El nido(completa)

CAPÍTULO 8

 

Los observa atenta, buscando una salida para escapar de ellos, porque no le producen confianza.

—Disculpe mi señora, debíamos haber supuesto su desconocimiento. —De nuevo todos le ofrecen venias.

Se yergue un tanto nerviosa cuando cree ver que los ojos de uno de los hombres desprenden un matiz de color ámbar opaco.

—¿Quiénes son? Respondan. —Sus ojos se abren más debido a la sorpresa cuando los ve sonreír a todos a sus anchas, como si supieran algo que ella no—. ¿Quiénes son?

—Solo somos una fraternidad dedicada a ayudar a los demás, sin ningún interés, claro está —Raphael responde la insistente pregunta y se cruza de brazos.

—¿Fraternidad de qué? ¡Oh cielos! —espeta con cansancio e ira juntos.

Los presentes hacen gestos de sorpresa, vaya que les ha sorprendido la actitud de la joven.

—Más respeto, por favor... —Detrás de todos ellos se escucha la profunda voz de Dean, quien luce muy apuesto con su cabello castaño peinado prolijamente hacia atrás y con su ropa negra como le es costumbre.

Clava sus ojos azules en los de Amelie y se acerca a ella, con su típica presencia imponente.

—¿Tú, aquí? —Lo ve con enojo, no comprende qué hace él ahí.

—Pueden retirarse. —Les pide a sus amigos que los dejen solos.

Se la queda viendo de una forma divertida, como si lo que ella dijera fuese gracioso.

—¿Qué haces aquí?, ¿también te salvaron ellos? —Se cruza de brazos—. Algo tienes que ver con los gemelos Dublin...

Y es que, aunque Nicolae la haya salvado en último momento, no confía.

—Me alegro de volver a verte... Y no, no tengo nada que ver con ellos. —Su voz varonil hace eco en el lugar.

—No te creo nada —espeta con desprecio. Se niega a creer en las palabras de alguien de nuevo.

Dean se aproxima a la joven mucho más y ella no puede resistir su imponencia, por lo que baja la mirada un tanto intimidada. No lo mira a la cara, no se siente segura de sí misma ante él, sus piernas flaquean y el corazón se le acelera de repente.

—No voy a forzarte a nada, el tiempo lo dirá todo. —Levanta la suave barbilla de ella con su fuerte mano y de inmediato ambos ojos celestes se conectan—. Quiero que sepas que estoy a tus ordenes, todos aquí también lo están. Lo tienes nada que temer.

Sus miradas se cruzan de nuevo y para Amelie parece que el tiempo se detiene de un momento a otro. Sin embargo, desvía los ojos, evitando que aquel extraño sentimiento tome más fuerza. Se pregunta desde qué momento empezó a tener pensamientos hacia el hombre que desde siempre le ha caído como una patada en el hígado.

—Gracias, pero creo que me están confundiendo con alguien más, porque no comprendo en realidad la razón por la que hacen esto por mí. —Se mueve con nerviosismo hacia la salida, pero Dean se interpone en su camino.

—No puedes salir, estamos en lo alto del Pirineo. ¿Acaso quieres morir? Allá afuera solo quedan ruinas, todo acabó. —Se aproxima a ella y la toma del brazo, mas Amelie lo aparta enseguida.

La expresión en el rostro del castaño se ensombrece de pronto.

—¡¿Pirineo?! —grita escandalosa, ya que ese monte es demasiado alto.

—Calma. —Trata de rozarle la piel de nuevo, sentir esa dulce suavidad.

—No me toques, apártate. —Lo mira amenazante. Ella piensa que él no es nadie para cruzarse en su camino ni tocarla cuando le venga en gana—. ¿No puedes mantener tus benditas manos en su lugar?

«¿Qué le sucede?», se pregunta aquello mentalmente y frunce el ceño, ya que a estas alturas esperaba que ella corriera la hacia sus brazos buscando ser suya y entregarse a él por voluntad propia. Pero no parece que le cause ni el más mínimo interés a la muchacha y eso lo comienza a desesperar. Está dispuesto a domar a la fierecilla aunque le cueste el tiempo que sea necesario.

—No lo haré —responde decidido.

—¿Ah no?, ¿no lo harás? —Ahora ella se acerca a él, lo encara con furia—. Si no me dejas ir no te dejaré en paz nunca, si antes me caías terriblemente mal, ahora me caes peor.

Una sonrisa malvada se dibuja en los labios de Dean, la detalla con la mirada sin vergüenza.

—No. —Las deliciosas curvas de la muchacha lo dejan extasiado, en algunos segundos se ha imaginado arrancando la blusa y los jeans de su cuerpo—. Te aconsejo que no me hables en ese tono.

—¡Ay, por favor! Parecemos adolescentes. Para ser un hombre mayor que yo, no eres muy locuaz que digamos. —Lo mira a los ojos con malicia.

—Puedes pensar lo que quieras de mí, me tiene sin cuidado. —Para él, ante todo el orgullo primero que caer.

Lo observa dudosa y contrariada, se le hace un hombre demasiado extraño, peculiar e interesante.

—Bien... Entiendo —exhala abatida y desvía la mirada hacia otro lugar que no sea el rostro del apuesto hombre.

—Mírame a los ojos cuando te hablo, no me gusta esa actitud que tienes cuando lo único que quiero hacer es ayudarte —habla con enojo, consiguiendo que Amelie lo mire con indignación.

—¿Perdón? Yo no sigo las reglas de nadie. —Se burla en su cara.

—Pues aquí las vas a seguir solo conmigo, ¿entendido niñita? —La joven le está colmando la paciencia, no comprende el porqué ella no es amable como lo fue en el pasado.

—No entendí nada, ¿puede repetirlo, señor? —Finge una sonrisa y lo ve como si fuera un idiota.

—Te salvamos anoche, ¿sabes? —Imita su tono de voz y sarcasmo—. Deberías estar agradecida.

—Pues gracias. —Se encoge de hombros—. ¿Puedo preguntarle al señor por qué me trajeron aquí?

—Oh, Dios... —suspira despacio—. No podías morir, eres importante para Nidum, supongo que debes saber poco o mucho sobre eso. Antes que Nicolae se marchara, me dijo que te llevaría allí, lo sentenció más como una promesa.

Amelie frunce aún más el entrecejo.

—¿Qué tipo de relación tienes con Nicolae? Si mal no estoy, él es hijo del tal "Rey Héctor".



Brenda Balzac

Editado: 16.10.2020

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