El secreto de Deabru

U N O


31 de Diciembre de 2015
 


 

«Hemos encontrado el cadáver de su hija Rose».
 


 

Me desperté sobresaltada y sudando después de la pesadilla recurrente que atormentaba mis sueños, aún mi cuerpo respondía igual que el día de la trágica noticia, un nudo en el estómago, unos cosquilleos alrededor de mis nalgas, pesadez y dolor en mis piernas, y desconcierto y aturdimiento en mi cabeza. Conocía los síntomas perfectamente, porque todas las noches aparecían cerca de las 4 de la mañana y no desaparecían hasta que el primer rayo de sol atravesaba mi ventana.
 


 

Me senté en la cama y apoyé la cabeza sobre la pared, la sensación de vértigo hacía que, si tenía la más mínima intención de incorporarme, una fuerte y violenta náusea naciera en mi garganta, en las peores ocasiones venía acompañada de vómito.
 


 

Cada vez era más difícil dormir. Las pastillas que me recetó el psiquiatra tenían un efecto amplificado en mi cuerpo, al ser de constitución delgada y con predisposición a los efectos secundarios, debía decidir entre dormir por las noches y pasarme el día somnolienta, apática y fatigada, o padecer de insomnio durante la noche y depresión, angustiada y triste en las horas de luz. Ambas propuestas eran realmente malas, pero al menos tomar antidepresivos me permitía pensar en Rose y no deshidratarme con tanta lágrima. 
 


 

El recuerdo de mi hermana mayor pesaba en mi pecho, en mi corazón, en mi cabeza, en mis recuerdos. El dolor y la angustia por no saber cómo, por qué, quién y cuándo hizo que mis padres se obsesionaran del tal manera que se convirtieron en la sombra de lo que fueron alguna vez; perdieron muchos kilos, dormían tres horas durante la noche, apenas comían, les costaba expresar sus emociones y lo peor, consiguieron alternativas para soportar su dolor a base de alcohol y sustancias, o bien abrazar mucho mas al Señor. Entre ellos tampoco hablaban a no ser que el tema fuera Rose, tampoco dormían juntos y si seguían viviendo en la misma casa y sin divorciarse, era porque ninguno de los dos se veía con fuerzas de empezar una vida más solitaria y desde cero.
 


 

¡No les culpaba! En numerosas ocasiones a lo largo del último año, decidí marcharme de Deabru, coger las maletas y subirme al primera autobús que saliera del pueblo, sin importar el destino, pero yo no era tan valiente como para enfrentar la dolorosa pérdida de mi hermana mayor estando sola, tampoco quería dejar a mis padres abandonados y destrozados por la inesperada marcha de su última hija. Era egoísta por pensar en mí y no en ellos, pero sentía que si me quedaba aquí jamás podría recordarla sin evitar derramar una lágrima, que no hablaría de ella por miedo a perder la voz y caer en el fondo del pozo... y todo porque me culpaba por no haber evitado su muerte. Tal vez no habría podido hacer nada, seguramente no, porque nadie sabe -a excepción de Rose y Adam - lo que les pasó en aquel auto, pero mi subconsciente me regañó por no haber hecho algo.
 


 

Llevé dos dedos a mi cuello y los deslicé hasta que encontraron la Arteria carótida, me quedé en silencio, contando mentalmente el número de veces que la sangre golpeaba las paredes, convirtiéndose en el pulso. La taquicardia era casi evidente, el intervalo entre golpe y golpe apenas era de unos microsegundos, sumando la falta de aire y el dolor de estómago que tenía, solo se me ocurría una cosa para intentar que los síntomas disminuyeran. 
 


 

Bajé de la cama y coloqué aquellas viejas zapatillas de estar por casa que me regaló Rose cuando cumplí los 15 años, parecía mentira que eso ocurriera tan solo un par de días antes de su muerte; salí al pasillo, pero no avancé, su puerta estaba abierta, algo inusual si recordaba que mi madre prohibió entrar y/o abrirla, dejando en su interior tal cual la dejó ella. Mi madre tenía la esperanza de que todo esto se tratara de una de las bromas del tío Patrick, una sin gracia y pesada, de la que nos reiríamos después de que él gritara "Es broma". Pero después de casi 12 meses, veía como su creencia se iba apagando. 
 


 

Dudé si en verdad sería buena idea entrar y echar un rápido vistazo, oler la vainilla de sus velas, escuchar el riachuelo que se podía ver desde su ventana, encontrarme con alguna de las fotos que adornaban su armario y pensar que ella estaba en casa de Adam como cada sábado... Pero la realidad era que me moría de ganas de sentarme en su cama y conversar con ella aunque solo se me escuchara a mí, que me contara los problemas que tenía con su novio, oírla quejarse por haber llegado recientemente de fiesta y se sentía resacosa por todos los margaritas que había bebido. ¿Cómo algo tan simple podía hacerme añorar tanto el pasado? Negué con un rápido movimiento de cabeza, entrar allí sería reabrir la cicatriz que poco a poco iba cosiendo con cada visita al psicólogo.
 


 

Al llegar ante la puerta, una brisa de aire frío me golpeó el cuerpo y cerró la puerta. Me sobresalté de nuevo y retrocedí unos pasos para mirar desde más lejos. Extrañada, me quedé observando aquel trozo de madera de pino, como si esperase que algo pasara, como si creyera que mi hermana se quisiera comunicar con nosotros, como si mi padre tuviera razón cada vez que decía que los muertos no se iban, sino que se quedaban para vigilar a sus seres queridos. Nada sucedió. Solo se oía el silbar del aire, el ruido de las ramas al golpear los cristales y el ladrido del perro del vecino que ladraba cuando algún extraño se acercaba a sus propiedades. Pero siendo sincera, ¿qué era lo que esperaba encontrar? ¿Alguna señal de que Rose no había desaparecido de este mundo de una forma tan cruel o algo con lo que permitir al psiquiatra que me encerrara en un psiquiátrico? 
 



Yterbio

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En el texto hay: demonio, alma, romance

Editado: 11.09.2020

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