El pirata y el tritón

42 - Un espectáculo inesperado

Como debe ser fácilmente imaginable, ni Pierre ni nadie a bordo del Tulipán Negro tenía la más mínima idea de lo que había sucedido y estaba sucediendo tanto en la isla, como en el mar. Para Pierre, el cobarde de Kraken había huido ante el primer cañonazo de los holandeses y no esperaba saber nada de él a no ser que el Tulipán saliera airoso del enfrentamiento con la urca que, para el momento, volvía a moverse gracias a una suave brisa que aunque poco, hinchaba sus velas, tal como el vigía había avisado.

—¿Cómo están los chicos? —preguntó Pierre.

—Asustados, pero bien —contestó Poulet quien había vuelto a su lado—. ¿Qué pensáis?

—En que en lugar de estar con mi tritón en mi cabina, amándole hasta quedar exhausto...

—Me refiero a los holandeses y lo que se avecina —le interrumpió Poulet.

—¡Ah! Era sobre eso... Como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante.

—Triste pero cierto. ¿Y bien?

Sin embargo, Pierre no tuvo tiempo para contestarle pues su largo cabello que colgaba bajo el pañuelo con que lo tenía sujeto, se movió y la tan añorada brisa acarició sus mejillas y su ancha y desnuda espalda. Se volvió para mirar el velamen al momento en que el vigía anunciaba la salida de la calma chicha y lo vio henchirse con el aire que había comenzado de nuevo a soplar desde el oriente.

—¡Rápido! ¡Maniobras evasivas! —gritó Pierre a todo galillo—. ¡Artilleros! ¡Manteneos en vuestros puestos! ¡Navegante! ¡Sácanos de aquí!

—Eso contesta mi pregunta —dijo Poulet y corrió a cumplir con las tareas que le correspondían.

Pierre sabía que el leve viento favorecía más al Tulipán que a la Noordewind, por ser mucho más liviano, situación que permitiría escapar de un enfrentamiento de dudosos resultados.

—¡Barco a la vista! —gritó el vigía.

—¿Y ahora qué? —se preguntó Pierre.

Tomó su catalejo y pudo ver que con el velamen desplegado se acercaba lo que, (y no tuvo la menor duda) eran los franceses y su Courage. El navío de línea debía ser más rápido que la urca holandesa, pero no tanto como el bergantín pirata; y aún así, no quiso arriesgar la nave.

—¿Cómo demonios llegaron hasta acá? ¿Cómo supieron donde estamos? —continuó preguntándose.

Mientras el viento aumentaba poco a poco su fuerza, el Tulipán comenzó un largo viraje a estribor para aprovechar también la fuerza de la corriente ecuatorial que según el navegante había dicho, los conduciría rumbo oeste.

 

—Ahí está la urca, capitán —dijo el Primer Oficial francés a bordo del Courage—; y más adelante hay otro barco que parece ser el de los piratas.

El capitán, que permanecía en su cabina en el castillete de popa, se apresuró a salir, pero antes, ordenó (obviamente en francés) al paje rescatado y que había decidido «alojar» consigo:

—¡Quédate aquí y no te muevas!

Oui, monsieur! —contestó el chico.

El capitán junto con el Primer Oficial, salió a la cubierta superior y se apostó en el alcázar de proa para observar a las naves que tenían adelante.

—Aún los están persiguiendo —dijo el capitán—. Los holandeses no han podido todavía apoderarse del tesoro español que llevan los piratas.

—¿Qué haremos, capitán?

—Todo apunta a dos etapas, Jean: La primera, será una carrera por quién alcanza antes al Tulipán Negro. Ellos nos llevan ventaja por la distancia, pero nosotros la tenemos por la velocidad del Courage. O llegamos nosotros primero, o llegamos al mismo tiempo, pero dudo que esos mañosos ladrones holandeses lleguen antes que nosotros.

—¿Y la segunda?

—Deberemos abordar el bergantín antes de que se hunda; de lo contrario, se llevará consigo al fondo del mar los quince mil doblones de oro.

—Eso será fácil. Los superamos con gran amplitud en cuanto al número de hombres armados y sobre todo, entrenados. Pero... ¿eso no implicará una tercera etapa, como las llamasteis?

—Espero no tener que llegar a ella, Jean.



Ishtar Pérez Santacruz

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En el texto hay: piratas, tritones, gay

Editado: 06.05.2018

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