Enamórate de mí

14

Daniela bajó por las escaleras a paso lento y precavido, aunque en el fondo estaba distraída. Una parte de sí misma le decía que debía guardar la calma, que Bruno y Beatriz existían para protegerla tal y como lo recordaba. ¿Entonces por qué tenía esa espina de miedo y duda clavada en el fondo de su pecho?

Dio vuelta a la izquierda cuando terminó de bajar las escaleras y siguió de frente sin detenerse, perdida en sus pensamientos. La linterna empezó a parpadear en su mano, algo que ella ignoró por completo. Beatriz le pidió que cambiara la batería, sin embargo Daniela lo escuchó de forma lejana, sin comprender sus palabras. La cabeza le dolía con fuerza, incluso había comenzado a sentirse mareada.

—Daniela. —Escuchó la voz de Beatriz pronunciar su nombre con un tono de voz que no logró identificar, y mientras seguía caminando sin un rumbo fijo, el parpadeo de la linterna se volvió cada vez más errático.

«Yo no voy a obligarte a que te des cuenta del problema, Dany» recordó de pronto una voz gruesa y familiar decirle. «Sé que eres inteligente. ¿Cómo te sientes cuando ellos dos están cerca? ¿De verdad te sientes bien cuando invaden tu cabeza a su antojo y te desplazan? ¿Te sientes bien con las cosas que Bruno hace en nombre de su amor por ti?».

Daniela se detuvo en el acto. Ella había respondido a esa pregunta, podía sentir las palabras salir de su boca con cierta amargura. Sabían agrias y le provocaban un sentimiento de dolor. ¿Por qué?

—¡Daniela! —Escuchó a Beatriz gritarle desesperada. Pero antes de que pudiera reaccionar, una enorme mano la tomó por el brazo y tiró de ella hacia atrás violentamente.

La chica se giró hacia atrás de golpe y se topó frente a frente con uno de los enfermos del hospital. Su piel rojiza cubierta de llagas de coloración blancuzca y morada estaba claramente infectada, el pus se asomaba por sus poros. Los ojos inyectados de furia del gigantesco hombre, de casi dos metros de altura, se clavaron en ella.

El sujeto tiró una vez más del brazo de Daniela, la alzó en el aire y segundos después la arrojó hacia la pared, haciéndola caer al suelo de forma abrupta; su nariz empezó a sangrar ante el par de golpes, le temblaron las manos. Cuando intentó incorporarse de nuevo, sintió una patada en las costillas. Tosió y algo más de sangre brotó de su boca, estaba provocándole asco. De cara contra el piso, la mujer intentó arrastrarse hacia la linterna, que reposaba a varios metros de ella, sin embargo, un nuevo golpe la atacó, esta vez en su cadera.

La voz de Beatriz gritando que la dejara tomar el control saturaba su cabeza, y la sensación de Bruno buscando tomar el control de la luz la aturdía. ¿Por qué ninguno de ellos podía salir para ayudarla? ¡Había funcionado hacía tan poco! Los ojos de Daniela se llenaron de lágrimas.

«¿Por qué crees que los necesitas para defenderte?» Recordó de nuevo aquella voz de antes. «Puedes hacer lo que Beatriz hace porque ella es tú, y eres tan inteligente como Bruno porque él es tú. ¿Realmente los necesitas, Dany?».

Daniela giró la cabeza y miró hacia atrás. El sujeto alzó una pierna de nuevo para volver a patearla, pero justo al hacerlo, Daniela lo aprisionó con ambas piernas y se dio la media vuelta, logrando así que él perdiera el equilibrio y cayera al suelo de forma estrepitosa, golpeándose la cabeza contra la pared. Tan rápido como pudo y muy a pesar del dolor, Daniela se puso de pie y empezó a correr, tomó la linterna antes de dar vuelta a la izquierda por uno de los pasillos.

—¡Voy a hacerte pagar por lo que me hiciste, maldito hijo de puta! —gritó el demencial paciente a las espaldas de Daniela mientras se tambaleaba al ponerse de pie. Estaba teniendo un delirio y seguramente, dentro de su alucinación, Daniela parecía ser alguien más.

—Bruno dice que está afectado por la droga —indicó Beatriz, los pasos del paciente resonaban detrás, a una distancia demasiado corta—. ¡Dice que llames al Ipthanor!

Antes de pronunciar palabra Daniela pensó en grabar en su memoria el camino, de modo que al llamar al Ipthanor pudiera apagar la luz y seguir corriendo, tal como Bruno se lo advirtió en la carta. Por desgracia el sujeto estaba ya demasiado cerca. Soltó una patada cerca a los pies de Daniela, lo que la hizo caer.

—¡Ipthanor! —gritó Daniela desde el suelo y cerró los ojos.



Kim Pantaleón

Editado: 04.11.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar