El Señor De Las Sombras (sds #8)

Capítulo 23: Yo Soy...

Pov Cate

Reaccioné ante las llamas más rápido que Harkat. Me arrojé sobre la Personita, apartándola de la onda expansiva, y rodé tras ella. Mientras las llamaradas pasaban velozmente a nuestro lado, sobre las aguas del Lago (iluminando momentáneamente las caras de los muertos atrapados en su interior), busqué un globo y lo lancé al suelo, por debajo del dragón. Hubo una gran explosión, y el dragón se alejó, rugiendo (ésta era su primera exposición a nuestros explosivos).

—¡Deprisa! —le grité a Harkat—.¡Dame tus globos, coge la red y pesca tu alma!

—¡Yo no sé cómo… se pesca! —aulló Harkat.

—¡Pues no hay mejor momento para aprender! —bramé, y arrojé otro globo cuando una de las hembras se precipitó sobre nosotros.

Harkat descargó rápidamente sus globos y los dejó en el suelo, a mis pies. Luego, agarrando la abandonada red de Esputos, la sacó del Lago, se detuvo un instante para aclarar sus ideas, y volvió a echarla dentro lentamente. Mientras lo hacía, murmuraba suavemente:

—Busco mi alma, espíritus… de los muertos. Busco mi alma, espíritus… de los muertos. Busco mi…

—¡No hables! —chillé—. ¡Pesca!

—¡Cállate! —siseó Harkat—. Ésta es la forma. Lo presiento. Debo llamar a mi alma para… atraerla a la red.

Quise preguntarle cómo había llegado a esa conclusión, pero no había tiempo; el macho y las dos hembras nos estaban atacando, ellas desde la izquierda y la derecha, y él sobre el Lago, frente a nosotros. Mientras 
ahuyentaba a las hembras con dos globos lanzados a lo loco, observé al 
dragón descendiendo en ángulo hacia la superficie del Lago. Si lanzara un globo al Lago, no explotaría. Eso significaba que tendría que darle al 
dragón, y posiblemente, lo mataría. Me parecía una lástima, pero no 
había otras opciones.

Me disponía a darle lo suyo al dragón cuando se me ocurrió una idea.

Tiré el globo al agua, frente la bestia que se aproximaba, cogí un 
guijarro cercano, apunté cuidadosamente y lo lancé hacia el globo. Le acerté justo cuando el dragón se acercaba al globo, regando la faz de la criatura con una borboteante columna de agua.

El dragón interrumpió su ataque y se desvió trazando un arco, chirriando de frustración. Las hembras casi habían logrado acercarse furtivamente mientras yo me enfrentaba al macho, pero las descubrí justo a tiempo y las dispersé con otra explosión. Mientras los dragones se reagrupaban por encima de nuestras cabezas, hice un rápido recuento de los globos: quedaban ocho, más la ampolla.

Quise decirle a Harkat que se apresurara, pero su rostro estaba 
ferozmente contraído mientras se inclinaba sobre la red, susurrando 
suavemente a las almas del Lago, buscando la de la persona que había 
sido. Interrumpirle lo retrasaría.

Los dragones atacaron nuevamente, en la misma formación que antes, y una vez más los repelí con éxito, quedándome con cinco globos de 
aspecto solitario. Mientras cogía otros tres, consideré tirar a matar (después de esos tres, sólo me quedaría un último par), pero al observar a los dragones volando en círculos en el aire, quedé nuevamente impresionada por su imponente majestad. Éste era su mundo, no el 
nuestro. No teníamos ningún derecho a matarlos. ¿Y si éstos fueran los 
únicos dragones vivientes, y extermináramos toda una especie sólo para salvar nuestros cuellos?

Cuando los dragones atacaron una vez más, aún no sabía bien qué hacer con los globos explosivos. Despejé mi mente, dejando que mi mecanismo de autodefensa actuara y decidiera por mí. Al descubrir que mis manos arrojaban los globos a poca distancia de los dragones, ahuyentándolos sin matarlos, asentí sombríamente.

—Así ha de ser —suspiré, y avisé a Harkat—: No puedo matarlos. Cuando vuelvan a atacar, estaremos acabados. ¿Quieres coger los globos y…?

—¡La tengo! —gritó Harkat, tirando furiosamente de la red, cuyas cuerdas se tensaron y rechinaron alarmantemente—. ¡Unos segundos más! ¡Sólo dame unos… segundos más!

—Haré lo que pueda —respondí con una mueca, y luego me enfrenté a los dragones, que se dirigían hacia nosotros como antes, repitiendo 
pacientemente su maniobra anterior. Por última vez, mandé a las hembras a tomar viento, y luego saqué la ampolla, la tiré al Lago y la hice añicos con un guijarro. Algunos cristales debieron alcanzar al dragón macho cuando la ampolla explotó, porque lanzó un rugido de dolor mientras se retiraba.

Ahora que no había nada más que hacer, corrí hacia Harkat y tiré de 
la red.

—¡Cuánto pesa! —gruñí, sintiendo su resistencia mientras la arrastrábamos.

—¡Una tonelada! —convino Harkat, sonriendo como un loco.

—¿Estás bien? —rugí.

—¡No lo sé! —gritó—. ¡Estoy emocionado, pero aterrorizado! ¡Tanto que he aguardado… este momento, y aún… no sé qué es lo que espero!

No podíamos ver el rostro de la figura atrapada entre las cuerdas de la red (estaba algo lejos de nosotros), pero era un hombre, de complexión esbelta, con lo que parecía ser una sucia cabellera rubia. Mientras sacábamos al espíritu del Lago, su forma resplandeció, y luego se fue 
volviendo sólida poco a poco, primero una mano, después un brazo, seguido de la otra mano, la cabeza, el pecho…

Ya teníamos casi fuera del todo al alma rescatada cuando vi al dragón
macho lanzarse como un rayo hacia nosotros, con el morro sangrando y 
sus grandes ojos amarillos llenos de furia y dolor.

—¡Harkat! —grité—. ¡No nos queda tiempo!

Al mirar hacia arriba, Harkat descubrió al dragón y lanzó un fiero gruñido. Dio a la red un último y desesperado tirón. El cuerpo atrapado 
en la red se disparó hacia delante, su pie izquierdo se solidificó y salió del agua con un taponazo similar a la detonación de una pistola.

Mientras el dragón se abatía sobre nosotros, con la boca cerrada y las 
fosas nasales llameando, preparando una bola de fuego, Harkat puso el cuerpo boca arriba, revelando un rostro pálido, confuso y horrorizado.



SiVeLa123

Editado: 04.07.2019

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