El retorno del Asesino

Capítulo XI. Confesiones y castigos. Gustav Juvorsen, el jinete. Parte III

Sus ojos negros opacaban el firmamento y la luna, celosa de ya no ser la reina de la noche, se conformaba proporcionándole un brillo especial. Era tan bonita como nunca y más adorable que de costumbre; un tanto risueña y otro poco aventurera, amiga de  las cosas simples y enamorada de las complejas que sazonan la monotonía.

Dicen las malas lenguas que es una chica solitaria, siempre inmersa en una novela romántica que sueña protagonizar y no encuentra al príncipe que la rescate de su insomnio. También, en los senderos verdes que florecen con la primavera, se comenta que la ven caminar extendiendo sus brazos, acariciando al viento, recitando algún poema imperfecto que se grabó en su memoria mientras obsequia su mejor sonrisa, incluso cuando sus ojos delatan tristeza y melancolía.

Es aquella amante de la rutina a la que no hacen mella los embates del mundo; una ermitaña de corazón puro que se regocija en el bienestar ajeno y se entristece por las lágrimas que derrama el atardecer cuando todos lo ignoran, ocupados en quehaceres mundanos que los apartan de la belleza que muere día tras día para renacer como el fénix.

Otros, sin embargo, lejos del espejo de la soñadora perpetua, la pintan similar a su madre, una joven de enorme temple, con la tozudez de quien sabe lo que quiere y no se detendrá hasta conseguirlo de una forma u otra. Manipuladora y engreída, poco amistosa, descarada y envidiosa; la diva sin tiara de una fábula sin moraleja, que cubre con piropos virtuales las cicatrices de una soledad abrumadora.

A la vista estaba que nadie se salva del qué dirán o las novelas inventadas al amparo del aburrimiento, que a menudo pretenden echar tierra sobre lo que no se deja descifrar. Ese era su encanto y también su maldición; la ironía de una vida repleta de misterios, engalanada por un ramo de sueños y condenada desde el vamos a enfrentarse a un pasado que jamás le perteneció.

Una princesa descarnada, a la intemperie fuera de su caja de cristal, disputada por dos portentosos criminales que la necesitaban como al agua, a merced de los azares de una contienda que le era ajena pero que, sin embargo, dependía de su desenlace para mantener encendida la llama ardiente y pujante de su vida.

—¡Te tomaste tu tiempo! —retumbó el eco de la voz de un hombre, que provenía del interior de la vivienda.

—Y tú perdiste el tuyo —sonrió Thomas, parado con las manos en los bolsillos, frente a la puerta de entrada que se hallaba abierta de par en par.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Si te sirve de consuelo, esas mujeres son más inteligentes que una horda de criminales entrenados.

—¿Hablas por experiencia?

—Oh, sí —sonrió—. Todavía recuerdo estar aquí parado hace nueve años y ver el rostro de esa niña abrazada a su madre, como quién se aferra a un tesoro invaluable.

—Escuché que Hayley era muy hermosa.

—Todavía lo es, créeme.

—¿Y Keira cuántos tendría, catorce? —preguntó mordaz—. ¿No te parece curioso que sea exactamente la misma edad que Violet?

—Nunca lo había pensado.

—Claro que sí, por eso es tan importante para ti mantenerla a salvo; en tu mente atrofiada, la proteges como no pudiste hacerlo con tu propia hija.

—La pregunta del millón aquí sería ¿Cómo es que un hombre que se ocupó de rastrear al detalle las huellas de mi pasado, terminó arribando a una casa vacía, con un enorme cártel de venta oxidado en el frente, cuando esperaba dar la estocada final a un oponente alicaído?

—A veces los soplones fallan.

—Nunca fallan —respondió ingresando al otrora salón principal donde aguardaba su pretencioso alter ego—, salvo que no te tengan respeto o temor; en tu caso apuesto por la segunda.

—Sé que te crees mucho más listo que los demás humanos que caminan este planeta —dijo mientras mezclaba sin descanso un mazo de naipes españolas—, sin embargo te recuerdo que este humilde servidor, ultimó a tus amigos sin siquiera agitarse.

—Ellos eran importantes para mí, sí —carraspeó—. Piezas invaluables de mis movimientos arcanos pero, por otra parte, no dejan de ser mundanos trabajadores esforzados por sobresalir de la mediocridad. Dime Gustav ¿Eso sinceramente te enorgullece? Tenía otra consideración de tus talentos.

—Solo necesitaba atraerte, llamar tu atención —respondió sentándose en el suelo, en el  desgastado parquet polvoriento—. Ambos sabemos que no sientes nada por esas muertes; ni por esas ni por ninguna otra; sin embargo no puedes tolerar o dejar pasar una afrenta de tal calibre.

—¿Tan previsible soy? —respondió sentándose frente a él, dispuesto a jugar una partida singular.

—Uno de nosotros saldrá caminando por esa puerta y el otro se unirá a los miles de miserables que jamás despertarán.

—Eso es un tanto dramático.

—Antes de comenzar, hazme el favor de quitarme una duda que desgarra mi mente.

—¿Quieres saber a dónde se mudaron para ir tras ellas cuando resultes victorioso de la partida? —preguntó mordaz.

—Había olvidado que la perspicacia era una de tus múltiples virtudes.

—No conozco su paradero, de hecho, no volví a saber de ellas desde aquella vez que develé el misterio; supongo que están mejor a orillas del mundo.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, romance, venganza

Editado: 19.02.2020

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