El Señor De Las Sombras (sds #8)

Capítulo 6: Cacería

Pov Cate

Una semana después de haber dejado atrás el desierto, nos adentramos en una jungla de gruesos cactus, largas enredaderas serpenteantes y árboles atrofiados y retorcidos. Muy pocas hojas crecían en ellos. Las que lo hacían eran largas y estrechas, de un apagado color naranja, y se agrupaban cerca de las copas de los árboles.

Habíamos llegado siguiendo rastros de animales (excrementos, huesos, pelo), pero no vimos ninguno hasta que entramos en la jungla.

Allí encontramos una curiosa mezcolanza de familiares aunque extrañas criaturas. La mayoría de los animales eran similares a los de la Tierra (ciervos, ardillas, monos), pero diferentes, generalmente en tamaño o 
color. Algunas de las diferencias no eran tan fácilmente perceptibles: un día atrapamos una ardilla que resultó tener una serie extra de dientes afilados cuando la examinamos, y garras sorprendentemente largas.

Habíamos recogido piedras con forma de puñal en el transcurso de nuestra expedición, las cuales afilamos como cuchillos. Ahora haríamos más armas con palos gruesos y los huesos de los animales más grandes.

No serían de mucha utilidad contra una pantera, pero nos ayudarían a ahuyentar a los pequeños monos amarillos que saltaban desde los árboles sobre las cabezas de sus víctimas, cegándolas con sus garras y 
sus dientes, y rematándolas mientras daban tumbos de un lado a otro.

—Nunca había oído hablar de monos así —comenté una mañana, mientras observábamos a un grupo de aquellos simios derribar y devorar a un enorme animal con aspecto de jabalí.

—Yo tampoco —dijo Harkat.

Mientras los mirábamos, los monos se detuvieron y olfatearon el aire con suspicacia. Uno corrió hacia un espeso arbusto y chilló amenazadoramente. Sonó un profundo gruñido desde el interior del arbusto, y entonces, un mono más grande (como un babuino, aunque de 
un extraño color rojo) salió y agitó un largo brazo hacia los otros. Los monos amarillos enseñaron los dientes, siseando y arrojando ramitas y piedrecillas al recién llegado, pero el babuino los ignoró y avanzó. Los monos más pequeños se retiraron, dejando que el babuino acabara con el jabalí.

—Supongo que es cuestión de tamaño —murmuré irónicamente, y luego Harkat y yo nos alejamos a hurtadillas, dejando al babuino alimentarse en paz.

La noche siguiente, mientras Harkat dormía (sus pesadillas se habían detenido desde que llegamos a este nuevo mundo) y yo hacía guardia, se oyó un potente y fiero rugido en alguna parte, por delante de nosotros.

Por lo general, la noche se llenaba con el incesante sonido de los insectos y otras criaturas nocturnas, pero ante aquel rugido, cesaron todos los ruidos. Hubo un silencio absoluto (en el que sólo los ecos del rugido persistieron) durante al menos cinco minutos.

Harkat seguía dormido después del rugido. Normalmente tenía el sueño ligero, pero aquí el aire le sentaba bien y había estado durmiendo más profundamente. Se lo conté por la mañana.

—¿Crees que era… nuestra pantera? —preguntó.

—Definitivamente, era un gato grande —dije—. Podría haber sido un león o un tigre, pero apuesto a que era la pantera negra.

—Las panteras, por lo general, son muy silenciosas —dijo Harkat—. Pero supongo que aquí podría ser... diferente. Si éste es su territorio, no 
tardará en pasar… por aquí. Las panteras están rondando constantemente. Debemos prepararnos. —Durante su estancia en la Montaña de los Vampiros, cuando trabajaba para Seba Nile, Harkat había hablado con varios vampiros que habían cazado o luchado con leones y leopardos, así que sabía mucho sobre ellos—. Debemos cavar un foso para… hacerla caer dentro, atrapar y amarrar un ciervo, y también encontrar algunos… puercoespines.

—¿Puercoespines? —pregunté.

—Sus púas se clavarán en las patas, el hocico y la boca… de la pantera. Pueden entorpecerla o… distraerla.

—Vamos a necesitar algo más que puercoespines para matar a una pantera —advertí.

—Con suerte, le daremos un susto cuando… venga a comerse al ciervo. Podemos pegar un brinco y espantarla para que caiga… al foso. Esperemos que muera ahí.

—¿Y si no lo hace? —pregunté.

Harkat esbozó una sonrisa nerviosa.

—Tendremos problemas. Las panteras negras en realidad son leopardos, y los leopardos son… los peores entre los grandes gatos. Son rápidos, fuertes, feroces y… excelentes trepadores. No podremos correr más rápido ni… trepar más alto que ella.

—Así que si el plan A falla, ¿no hay plan B?

—No —respondió Harkat con una risita seca—. Ése será justamente el plan B: ¡pánico!

Encontramos un claro con un frondoso arbusto en un extremo donde poder ocultarnos. Pasamos la mañana cavando un profundo hoyo con nuestras manos y las toscas herramientas que habíamos fabricado con ramas y huesos. Cuando el foso estuvo hecho, recogimos un par de docenas de ramas gruesas y afilamos las puntas, creando unas estacas que colocaríamos en el fondo del foso.

Cuando nos disponíamos a bajar al foso para plantar las estacas, me detuve en el borde y empecé a temblar… al recordar otro foso que había estado lleno de estacas y a mi abuelo que había perdido allí.

—¿Qué pasa? —preguntó Harkat. Antes de que pudiera responderle, lo leyó en mis ojos—. Ah —suspiró—. Mr. Crepsley.

—¿No hay otra forma de matarla? —gemí.

—No, sin el equipo apropiado. —Harkat me quitó las estacas y me sonrió alentadoramente—. Ve a cazar puercoespines. Yo me ocuparé de… terminar la operación.

Asentí con gratitud, y dejé a Harkat plantando las estacas mientras yo iba a buscar puercoespines o algo más que utilizar contra la pantera. No había pensado mucho en Mr. Crepsley últimamente (este mundo cruel había demandado toda mi atención), pero el foso lo trajo todo de vuelta bruscamente. Volví a verle caer y a oír sus gritos mientras moría. Quería dejar lo del foso y la pantera, pero ésa no era una opción. Teníamos que matar al predador para saber dónde ir a continuación. Así que atajé los recuerdos de Mr. Crepsley lo mejor que pude y me sumergí en el trabajo.



SiVeLa123

Editado: 04.07.2019

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