El recuerdo de Hestia Crane

CAPÍTULO 7

 

 

Varios kilómetros después, tras dejar de llover, Allister detuvo el coche en un descampado, y nada más bajarse junto a Hestia que cargaba con los dulces, le prendió fuego. 
Ella enseguida torció los labios aunque no comentó nada al respecto.

― ¿Y cuánto decías que quedaba para llegar a ese sitio seguro?
― Poco.

La joven frunció el ceño viendo como ardía el auto.

― ¿Poco, poco o poco de caminar tres horas hacia el norte por un pantano lleno de fieras asesinas y luego seguir por un campo de minas?
― Poco ― repitió y comenzó a caminar hacia la casa campestre que se encontraba al otro lado de la abandonada carretera.

Hestia siguió sus pasos sin apartar la vista de la descuidada fachada que mostraba aquella casa con las paredes pintadas de color amarillo claro y protegida por unos muros bajos sobre los que se alzaban unas gruesas rejas negras.
Allister se aproximó al viejo buzón oxidado que colgaba a un lado de la puerta metálica de donde sacó una llave con la que abrió sin reparos.

― ¿Esta casa es tuya?
― Más o menos ― dijo calmado y tras cruzar el pequeño jardín entraron en la casa abandonada. ― Arriba hay tres baños, escoge el que quieras y busca en cualquiera de las habitaciones ropa con la que cambiarte. No tardes mucho, yo estaré por aquí.

Sin más se marchó, y Hestia corrió escaleras arriba encontrándose de repente en un pasillo lleno de puertas de lado a lado. Se adentró en algunas habitaciones en busca de ropa con la que poder cambiarse.

― Uh... Navidad se me adelantó ― musitó sacando del cajón de una cómoda una sudadera azul oscura tres tallas más grandes que la suya y unos pantalones que le quedaban perfectos.

Corrió hacia el baño que resultó ser un cubículo de paredes blancas, con una ducha a un lado en la que puedo ver una pastilla de jabón sin usar, un armario lleno de ropa limpia junto a unas pocas toallas y un lavabo con un espejo circular arrinconado en una esquina cerca de una pequeña ventana rectangular por la que se colaba la luz del exterior.
Agarró una toalla y se quitó la ropa con rapidez; sacando el colgante de su madre del bolsillo del pantalón que había utilizado lo colocó junto a la ropa antes de meterse en la ducha. En cuanto el agua cayó sobre su cuerpo cerró los ojos, sintiendo su frescor. Apoyó la frente sobre la pared de losas blancas y tocó su cabeza rapada con cuidado echando en falta la cabellera lisa y negra que había heredado de su madre. Un charco de suciedad se formó a sus pies por lo que con jabón en las manos comenzó a frotar su piel y cuero cabelludo con fuerza hasta deshacerse de toda impureza que se fue acumulando en su piel, fijándose más en unas pocas manchas de sangre seca de aquel guarda que se adherido con insistencia a su piel.
Apretó los dientes con rabia hasta perder la calma y terminar golpeando la pared con el puño.

« ¿Porqué nunca puedo controlarme? » maldijo en voz baja pensando en que aquella no era la primera vez que su ira la terminaba controlando. 

 

 

 

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28 de Enero de 2008

 

Hestia se encontraba sentada frente al director, el cual la contemplaba molesto con aquellos ojos oscuros y brillantes de zarigüeya rabiosa que poseía.
La niña se cruzó de brazos clavando la mirada en la placa dorada en la que ponía el nombre del anciano en mayúsculas: DAGO FAURA.

Esperaba pacientemente a que su padre llegara comenzara la reprimenda más aburrida del mundo. 
Columpió sus pies de arriba a abajo imaginando un lugar mejor que aquel, por lo que por un instante cerró sus ojos agachando la cabeza, y algo de su cabello negro ocultó en parte el pequeño pero notorio arañazo que estaba bajo su ojo derecho. Entonces, la puerta del despacho se abrió, cediéndole el paso a su progenitor, un hombre alto y de porte regio como un león.

― Buenos días― saludó con voz grave.
― Buenos días, señor Crane.

El hombre se sentó junto a la niña que levantó la cabeza para mirarle, pero este solo estaba centrado en el director.

― ¿Qué ha sucedido?
― Durante la hora del recreo, Hestia, le ha dado una patada en la cara a uno de sus compañeros de clase y le ha estampado el rostro contra el suelo― respondió con calma entrelazado sobre la mesa sus dedos blanquecinos y delgados como los de un cadáver, o eso era lo que le parecían a ella.― Todo esto sin razón aparente.
― ¿Sin razón aparente?― repitió la niña elevando ligeramente la voz e inclinándose un poco hacia delante a la defensiva.
― Hestia ― la llamó el adulto a su lado.
― Ese niño me insultó, solo le di...
― Hestia ― la interrumpió sin necesidad de elevar el tono de voz haciéndola callar.

Apartó la mirada apretando los dientes.

― Debido a este comportamiento tan poco cívico, y a que es su primera falta solo se la expulsará una semana― fijó sus pupilas en la pequeña que trataba de controlar su enfado.― Como castigo, cuando regrese, ayudará a la profesora de música a arreglar la clase antes de que toque el primer timbre.
― De acuerdo― aceptó el hombre totalmente calmado.
― Y también tendrá que disculparse con su compañero.

Hestia le fulminó con la mirada.

― ¡No me disculparé con él!― exclamó airada.
― Jovencita― advirtió Faura.
― ¡No!― gritó y pateó con fuerza el suelo.― ¡Me niego!

Su padre se puso en pie y obligó a la niña a hacer lo mismo agarrando la mochila gris llena de dibujos de moléculas y ecuaciones matemáticas que hizo con un rotulador negro.

― Lo hará, no se preocupe― aseguró antes de salir del despacho.

Salieron del colegio en silencio. Ella lo observaba desde abajo tristemente. Nunca, en su corta vida, quiso decepcionarlo.

― ¿Estás enfadado conmigo?― murmuró a lo que él se detuvo y se agachó para estar a su altura con la mochila colgando de su fuerte hombro.



G.S.North

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En el texto hay: drama, muertes, otromundo

Editado: 18.01.2021

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