El retorno del Asesino

Capítulo IV. El hombre de la bolsa. Parte III

—Señor Gardiner, gracias por recibirnos —dijo Stephanie extendiéndole la mano a un hombre abatido, con las ojeras por el suelo y el espíritu quebrantado.

—¿Saben qué es este lugar?

—¿Disculpe?

—Este sitio, donde estamos ahora ¿Saben lo que es?

—¿Su casa? —preguntó Simón frunciendo el ceño, confundido ante la obviedad del interrogante.

—Es un palacio de estilo victoriano cuyos muebles baratos desentonan como agua en un desierto árido y marchito.

—Pues, a simple vista cuestan más que mi departamento —bromeó Simón mientras Stephanie pretendía leer entre líneas aquella frase descolgada.

—¿Quisiera ser más específico? —presionó la detective.

—Catlyn era un tesoro invaluable y nosotros permutamos su futuro a cambio de gratificaciones efímeras que ni siquiera eran para nosotros —dijo con un hilo de voz—. No la merecíamos.

—Señor Gardiner, quisiéramos hablar también con su esposa, hacerles unas preguntas.

—Me temo que la flor se marchitó junto al jardín y el hada quiso volar donde su princesa.

—¿Entiendes algo de lo que dice? —preguntó Simon con los ojos desorbitados, atónito.

—Busca a Miriam en la casa —le ordenó Stephanie mientras sacaba con sigilo su arma reglamentaria.

—Nosotros la asesinamos, nosotros los criminales que detuvimos su vuelo.

—Señor Gardiner dese vuelta y póngase de rodillas.

—Jamás quise que esto pasara —se lamentó acatando la orden sin resistencia.

—¡Está muerta! —gritó Simón desde la escalera—. Su esposa tiene un tiro en la sien y está tendida sobre la cama matrimonial.

—No pudo soportar el dolor —se excusó Roland—, yo ni siquiera tengo el valor para acompañarlas.

—¿Por qué lo hizo? ¿Por qué masacró a su familia? —preguntó Stephanie mientras lo conducían a la camioneta del FBI para llevarlo a la comisaría

—No sabía lo que hacía.

Como un baldazo de agua congelada, el misterio decantó por el lado más obvio. Sin embargo, por mucho que desearán cerrar el caso con premura, un padre atormentado, extenuado por la depresión o revirado por los altibajos de la vida, no se condecía con el asesino serial que esperaban atrapar.

Todo estaba allí, frente a ellos. El mismo método, el mismo patrón, el mismo camposanto; demasiadas coincidencias como para resultar mera casualidad

—Hallaron restos de pólvora en las manos de Miriam y sus huellas están en el arma —dijo Simón leyendo el reporte del laboratorio

—¿Se suicidó? —preguntó el oficial Beltrán confundido

—Debemos encontrar su culpabilidad, su implicancia en esta desgracia mayúscula.

—¿Qué quiere decir?

—Roland Gardiner me confesó que ellos eran los criminales que condenaron a su hija —dijo Stephanie sin dejar de caminar de un lado a otro, buscando las respuestas al acertijo.

—Si tenemos una confesión me temo que es todo —sentenció el comisario—. No perseguiré fantasmas apoyado en una corazonada.

—He conocido muchos asesinos y créame cuando le digo que ese hombre no mataría a una mosca.

—¿Tiene un nombre detective? De lo contrario daré el caso por cerrado.

—Concédame 24hs y le traeré al verdadero criminal.

—Tiene menos de tres horas —sentenció el comisario—; a las seis de la tarde daré una conferencia anunciando que capturamos al malnacido.

La presión de lidiar con la prensa y una población asustada, era demasiado para algunos hombres que estaban acostumbrados a responder por fútiles atracos o violaciones de tránsito.

En suma, estaban entre la espada y la pared. El vendaval que trae aparejado un homicidio que, para colmo, tiene como protagonista a una niña cuya vida recién amanecía, era motivo suficiente para querer, a toda costa, tapar el sol con las manos y demostrar fortaleza allí donde reina triste y angustiosa la incertidumbre.

—¿En qué piensas? —preguntó Simon, viendo a su compañera murmurar al viento.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, venganza

Editado: 19.02.2020

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