El sacrificio de Robert Milton

Parte 6

Hospital Santa Paz (diciembre de 1999)

-Vaya que estaba loco señor, pero dígame, ¿como termina la historia? -El joven estaba fascinado con el relato y Robert se sentía halagado, pues era la primera ocasión en que alguien le escuchaba sin criticarlo, por ello no se contuvo más y contó todo.

-¡Acaba con ellos!- decía el aberrante ser, mientras los señalaba con su asqueroso índice -recuerda que solo así lograras que Sarah sea feliz, ¡anda mátalos! -Mi corazón latía a toda marcha -¿Acaso no la amas? solo así podrá estar con su amado- Perdí el control de mi cuerpo, el cuchillo que llevaba en la mano parecía guiar mi camino. De pronto, estaba frente a ellos y en vez de estar contentos por verse, gritaban y manoteaban, Sarah se veía tan triste; al parecer el monstruo tenía razón.

La noche había caído, estaba a punto de llover, el viento soplaba fuerte; ventanas y puertas se azotaban por doquier; gatos y ratas corrían, el mal estaba presente y yo era su vehículo. Cuando conseguí estar frente a ellos les dije: -no puede ser, por fin juntos y lo único que se les ocurre es pelear, pero estaba vez no permitiré que sufras más Sarah, cueste lo que me cueste-, -¡Mátalos!- gritaba mi acompañante, mientras yo me abalanzaba contra ellos, mi cuerpo respondía como en sus mejores tiempos, quizá mejor. Los perseguí hasta llegar a la habitación donde se hallaba el supuesto ataúd de Sarah, mismo que les servía de escudo -¡¿qué esperas?!, ¡acábalos!- el ente insistía con gran frenesí. Inmóviles quedamos por un momento, analizando que haría el otro, pensando cuál sería su siguiente jugada. Respiré profundo y me lancé contra ellos, tan fuerte fue mi ataque, que el ataúd cayó, tirando flores y cirios, los cuales alcanzaron las viejas cortinas, iniciando un concierto de llamas en el cuarto. Puertas y ventanas aún se azotaban y por fin, la lluvia llego bramando de rabia.

Ellos seguían corriendo, por suerte fui precavido y cerré con llave la entrada principal o mejor dicho la única salida del lugar. Aún recuerdo sus rostros después de darse cuenta de que estaban atrapados, ella, llorando sin control, él, desesperado, sin saber qué hacer, a punto de estallar. El humo, comenzaba a cubrir todo el sitio, era molesto, costaba respirar, dejé de correr y caminé lentamente hasta estar frente a ellos, me sentía en ventaja, sabían que no podían huir; me perdí en un mar de pensamientos triunfales, cuando, cual lobo hambriento, Prinston se lazó hacia mí -¡mátalo, mátalo, mátalo!- el aberrante ser insistía, pero de una patada me arrojo a unos tres metros, impactándome contra la pared, casi pierdo el conocimiento. Sin perder un solo segundo comenzó a darme una buena tunda, cada golpe estaba cargado de odio, cada patada me movía las entrañas, estaba a punto de morir, ya no podía más; pero como dije antes, ese día, el mal estaba presente y mejor aún; estaba a mi favor.

Prinston se dirigía nuevamente hacia mi figura, a paso lento, regodeándose al verme casi inmóvil, sin miedo. La lluvia era intensa, el cielo relampagueaba intensamente, el humo ya cubría todo el lugar, era casi imposible respirar, aunque me mataran probablemente morirán por el humo, pero él no tenía miedo, solo reía socarronamente, se olvidó de todo, solo deseaba mi sangre, tanto fue su éxtasis que no se percató del cuchillo que llevaba y cuando estuvo cerca una vez más, clave mis pupilas en su mirada y hundí el cuchillo con toda mi fuerza en su pierna, pronto se hallaba en el suelo quejándose como un puerco a punto de morir, de prisa me incorpore y golpee su rostro con una silla una y otra vez. El monstruo gozaba la escena, brincaba y gritaba de placer, me perdí en el espectáculo visual del ser y cuando reaccioné, mi ropa estaba empapada en sangre y donde se supone se hallaba el rostro del muchacho, solo quedaba una masa deforme, completamente repugnante, busqué a Sarah, pero ya no estaba en la habitación. Como dije antes, esa noche el mal estaba presente y de mí se había apoderado; así que, cual perro con rabia, comencé a buscar a la bella Sarah, -¡por aquí, por aquí!- gritaba mi espectral compañero, solo había un lugar donde podía estar, debía apresurarme el fuego comenzaba a consumir el lugar. Después de ver la muerte de su amado debió correr hacia la terraza. A toda marcha me dirigí a ese lugar y en efecto, ahí estaba, intentaba aferrarse a lo más alto de una de las bardas, que cercaban el patio. Su desesperación le impedía razonar, las bardas median más de tres metros, era imposible alcanzarlas de un salto.

La lluvia había lavado su rostro, se veía como un ángel, sus ropas se habían empapado y dejaban ver su majestuosa figura, nunca en mi vida volví a ver mujer tan celestial. Caminé hacia ella, la lluvia era fuerte, sus gotas eran grandes y frías, el cielo bufaba con ira, mi corazón palpitaba rápidamente, aunque seguro que el de ella palpitaba más rápido. -Sarah, ven aquí por favor, te ayudaré a ser feliz, no me gusta verte sufrir y por ello prefiero hacerte feliz, aunque ello implique mi desdicha- dije con un tono sereno, esperaba que entendiera; pero en vez de ello, seguía con su estúpido intento de escape; sin embargo, en uno de sus intentos resbaló y al caer se lastimó el tobillo, intentó levantarse pero le fue imposible, por fin quedó inmóvil, se dejó caer sobre el pasto, me miraba fijamente, esperaba con ansias mi llegada, deseaba la muerte.



Ezekielo

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En el texto hay: asesino, amor, crimen y amor

Editado: 14.09.2019

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