Finalizaron las vacaciones de invierno, corría la segunda semana del segundo semestre y aún no llegaban noticias de Emma. Los Leo’s charlaban durante la clase de matemáticas después del segundo receso.
- Para mí que Emma no regresa. - Dijo Leonardo en voz baja.
- Cállate. - Regañó Leobardo. Meditó un segundo. - Sí. Yo estoy pensando lo mismo. Pero no te atrevas a decir nada en frente de David. - Lo volvió a regañar.
- Sí, ya sé. - Dijo en un tono cansado. - Él todavía tiene la esperanza de que ella regrese pronto.
- Estoy preocupado. – Leobardo comenzó a golpear su lápiz contra el cuaderno. - Tenemos que intentar localizar a Emma, para poder hablar con mi tío, para que la deje venir.
- Sí, o por lo menos el correo electrónico. - Contestó pensativo Leon.
- ¡Papá! Papá tiene su correo en su mail. - Dijo Leobardo emocionado. Leonardo se sobresaltó de igual manera.
- Tienes razón. Cuando volvamos a la casa...
- Señor Leonardo Méndez. - Se escuchó un eco en el salón. - Por favor pase a la pizarra y deme el resultado del tercer problema. - Ordenó la maestra.
- Ah… sí. - Titubeó, Leon nervioso, tomó su cuaderno y caminó lentamente hacia el frente de la clase. Agarró el plumón del pizarrón, lo destapó, y dispuesto a escribir, se quedó quieto. Pensando.
- ¿Qué sucede, señor Leonardo? ¿Le pasa algo? - Preguntó la maestra desde su escritorio, con un tono de hastío.
- No. - Respondió el muchacho nervioso.
- Entonces escriba la respuesta, rápido. – Ordenó impaciente. Todo el salón los observaban.
- Lo que pasa es que… - Leonardo se acercó a mostrarle el cuaderno. La maestra lo hojeó y le regañó:
- ¿Qué es esto? ¿Dónde escribió los 20 problemas que dicté? - Leonardo la miró nervioso y titubeó.
- Pues… es que…
- ¡A la dirección! - Gritó la maestra. - ¡Tome! - Le aventó el cuaderno. - ¡Dígale al director que no hizo nada! - Leonardo salió del salón, después de atraparlo.
***
Cuando Leonardo estuvo frente a la puerta de la dirección, se preguntaba angustiado. - Y ahora ¿Qué le voy a decir al viejo Gómez? – Suspiró hondo antes de tocar la puerta, no obstante, nadie abrió ni contestó del otro lado. Así que, volvió a tocar y tuvo el mismo resultado, por lo que decidió entrar.
- Hola. Disculpen por entrar así, pero nadie me abrió. - El lobby de la dirección estaba vacío. En eso se escuchó que se abría la puerta de la oficina. Era el director que al verlo preguntó:
- Señor Leonardo, ¿Qué hace usted aquí?
- Bueno yo… - Contestó nervioso.
- No importa, era justamente a la persona que quería ver. - Dijo contento el director Gómez.
- Hola, primo. - Se escuchó atrás del director. Una chica con el cabello teñido de rosa, se asomó al lado del director, vestía un suéter y mayas blancas, y una minifalda y botas color café.
- ¿Emma? – Dijo Leonardo emocionado y dejó caer el cuaderno del impacto. - Ambos corrieron a abrazarse. - Espera un momento esto no es posible. ¿Te teñiste el cabello? Te ves muy bien.
- Tal vez. - Los interrumpió el director. - Pero la Señorita Méndez no podrá venir así todo el año. - Avisó severamente.
- Me lo teñiré el fin de semana. - Dijo con pesar.
- Creo que mi mamá se va a infartar. - Comentó angustiado.
- Su prima acaba de llegar del aeropuerto y trae todo su equipaje. Nosotros lo cuidaremos por usted. Sólo lleve lo necesario. - Le indicó a Emma. - Por favor, joven Méndez, acompáñela a su salón. - Ordenó el director.
- Sí. - Respondió presuroso el otro.
- Muchas gracias. – Dijó Emma y dirigiéndose a su primo. - Tan sólo llevaré mi mochila. - Leo le ayudó a cargarla. Ambos caminaron hacia los salones.
- Qué bueno que volviste. ¿Adelgazaste? - Dijo felizmente Leon.
- Sí, un poco. Lo siento, tardé en volver, porque hicimos algunos viajes extras. Mamá insistió. - Explicó algo incómoda, mientras subían las escaleras. - ¿Y qué tal pasaron las fiestas?
- Muy bien. Mamá pensaba guardarte comida, pero como no sabíamos si regresarías, nos la comimos. - Dijo contento. Emma rio.
- ¿Y David? ¿Ya está mejor? – Preguntó preocupada.
- Sí, ya. Desde que le dijiste que regresarías. No imagino su cara cuando te vea. - Dijo Leo emocionado, mientras brincaba los últimos escalones. Llegaron al primer piso.
- ¿Me veo bien? - Preguntó nerviosa.
- Pareces un algodón de azúcar. – Le comentó cariñoso, mientras le acariciaba la cabeza. Emma sonrío.
- Gracias primo. - Lo abrazó. – Estoy muy feliz. Gracias. De aquí en adelante puedo llegar sola. - Caminó hacia su salón.
- Entonces nos vemos después. - Leonardo se despidió con la mano y subió la escalera, al siguiente piso.
***