Elisa

Soledad

 

Mientras miraba por la ventana el jardín que fue suyo por años sintió un gran pesar, pues cada rincón guardaba sus secretos más íntimos. Nítidamente venían a su mente las largas horas de juegos y conversaciones que mantuvo con árboles y arbustos, sus únicos amigos de infancia a parte de él. 

 

A simple vista Elisa era vista como una persona afortunada pues económicamente no le faltaba nada, era hija de uno de los hombres más ricos de la ciudad. Parte del dinero provenía de herencias que avanzaron de generación en generación. Su padre, Alejandro Morales era un empresario retirado.

 

Aunque nunca había necesitado del dinero para vivir, manejaba la empresa de exportaciones familiares para aumentar su fortuna. Lamentablemente la gente a su alrededor ignoraba que a pesar de que su posición en la sociedad era fuerte, no era feliz. Por lo mismo acostumbraba construir muros a su alrededor y muy pocas personas podían atravesarlos. 

 

Repentinamente sintió una mano sobre su hombro y sin poder evitarlo reaccionó con temor. Tanto él como sus padres sabían que sus nervios no eran siempre los mejores, cualquier cosa era capaz de asustarla. Al volverse hacia el causante de su miedo una triste sonrisa acudió a su rostro pues pasarían muchísimo tiempo sin verse. Crecer dolía pues irremediablemente le perdería. Para ella era su mejor amigo, casi un hermano. En las pocas ocasiones en que su padre se sentaba a charlar con ella no le dedicaba más de diez minutos debido a su apretada agenda social, y entonces él acudía a llenar esos espacios vacíos.

 

—Te asusté de nuevo y lo siento, pero cada vez estás más nerviosa.

 

—Toda esta situación me tiene tensa y ansiosa además de algo...

 

— ¿Triste?

 

—Un poco.

 

Elisa miraba fijamente por la ventana como si buscase fundirse con aquello que captaba su atención.

 

—Ese jardín está como congelado en el tiempo...¿Verdad?

 

—Pasamos grandes momentos allí Elisa.

 

—También tristezas, recuerdo que cuando supiste sobre el divorcio de tus padres te refugiaste en nuestro fuerte.

 

—Solo tú supiste encontrarme.

 

—Bueno, a fin de cuentas nadie me hizo caso. Tuve que convencerte de salir lo que no fue fácil de lograr.

 

—Tenías cinco años, ¿cómo era posible que supieras dónde me escondía?

 

—Éramos como hermanos. Tenías trece años pero me tratabas como a tu compinche.

 

—Voy a extrañar todo esto. Deberíamos despedirnos del fuerte antes que lo tiren.

 

—Me encanta esa idea.

 

Caminaron de la mano durante cinco minutos hasta llegar al viejo roble. La casa que le había dado un hogar durante toda su vida pasaría a nuevas manos. Con ella entrando en la universidad y sus padres ya mayores, no tenía sentido alguno conservar aquel lugar. Su padre le había preguntado si la quería y aunque se había visto tentada a hacerlo, era demasiado cara. 

 

—Hemos llegado.

 

Tras sentarse a observar el atardecer ambos guardaron un cómodo silencio, minutos después vino la pregunta que rondaba la mente de Elisa.

 

 



Angie Rossi

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En el texto hay: peligro, acosador, romance drama

Editado: 08.11.2018

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