Enamorados por una noche

Capítulo 1: Verano sin reglas

Por tercer año consecutivo vuelvo a Los Ángeles. Tengo el corazón a cien y solo siento euforia , después de nueve meses voy a volver a ver a Cheril y a Emily. Mis mejores amigas.
Vivir en Nueva York nos impide vernos y nos obliga a tener que hacer videollamadas diarias para contarnos todo.

Al parecer , el grupo ha crecido , Cheril está colada por su nuevo vecino y Emily tiene un rollo raro con el chico que le ayudó a aprobar Matemáticas de segundo de bachiller. Y que las dos tengan a sus fichajes , significa que me presionarán hasta que yo encuentre uno.
Al igual que mis tíos , cada vez que me ven , su primera pregunta es que si tengo novio. A lo que siempre respondo un NO rotundo. 

Claro que este año todas tenemos dieciocho años , después de verano pasamos a la universidad y me han dejado claro que este será el verano sin reglas. Y no son las únicas que lo han pensado , porque mis padres se han asegurado de que lleve protección y tengo el bolsillo pequeño de la maleta llena de condones.

—«Papá , mamá , ya sé quienes los necesitarán» —pienso y me rio por la nariz sin darme cuenta.

El vuelo ha tenido una duración de cinco horas y con el culo con la forma cuadrada del asiento y las piernas adormecidas , he conseguido llegar a por mi equipaje.
Me quito los cascos de los oídos , paro el reproductor y enrrollo los cables alrededor del móvil antes de guardarlo en el bolsillo delantero de mis vaqueros cortos. Pero me arrepiento de haberlo guardado al escuchar la discusión de dos chicas por la confusión de sus maletas. Me quedo observandolas unos segundos y pienso que deberían hacer lo mismo que yo. Personalizarla.
Al poco tiempo de llegar a la cinta de equipaje , veo como se desliza mi maleta sobre ella. Su color es azul turquesa y está llena de frases de canciones.
Agarro el asa central con ambas manos y la coloco en vertical sobre el suelo.

Son las cinco de la tarde , así que doy por echo que mis tíos ya están esperándome.
Ruidosamente por el sonido de las ruedas , me dirijo a la salida , donde diferencio a diversas personas , pero ninguna de ellas son conocidas. En la máquina expendedora hay una madre meciendo un carrito de bebé , una familia mirando los horarios de los próximos vuelos en los paneles informativos , un hombre dormido en los asientos de espera...

—¡Gala! —escucho mi nombre y ruedo la vista por cada esquina.

—No puede ser —me digo a mí misma entre un suspiro. Dean acaba de entrar en el aeropuerto.

Tiene el mismo aspecto de siempre , pelo ondulado negro azabache , gafas de sol que tapan sus ojos marrones caramelo , vaqueros ajustados que según él atrae más a las chicas y una camiseta básica roja que se le pega al torso.
Lo único que ha cambiado es su altura y su cuerpo , ahora está más trabajado , se le marcan los bíceps y tiene la espalda más ancha que el año anterior. Pero estoy segura de que sigue siendo el mismo capullo de siempre.
Se dirige a mí con andar chulesco hasta que queda a unos centímetros de distancia , se quita las gafas y se las coloca sobre la cabeza con cuidado de no despeinarse.

—Hola primita —dice con una sonrisa burlona en sus labios.

—Hola Dean —imito mirándole irritada. Odio que me llame primita.

—¿Me has echado de menos? —pregunta quitando la maleta de mis manos para llevarla él.

—No mucho —ruedo por mi lengua las palabras más sinceras.
—¿Donde están los tíos? —pregunto directa para que se le dejen de subir los diecinueve años a la cabeza.

—Se han quedado organizando tu cuarto y me han pedido que viniera a recogerte —se encoge de hombros y mordisquea su labio inferior.

Resignada , acepto el echo de que voy a tener que pasar con él media hora hasta llegar a Santa Mónica.
Salimos del Aeropuerto Boulevard y nos dirigimos a su coche. El sol es abrasados y en menos de dos pasos me queman hasta las gomas de mis Vans.
Dean saca las llaves de su bolsillo , gira el aro sobre su dedo y termina pulsando un botón que crea el sonido de un clic sonoro. Automáticamente su coche se abre y para mi sorpresa , no es el Ford rojo lleno de abulladuras que tenía hace dos años , sino un Nissan blanco sin ni siquiera un arañazo.
Mientras él mete mi maleta en el maletero , yo abro la puerta del copiloto y me instalo en el asiento. La tela que lo recubre quema por el sol y al contacto con mi piel es algo molesto , pero después de un tiempo termino acostumbrándome.
Dean rodea el coche , abre la puerta de su lado y se sienta frente al volante  acomodando su cuerpo en el respaldo.

—¿Donde está el Ford que tanto querías? —pregunto intrigada pasando el cinturón por encima de mi pecho.

—Un gilipollas lo chocó contra un árbol —noto la dureza en su voz.

Mete las llaves en la ranura y enciende el motor , da marcha atrás y salimos de la plaza de aparcamiento.
Estoy deseando llegar a casa , enciendo la radio y voy restando los minutos que faltan de camino.
Las vistas son las mismas de todos los veranos , pero no me cansa ver la hilera de palmeras en las aceras o los edificios y casas de color blanco. Me encanta ver los carteles que indican que camino seguir y ver los diferentes estilos de personas a nuestro paso.



Myriam

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En el texto hay: adolescencia, adultojoven, drama

Editado: 22.10.2019

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