El secreto de Luciano

Capítulo 11

Luciano se mueve inquieto por toda la habitación, había intentado escribir algunas palabras, pero no ha podido concentrarse. Bebió café notando su desaliñado aspecto en el reflejo de la cafetera. Suspiró desanimado, ¿Por qué no puede concentrarse? Lleva días en la misma situación, sentándose frente a su notebook sin que aparezca una sola idea para continuar con el libro que está escribiendo. Se despeinó con ambas manos como si con eso pusiera obligar a las ideas a surgir en su cabeza.

 

—Bueno ¿Cómo vas? —preguntó Felipe entrando a la casa. Y se detuvo con seriedad al verlo con el piyama encima, con barba de tres días, y con un aspecto temible—. Veo que nada de bien.

 

—Por culpa de ese viejo maldito no puedo concentrarme —agregó sentándose en el sofá tomándose la cabeza, desesperado. Algo que sabe, es que si tiene problemas complicados no es capaz de no pensar en otra cosa, y eso lo desespera.

 

Felipe alzó ambas cejas antes de suspirar con el mismo desanimo, el solo escucharlo decir “viejo maldito” ya sabe a quién se refiere, y al igual que a Luciano, no le deja de importunar el hecho de que aquel individuo no lo deje en paz, a pesar de que ya es un hombre adulto, hecho y derecho, que no necesita escuchar los sermones de esa persona.

 

—¿Con que te amenazó tu abuelo esta vez? —preguntó apoyando su espalda en la pared.

 

Luciano lo miró preocupado antes de bajar la cabeza, con expresión molesta.

 

—No está muy feliz con que haya cortado relaciones con esa mujer —refiriéndose a su ex prometida, Laura, sonrió con ironía marcado por la ira que hay en sus ojos

 

—¿Y cómo pudo enterarse tan rápido de eso? —Felipe arrugó el ceño preocupado.

 

—Mi padre le dijo que Sayen es mi novia, el pobre se sintió aliviado cuando me vio llegar con ella, que no midió sus palabras, no sé qué pasará si descubre que es una mentira —suspiró tomándose sus manos—. Pienso que incluso con lo débil que esta su corazón podría hasta matarlo.

 

Felipe no supo que decir en el instante, aunque no quiere sonar severo le es difícil.

 

—Te dije que mentir no era una buena idea —tomó asiento en el otro sofá.

 

—Lo sé, lo sé —desesperado puso sus manos en los brazos del sillón antes de levantarse con brusquedad—. Pero ahora menos puedo decir que es una mentira, más cuando el maldito de mi abuelo quiere ver a Sayen —tensó su semblante al decir esto.

 

Felipe solo movió la cabeza entendiendo la gravedad de la situación, sabiendo que Sayen no es una mujer muy dócil va entendiendo por qué el aspecto tan desaliñado de Luciano y la razón por la cual no puede concentrarse ¿Querrá ella seguir inmiscuyéndose en esta mentira? Es algo que siente que no deberían pedirle, sin embargo, conoce la situación de Luciano que lleva años intentando quitarse a su abuelo de encima y que este deje de estar extorsionándolo por el delicado estado de salud de su padre.

 

—Deberías hablar con Sayen —agregó pensativo sin mirarlo, con su atención fija en la vacía pared.

 

—¿Y crees que no lo intenté? —reclamó Luciano caminando inquieto por la habitación—. La llamé y le dije que viniera acá lo más pronto posible ¿Y sabes lo que me contestó esa descarada? Que no estaba en su horario laboral y que si quería hablarle entonces de que fuera yo a su departamento ¡¿Puedes creerlo?!

 

Levantó los brazos en forma exagerada.

 

—Es lo más lógico —señaló Felipe con tranquilidad—. Eres tú quien la necesita a ella, así que te corresponde ir a ti detrás, a perseguirla.

 

Luciano se giró sorprendido por su amigo que parece apoyar más a esa mujer “mono” que, a él, es el cliente, se supone que es ella la que debe honrarlo y agradecer todo el dinero que sus libros le han dado a la editorial, no basta con la caja de chocolates navideñas, sino que esa mujer corra cuando él la solicite.

 

—Nunca he andado detrás de una mujer y esta no será la excepción —señaló tensado su rostro.

 

—Quien queda más perjudicado sin la ayuda del otro eres tú no ella —indicó Felipe alzándose de hombros mientras se pone de pie.

 

—¡Y dale! ¿Seguirás poniéndote de su lado? —apretó los puños más aun con la tranquila mirada del otro.

 

—No me pongo del lado de nadie solo digo lo que es más sensato —sonrió suavemente.

 

Refunfuñando Luciano no pudo replicar sus palabras, sabe que tiene razón y eso es lo peor, está comportándose como un niño mimado y eso también lo sabe.  No le queda otra opción más que ir a buscar a esa mujer. Tomó una larga gabardina que colgaba detrás de su puerta.

 

—Bien, iré a verla —gruñó saliendo de la habitación directo hacia las escaleras, sin esperar más palabras de su amigo.

 

—¡Oye, pero…! —y no alcanzó a terminar antes del portazo de Luciano al salir de la habitación—. ¿Pero saldrá de esa forma a la calle? —se preguntó Felipe sorprendido.

 

Sintió la puerta abrirse y vio a Luciano regresar, avergonzado, sin querer explicar que al llegar abajo no alcanzó ni abrir la puerta cuando vio su propio reflejo en el espejo y que por eso se sintió obligado a volver.

 

—Pero primero me daré un baño y me vestiré —habló con expresión poco amigable, tal vez para evitar que Felipe se riera de su torpeza.

 

Es que el solo pensar en seguirle el juego a la testaruda de Sayen lo saca de quicio. Sin embargo, se da cuenta que Felipe tiene razón, es él quien necesita más de ella, y no puede esperarse recibir su ayuda sin darle algo a cambio.

 

—En este mundo nadie hace algo por el otro sin esperar nada —murmuró observando el agua de la ducha caer con cierta decepción.

 

Le gustaría no necesitarla, no necesitar de nadie como siempre quiso, vivir lejos de la gente, de todos, de huir sin que las cadenas familiares se ataran a sus tobillos. Sin saber nada del mundo, encerrado en el suyo, en sus palabras, en su imaginación. Crear su pequeño rincón en que nadie pudiera entrar, prohibido para todos, y vivir de esa forma evitando volver a ser herido.



A.L. Méndez

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En el texto hay: romance comedia

Editado: 02.11.2020

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