a los caballos. Eran realmente admirables, dignos de llevar el nombre del Edén sobre ellos. Pero había un punto que los desconcertaba, pues había cinco caballos, pero Esperanza no era capaz aún de montar uno por su cuenta. Pronto Equitem les explicó que el equino gris estaba destinado a ser montado por Unguibus, y que por ahora iría sin jinete, guiado por la voz de su señora.

—Entonces es hora de marcharnos de aquí. —concluyó Adducantur.

—No sin antes dirigirnos a mi Árbol. —dijo Equitem, con firmeza —Veo heridas en ustedes, y no llevan alimentos para el resto del viaje, no por lo menos para las dos jóvenes.



M.T.G Ángel

#9631 en Fantasía
#13287 en Otros
#2051 en Aventura

En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 25.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar