El secreto de Luciano

Capítulo 19

Sayen trabaja ojerosa y cansada, además de mal humor. Tomó su café y al quemarse maldijo en su interior. Observó las correcciones de los manuscritos recibidos en la mañana por el área correspondiente, luego observó la hora y suspiró, son ya las nueve de la noche. Movió la cabeza y siguió trabajando, necesita que su mente se mantenga en sus tareas y no en los pensamientos que la habían hecho atrasarse durante el día, si su mente estuviera clara a estas horas ya estaría en casa preparando su cena. Volvió a suspirarse echándose hacía atrás de su asiento encontrándose con la mirada condescendiente de su jefe, dio casi un salto sentándose derechamente.

 

—No te quedes hasta tan tarde —le señaló Manuel, con su abrigo y su maleta en sus manos, sonriéndole preocupado y mirando su reloj.

 

—Sí, solo terminaré lo que me quedo pendiente y me iré —respondió Sayen.

 

—Vamos Sayen, deberíamos ir todos a tomar algo —replicó otro mostrándose animado con la idea de irse a tomar un par de tragos con sus compañeros de trabajo que recién estaban preparándose para irse.

 

—Tú ve mejor donde tu señora, ya después andarás llorando porque ella no te deja entrar otra vez a casa —le señaló una mujer de aspecto mayor riéndose del rostro que el hombre mostró al recordar aquella vez.

 

—Esclavitud del matrimonio —dijo levantando los brazos ofuscado—. Bueno Sayen nos vemos.

 

—Hasta mañana linda y no te mates trabajando —le dijo la mujer—. Ahora vamos Mauricio, directo al metro.

 

Dijo esto último al otro que seguía reclamando que hubiera sido una buena idea salir a tomar unas copas. Sayen sonrió mientras ellos salían del lugar. Luego su mirada se tornó preocupada sin poder evitar recordar el rostro de Luciano y sus palabras "dime por último que yo no te gustó y te dejaré en paz" ¿Y qué fue lo que hizo ella?

 

—Salir corriendo como una tonta —se respondió a si misma dejando caer su cabeza sobre el teclado. —Tonta, tonta y tonta.

 

Aunque por otro lado la verdad es que no supo que decir, siempre pensó que solo lo había dicho llevado por el alcohol y no porque realmente sintiera algo por ella y ahora se enfrentaba a que en verdad él si la estaba viendo de esa manera. Aunque con su huida de seguro y conociendo el orgullo de Luciano de seguro no querría hablarle jamás.

 

—"Y no sé ni siquiera lo que siento, no sé si toda esta confusión, todas estas sensaciones sean porque él me gusta" —entrecerró los ojos—."Quería aceptar sus sentimientos, pero tuve miedo de no darle a él el mismo nivel, sé que sufrió por un amor de antes y no quiero ser otra más que no sepa quererlo como espera. Pero no me siento aliviada, me siento inquieta, angustiada, intranquila".

 

En eso el teléfono de la oficina de su jefe comenzó a sonar, contestó y antes de que hablara una voz conocida la interrumpió.

 

—Manuel, disculpas las horas, pero me dijeron que hoy recibieron las correcciones de mis manuscritos, si las tienes lista ¿Podrías enviármelas? —es la voz de Luciano.

 

Tragó saliva sin saber que responder y su corazón retumbó hasta en su cabeza.

 

—... Manuel acaba de irse, y el manuscrito estará listo en un par de horas.

 

Hubo silencio del otro lado, de seguro Luciano notó que es ella quien habla, un silencio torturante ya que ni siquiera podía verlo para saber en qué pensaba.

 

—Ok, lo estaré esperando. Gracias —y luego de hablar con sequedad cortó el teléfono.

 

Sayen se quedó con el auricular en su mano y colgó con lentitud mientras comienza a sentir una presión en el pecho hasta ahora desconocido para ella. Suspiró entrecerrando los ojos “menudo idiota” murmuró para sí misma dolida por su actitud.

 

Trabajó hasta las once de la noche y luego mandó las correcciones por fax a Luciano. Intenta no pensar en nada. Afuera llueve con intensidad. Su mirada perdida se quedó quieta en la lluvia que cae con tanta fuerza. Subió el cuello de su abrigo y abrió el paraguas caminando con lentitud y desalentada. Sí, tal vez es tristeza, pero abrió los ojos sorprendida cuando un auto parado frente a su oficina le tocó la bocina. Luciano sin sonreír ni mirarla abrió la puerta de su auto para que subiera.

 

No tuvo ánimos para rechazar el gesto, además al parecer la había estado esperando desde hace mucho rato.

 

—Felipe me dijo que tu auto está en el taller, y como noté que aun tan tarde seguías trabajando vine a buscarte, es peligroso que transites sola en este lugar —luego le extendió una bolsa de papel que huele agradable, al abrirlo sacó una hamburguesa que ya está fría, aun así, con el hambre se la comenzó a comer.

 

—Sé defenderme –murmuró luego de un rato. Luciano solo la miró sin entenderla, luego al recordar sus palabras de que es peligroso que ande sola, arrugó el ceño con severidad por unos segundos.

 

—Huyendo como lo hiciste de mí –inquirió serio haciendo una mueca que no pasó desapercibido para la mujer.

 

—Luciano... tú no entiendes –intentó excusarse incomoda que sacara el tema en este momento.

 

—¿Cómo voy a entender que la persona a la que me declaro sale corriendo como si hubiera visto al demonio? –levantó ambas cejas con gesto molesto.

 

—Tengo una explicación para ello —intentó sonreír, pero el silencio y adustez de Luciano no dan el ambiente para ello.

 

—Te escucho —habló secamente.

 

—Bueno, no estoy acostumbrada a que se me declaren y...

 

—Pero no huiste así cuando aquel tipo se te declaró –la interrumpió recordando a Carlos.

 

—Es distinto —desvió la mirada, pero de seguro no lo entenderá.

 

—¿Y por qué? —arrugó el ceño.

 

—Porque tuve miedo –respondió con sinceridad bajando la mirada.



A.L. Méndez

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En el texto hay: romance comedia

Editado: 02.11.2020

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