El reino de los Dragones

Capitulo 2: Furia desatada

El aire polvoriento se adentraba por sus pulmones, causándole una sensación de picor en su nariz, producida por aquellas partículas en suspensión, que se encontraban en el ambiente, una desagradable situación que le hizo saber, que aun estaba con vida. Esto suavizo la tensa situación en la que se encontraba, aunque tenía los nervios excitables, por el simple hecho de tener cubiertos sus ojos por una venda, que le impedía ver. Notó al instante que su cuerpo no se podía mover, estaba sentada sobre una silla y supuso, que tenía una cuerda, tras notar con sus brazos desnudos, el conjunto de hilos retorcidos de cáñamo. No le iba a servir de mucho intentar escapar de esas ataduras, tras reflexionar, tuvo la firme idea de usar sus oídos, pretendiendo así, poder averiguar dónde se encontraba. El pequeño crujido de la madera, le dio la suposición de que se encontraba en el interior de una casa o cabaña, tras aquel ruido, se escucharon unas carcajadas masculinas y unos suaves rugidos de dragón, provenientes del exterior del lugar en el que se encontraba. Llegó a prestar cierta atención en las palabras de esos individuos, un conjunto de frases que le hizo temblar del miedo.

— Esa chica tiene tan poca resistencia, que seguro morirá de un solo golpe. — Cataline reconoció la voz, cayendo en cuenta de que se tratada del tipo del callejón.

— Y él también morirá. — aquella potente y cavernosa voz, era la de un dragón.

Unos fuertes crujidos se acercaban a ella, evidenciando la presencia de alguien en el lugar. Por la presión que hacía sobre la madera, le llevó a sospechar que se trataba de un hombre corpulento y con mucha carne, además de desprender un carroñoso olor a sudor. Esa sensación desagradable confirmó que se encontraba a su lado, justamente a su izquierda, aquel hombre emitía una fuerte y agitada respiración, que causó en Cataline una repentina sensación de miedo, que se apoderó de ella.

— Es una pena, que una dama tan bella como vos, vaya a morir de forma lenta. — su corpulenta voz la atemorizó, hasta el punto de rezar por su vida.

— ¿Dónde estoy? — la inquietud producida por aquel hombre, hizo que el terror se convirtiera en un hecho, ese individuo iba a causarle daño.

— Mira chica. — el hombre le quitó la venda que tapaba sus ojos, hallando frente a ella, a un hombre gordinflón, vestido con unas ropas que no eran de la época actual.

Aquel lugar en el que se encontraba, se trataba de una polvorienta y diminuta cabaña de madera, solo estaba la silla en la que se encontraba sentada, una mesa de trabajo que se ubicaba detrás suya y aquel hombre, que se encontraba a su lado. El tamaño del lugar le causó una sensación claustrofóbica, no solo por estar encerrada, también por su próxima muerte.

 — Mira a través de esa ventana. — el hombre señaló con su enorme dedo el exterior de la polvorienta cabaña.

Dirigió su vista hacia el exterior de aquella ventana repleta de polvo, alcanzó a visualizar con sus ojos azules, a un dragón de escamas doradas, que se encontraba encadenado a unos robustos póster de piedra. Se le veía sin ánimos de querer quitar las cadenas metálicas que le impedían disfrutar de su libertad. El hermoso animal levantó su cabeza con cierta debilidad, cuando descubrió a Cataline en el interior de aquella cabaña, se quedó petrificado. Sus miradas se cruzaron, tuvieron extrañas sensaciones, era como si los dos fueran uno.

— Ese dragón dorado, es vuestro Vínculo de Sangre. — el hombre apoyó su entrepierna en el hombro de Cataline. — Tenemos la orden de acabar con su vida, así que hemos decidido utilizar a su hermosa humana, que resulta que eres tú.

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Akor volaba sobre un oscuro bosque que no pertenecía al planeta Tierra, un lugar que no temía, en ocasiones pasaba por ahí y ese recorrido era el mismo que usaba para su destino. En un punto exacto de aquel sitio poblado por árboles, se podía visualizar una pequeña y mágica ciudad, donde los altos torreones se asomaban, mostrando su característico color negro, una coloración que se extendía por todos los edificios. Incluso, desde lejos, se podía apreciar la luz violeta que emitían las farolas.

Al llegar a la ciudad, tomó el camino que llevaba al palacio, que se ubicaba en su centro. Alzó al vuelo, siguiendo la trayectoria del torreón más alto. Al concluir su viaje, se encontró en su cima, a una dragona de escamas doradas, tumbada sobre la piedra y con la vista fija en el bosque. Cuando ella descubrió a Akor, se llevó una gran alegría, hacía años que no lo veía.

— Sirana, necesitamos vuestra ayuda. — le rogó con humildad, aquel viejo dragón, que se inclinó para que su súplica fuera más convincente.

— ¿Qué necesitas? — la dragona se preocupó de forma considerada, al ver la desesperación en el gesto de Akor.

— Vuestro mellizo ha sido secuestrado. — Akor habló nervioso, mientras sufría aquella fuerte tortura que arrebata sus sentidos. — Además se llevaron a nuestra pequeña, estoy destrozado.



TamaraV.P

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En el texto hay: elfos, romance, dragones

Editado: 30.06.2018

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