El retorno del Asesino

Capítulo IV. El hombre de la bolsa. Parte II

Algunas cosas son imperdonables. No hay excusa que justifique la barbarie cuando existe un amplio abanico de posibilidades que conducen a otra parte, a otro destino más ameno, en el que las flores crecen altas y fuertes y el cielo siempre ilumina y revitaliza una rosa marchita.

Era injusto y vergonzoso permanecer al margen de los acontecimientos cuando tienes en la mano la carta que desmorona el castillo, el juego que desnuda una vida de impunidad y cuentas, además, con la habilidad escalofriante de pagar dolor con un sufrimiento inenarrable.

No, no se puede, no se debe ni es prudente consolarse con una realidad inalterable cuando lo que está en juego es incluso más grande que la vida, una suerte de pelea interna que busca remendar atrocidades iguales o peores, convenciéndose de que no es tarde para redimirse y aligerar el tablero siempre indolente de la perdición.

—¿Dónde estás? —preguntó Luca mientras maniobraba en vano con un omelette indomables.

—En Luisiana, vine a ver a un viejo conocido —respondió Thomas mientras se dejaba golpear el rostro por el viento inclemente.

—¿Oíste lo de esa niña? ¡Qué estúpido soy! —se autocompadeció con un esbozo de sonrisa—. Por eso estás allí. 

—No sé de qué estás hablando.

—Solo sácame una duda —suspiró—. ¿Estaba en tu lista o se incorporó a la luz de los nuevos y nefastos acontecimientos?

—Su nombre es Hardy Newman, un perturbado espécimen solitario sin reparos ni limitaciones. Y respondiendo a tu pregunta, sí estaba en la lista.

—¿Acaso es un degenerado?

—Todos lo somos de un modo u otro —bromeó.

—Me refiero a su inclinación por los niños.

—No abusa de ellos si es lo que te preocupa.

—¿Entonces qué lo motiva? —preguntó frunciendo el ceño.

—Dinamitar su inocencia.

—¿Disculpa?

—¿Has oído hablar del hombre de la bolsa?

—¿El que se lleva a los niños traviesos por las noches? —preguntó desconcertado.

—Ese mismo.

—¿Y eso qué significa?

—Es un limpiador, un vengador.

—¿Limpiador de qué? —preguntó mientras observaba, resignado, su omelette pegarse a la sartén.

—De las travesuras de los padres.

Cuán despiadados son los ángeles de la muerte cuando se trata de consumar un plan tan espeluznante que la mismísima oscuridad cierra los ojos para evitar contemplar lo desgarrador de un último suspiro. En qué alma cabe la atrocidad de ejecutar sin miramientos una inmolación cuya recompensa apenas embebe la avaricia y no aplaca, ni siquiera un instante, los síntomas de la abstinencia que lo obligan a hacerlo una vez más.

—Con que este es el tétrico y lúgubre lugar.

—¿Quién demonios eres y qué haces en mi propiedad? —se desesperó poniéndose de pie, tambaleante, bajo los efectos de alguna extraña sustancia.

—Me temo que la última vez se te fue la mano, excediste todos los límites de la demencia.

—¿Thomas?

—Supe que estabas buscándome y decidí ahorrarte las molestias.

—¿Yo, buscándote? —carraspeó—. Debe haber una confusión.

—¿Acaso no tomaste parte en un complot para asesinarme? —sonrió mientras avanzaba acariciando los muebles a su alrededor—. Me dijeron que la bolsa por mi cabeza era astronómica.

—Habrás notado que estuve ocupado —se excusó tragando saliva—. No quiero ningún problema contigo.

—Catlyn Gardiner tenía seis años.

—Yo no elijo los trabajos.

—Claro que sí, pudiste haberte negado.

—¿Tú estás juzgándome? —sonrió—. Si no estoy mal informado, no tuviste reparo en ajusticiar a cuanto objetivo te ordenaran, sin importar si era hombre o mujer, niño o anciano, convalecientes o sanos; con la vida por delante.

—Rumores, cotilleos sin ninguna base más que la fantasía de una mente adicta a las teorías conspirativas —dijo sacando a relucir el arma que lleva siempre en la cintura.

—Escúchame —farfulló retrocediendo, hasta chocar con una pared ennegrecida por la humedad—, si sirve de algo, la pequeña dormía cuando la asesiné; no sintió nada, para ella fue como quedarse dormida.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, venganza

Editado: 19.02.2020

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