El secreto de Luciano

Capítulo 35

—Lo siento mucho —murmuró Sayen bajo la enorme cobija con que Carlos la había envuelto—. No quiero abusar de tu hospitalidad.

 

Carlos en silencio le acercó un plato de sopa preocupado por la mirada perdida de la mujer. El cabello desparramado de Sayen cae en su rostro y sus mejillas sonrojadas por el frio de antes siguen intactas en su rostro. Vio como ella entrecerraba los ojos sin poder contener sus lágrimas, sabe que se siente débil y vulnerable, sabe que tiene miedo de que su corazón caiga a pedazos al suelo, porque él también amó y fue dejado de lado.

 

—¿Mailen? —preguntó la mujer dándose cuenta de que ya no está en el lugar.

 

—Se fue hace casi una hora —le respondió con expresión preocupada.

 

—Entiendo —indicó tal vez ella pensó que lo mejor era dejarla con Carlos, aunque no se atreve siquiera mirarlo a los ojos, debe sentirse incomodo de ayudar a la mujer a la que hace un tiempo se declaró y eligió a otro cuando ella llora por ese hombre.

 

—Come algo, te hará bien —le habló en tono amigable, distinto a lo que Sayen esperaba— necesitas calentar el cuerpo, luego una ducha caliente es lo mejor para estos casos.

 

Y guardó silencio. La mujer no pudo evitar observarlo cuando dijo “estos casos” le dio la impresión de que él antes pasó por algo similar, el desamor, la sensación de sentirse dejado de lado, pero no quiso preguntar, no debería ser impertinente cuando él ha respetado su silencio sin interrogarla si algo pasó con su novio.

 

—Uno al final ¿Sana después de esto? —preguntó bajando la cabeza.

 

—Sí —le respondió mirando la lluvia que golpeaba las ventanas—. Todos al final se recuperan, aunque es doloroso siempre hay luz al final del camino.

 

El ruido de la lluvia fue lo único que interrumpió el silencio que los rodeó a ambos.

 

—Una vez amé —habló Carlos aun con su mirada fija en la lluvia—. Me enamoré de una chica ambiciosa, risueña, que parecía que nada podía detenerla. Aunque su codicia me asustaba, amaba su sonrisa, su carácter. Nos quisimos, o eso yo quisiera creer, nos comprometidos a pesar de que ella era hija de un rico empresario y yo solo un novato escritor.

 

Suspiró y guardó silencio por unos momentos, como si en su cabeza ordenara las palabras tal y como si estuviera escribiendo un guion para su próxima novela.

 

—Conoció a otro hombre, uno con mejor situación económica, de una familia mucho más rica que la suya y se comprometió con él —sonrió con tristeza—. Me dejo por ser pobre, por nunca tener nada mejor que ofrecerle, pero ¿Sabes algo?

 

Esta vez miró con fijeza a Sayen a los ojos tomándola de su mentón al notar sus intenciones de evitar sus ojos.

 

—Yo no luché por ella porque al verla en frente de mí, al verla a los ojos tal como te miró ahora, me di cuenta de que no me amaba —dijo sonriendo con suavidad—. Dime ¿Acaso ese hombre por el que lloras dejó de amarte?

 

Sayen desvió la mirada queriendo no recordarlo, pero le fue imposible, sabe que Luciano la ama, se lo dijo, pero aun así pensó en sacrificarse por otra mujer, sacrificar su vida entregándose a un falso amor por poner la felicidad de Natalia sobre ellos dos.

 

—Me ama —respondió—. Pero su cariño hacia su ex es mayor que eso…  quiero alejarme, no porque necesite tiempo, sino porque estoy tan dolida que temo odiarlo. Y no quiero eso, no quiero.

 

Carlos le colocó la mano en la cabeza en forma cariñosa.

 

—Si sientes que es lo mejor, hazlo, no te detengas si eso es lo que tu espíritu te pide.

 


****************o*************

 


Natalia sonrió viendo el atardecer, sentada en su silla de ruedas contempló ansiosa aquel hermoso paisaje mientras el sol se hunde en las aguas del mar. Le suplicó que la llevara a la misma playa donde ambos habían compartido sus últimas vacaciones antes de que ella se fuera rompiendo el compromiso matrimonial que tenían en ese entonces. Luciano más atrás observa el paisaje con indiferencia, desde hace un tiempo el vacío que siente no lo ha dejado a pesar de que ha pasado unas dos semanas desde la última vez que vio a Sayen.

 

—Luego comenzaran los fuegos artificiales —exclamó la mujer con emoción, pero perturbada al notar la fría expresión de Luciano.

 

Le tomó la mano haciéndolo reaccionar y aquel sorprendido e incómodo la contempló por unos instantes. Ver aquel rostro masculino la hizo ansiar sentir sus besos y aunque por unos momentos cree que eso sería posible el escritor soltó su mano alejándose.

 

Se quedo estupefacta y dolida. A la distancia Dean los observa y sacándose su cigarro de la boca lo lanza al suelo y se aleja. El recuerdo de unos días atrás viene a su mente, la imagen de una mujer mirando el mar con expresión melancólica y pérdida, con una larga chaqueta cubriendo su vestido de color crema y su largo cabello suelto. Dejada de lado por la estupidez y egoísmo.

 

—¿Seré tonta si a pesar de todo aún sigo queriendo que él sea feliz?  —preguntó Sayen aquella vez sin mirarlo.

 

—"Si tú eres tonta yo también lo soy" —pensó él en ese entonces fijando su mirada hacia el sol que comenzaba a ser tragado por el océano.

 

—Siempre pensé que era una mujer fuerte, que nunca me sentiría tan vulnerable y vacía... —guardó silencio entrecerrando los ojos.

 

—Algo así es capaz de tumbar en el suelo hasta el mar fuerte —señaló el francés sin mirarla.

 

De reojo pudo ver que le sonreía con tristeza.

 

 

Dean desvió la mirada incomodo y molesto, no puede seguir viendo a Natalia y Luciano paseando como si fueran una pareja, aunque es claro que el escritor no parece ser feliz. Metió su mano en su bolsillo y sacando su teléfono comenzó a hacer un par de llamadas.



A.L. Méndez

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En el texto hay: romance comedia

Editado: 02.11.2020

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