El recuerdo de Hestia Crane

CAPÍTULO 3

 

 

 

― ¿Te diviertes en las sombras, oni? ― le preguntó tras un largo silencio.

― ¿Oni?― repitió él sin comprender.

Hestia rio apoyando la frente en el cristal.

― Sí, ya que no me quieres decir tu nombre te llamaré de esta forma― sentenció.― Así es como mi abuela llamaba a los ogros.

El extraño se volteó aunque en ningún momento permitió que la luz lo alcanzara, y un eco metálico, como de unas cadenas, resonó en el interior de su celda.

― ¿Te pusieron cadenas? ¿Porqué? ¿No les bastaba con encerrarte?

― Según ellos soy peligroso.

Ella rodó los ojos.

― Ni que fueras un mercenario o algo parecido― farfulló.― Porque no lo eres... ¿No?

― Claro que no― gruñó.

― Oni, ogro... Es que te queda perfecto, sobretodo con tus gruñiditos de perro rabioso― se burló con una enorme sonrisa.

El sonido de unos tacones chocando contra el suelo de concreto los alertaron, e hicieron que toda la alegría que sentía Hestia hasta ese preciso instante se esfumara con increíble rapidez.

― ¿Quién...?

No terminó de formular la pregunta ya que una mujer de estatura media y pelo oscuro se detuvo en medio del pasillo que separaba las celdas de ambos.

― Veo que, al final, te trasladaron a este sector― señaló lanzándole una fría y oscura mirada que no auguraba nada bueno.

― Sí, ya― murmuró con la frente apoyada en el cristal.― Oye... ¿Sabes a qué hora traerán la comida?

La de cabellos oscuros hizo una mueca ante su pregunta, e hizo que sus manos se convirtieran en puños.

― Eres una...

― ¿Belleza en comparación contigo?― la interrumpió y posó una mano sobre su pecho haciendo una de sus bobas poses.― Lo sé.

― Maldita cría estúpida...

― Boadicea ― la llamó el hombre y su tono de voz sonó divertido.― ¿Qué quieres?

Se giró hacia él con una sonrisa ladeada cruzando sus delgados brazos bajo su abultado pecho.

« Maldita suertuda... A algunas la adolescencia les sentó de miedo, mientras que a otras nos pasó por encima con una apisonadora.» Pensó mirando hacia su pecho plano.

― El jefe quiere saber si cambiaste de opinión.

Él resopló pesadamente.

― Mi respuesta sigue siendo la misma.

― Oh, vamos ¿quieres pasarte aquí encerrado toda tu asquerosa y patética vida?― inquirió deseando sacarle de sus casillas.― Te están dando la oportunidad de tu vida, podrías hasta regresar a tu hogar... Oh, es verdad, no tienes nada ― se burló cruelmente.

― ¿Y a ti alguien te quiere lo suficiente como para tener un hogar?― intervino Hestia con sorna poniéndose en pie.

Las mejillas de Boadicea enrojecieron debido a su creciente enfado.

― ¿Sabes? Así, justo así― señaló,― pareces un Pikachu.

― Estúpida.

Lentamente se acercó a su celda sacando de uno de los bolsillos de su chaqueta una pistola eléctrica.

― Vaya... Yo no recordaba a Pikachu tan violento.

Retrocedió un paso en el justo momento en el que el cristal que la separaba de su libertad ascendió y, de repente, al tratar de salir una fuerte descarga la sacudió junto a un intenso dolor abrasante en el cuello que la dejó sin sentido.

― Deberías aprender a cerrar el pico ― oyó justo antes de que todo se volviera negro.

 

 

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16 de Diciembre de 2007

 

 

Hestia acababa de cumplir nueve años cuando sus padres le dieron aquella gran noticia. Una noticia que en su momento la dejó sin palabras.

Ella todavía recordaba aquel día con nitidez, y, aún más, los cinco meses siguientes en los que no dejaron de hablar del tema.

Esa misma tarde, el mejor amigo de su padre, que para ella era como su tío, les hizo una visita cargando con algunos regalos.

Evenor Nowak era el tipo de hombre que se llevaba bien con todo el mundo y siempre tenía una gran sonrisa amable en su rostro ligeramente tostado.

― ¿Qué te sucede pequeña rana?

La niña, que acababa de cumplir nueve años, infló sus mejillas y se cruzó de brazos.

― Papá y mamá ya no me hacen caso, solo están preocupados por la habitación del bebé, las cosas del bebé, el médico... y a mí me ignoran― se quejó.

Su tío enarcó una ceja y revolvió su pelo con una mano.

― ¿ Acaso no deseas conocer a tu futuro hermanito?

― No, no quiero, porque en cuanto nazca papá y mamá se olvidarán de mí― respondió con seguridad.

Evenor ladeó la cabeza comprendiendo lo que sucedía. Eran los típicos celos que surgían cuando el primer hijo iba a tener un hermanito o una hermanita.

«Adorable.» Pensó dulcemente.

― Yo no creo eso― aseguró mientras se arrodillaba para ponerse a su altura y la tomó de las manos con cariño.― ¿Y sabes porqué?― Hestia negó con la cabeza.― Porque tus padres te quieren tanto como de aquí a Plutón y de vuelta.

― ¿De verdad? ¿Me lo prometes?

― Sí, te lo prometo.

 

 

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Un intenso dolor en su cuello la despertó, y nada más entreabrir los ojos sintió como sus sienes palpitaban y su cuerpo sufría algunos espasmos.

« Maldita vida…»

― Ay… mami, odio las resacas― murmuró quejumbrosa apretando sus párpados con fuerza mientras se retorcía en el frío suelo.― La rata que me trajo… ¿Qué hice yo para merecer tanto sufrimiento?

« Nacer.» Se recordó.

― Ah, ya, ya recuerdo. Joder…

El sonido de unas cadenas le hicieron reabrir los ojos quedando frente al cristal que le mostraba su tez enfermiza causada por tantos años de cautiverio, y sus ojos hundidos y surcados por profundas ojeras negras.

― Estoy horrible― susurró para sí misma a la vez que tocaba su cabeza rapada.

― No es una resaca― respondió su vecino totalmente calmado,― esos son los efectos de cuando te dan una descarga con una pistola eléctrica.



G.S.North

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En el texto hay: drama, muertes, otromundo

Editado: 18.01.2021

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