Encuentro a destiempo

Prólogo.

 9 de julio, la avenida más transitada de Buenos Aires, las personas caminaban a paso ligero. Era sol de media mañana. El flaco, un muchacho alto pero no tanto, de cabello castaño oscuro medio desprolijo, y con una barba que llevaría fácil unos cuantos días sin afeitar, caminaba concentrado en una charla telefónica : 

— No voy a dejar de salir con mis amigos porque te rompa las pelotas. — soltó irritado, al mismo tiempo que se rascaba su sien despeinándose aún peor de que estaba. 

Parecía que la respuesta del otro lado tampoco había sido muy compasiva, tanto así que largo un “me tenés harto” y cortó la comunicación. 

Continuó su camino soltando uno que otro insulto. Iba tan metido en sus problemas que chocó contra una baldosa, y un nuevo insulto salió de su boca de manera automática. Una niña que iba de la mano de su mamá se rió al ver la escena, pero no pudo detener el paso que su madre le tironeó el brazo con el fin de que le siguiera el ritmo. Detrás de ellas se encontraba un gran ventanal de una de las cafeterías más conocidas de la capital federal de Buenos Aires. Oleo Café  anunciaba un gran cartel sobre la puerta de entrada. Era una de las más antiguas de la ciudad, y por alguna razón, nunca dejaba de estar de moda. En ese mismo instante dicha puerta fue atravesada por una chica de tez pálida, mejillas coloradas  y cabello oscuro, esta  reía y conversaba junto a una rubia, de ojos marrones, alta que iba tras ella. La flaca.

— ¡Pasó un taxi! — dijo alterada la primera.

— ¡Corré! — la alentó la flaca.

— ¿No venís? — le preguntó su amiga desorientada.

— No, tengo que arreglar algunas cosas. — le explicó sin dar mucho detalle dubitativa. La otra la miró sin entender, pero era tal el apuro que dejó sus dudas para otro momento.

— Después te llamo. — se despidió.

— Dale, Ori. — dijo la más alta — ¡Mándale saludos a las locas! — le gritó y siguió su camino hacia el lado contrario.

De repente el cielo se nubló,  y se escucharon algunos estruendos que provocaron el disgusto de la flaca.

— ¡No! ¡Lluvia no! — se quejó, tenía una cita importante, y estaba con el tiempo justo como para irse a cambiarse la ropa si terminaba bañada por agua. 

Sin más, las gotas de lluvia comenzaron a caer con fuerza, todo el gentío que caminaba por la cuadra, corrió por refugio, y los más afortunados abrieron sus paraguas.

— Permiso. — dijo la flaca, al chico del teléfono que se encontraba bajo un pequeño porche de un edificio.

Ella se colocó a su lado con el fin de no mojarse, aunque era bastante imposible, el espacio no era mucho. Casi sin razón, este pequeño encuentro con una desconocida había logrado cambiarle el mal humor al flaco. Este solo se limitó a sonreírle. La rubia detrás de ese pelo alborotado y sus ojeras por no dormir, era linda aunque atropellada como esta tormenta primaveral.

— ¡Justo hoy tenía que llover! ¡Mil cosas tengo que hacer! — exclamó la flaca y lo miró intentando comenzar una charla. Nunca podía permanecer mucho tiempo callada, y de tímida no tenía nada.

— A mí, por suerte, me tocó día libre. — le respondió triunfante.

— Que suerte. — murmuró con un dejo de ironía. — ¿Te corrés un poquito más? — le pidió, bah, le exigió. — Me estoy empapando.

Él se río por su tono impertinente para pedir algo a un extraño, al mismo tiempo que se corría, y comenzó a revisar la mochila que llevaba a la busca de algo. La flaca lo miraba expectante, pero no dijo nada, y volvió a concentrar su vista en la lluvia. Estaba impaciente, quería que parara ya.

— Si estás apurada te va a servir. — habló el flaco, mostrándole un paraguas negro. La flaca se giró desubicada.

— Lo tuviste todo este tiempo ¿Y no lo usaste? — le cuestionó casi indignada.

— Quería esperar a que pare. Estoy con tiempo. — le explicó, y le entregó el paraguas.

Ella lo tomó, y lo abrió al instante.

— ¿Vas conmigo? — le preguntó con un tono de obviedad.

— No. —  se negó, sorprendiéndola. — Te lo regalo, lo necesitas más que yo.

Ella se mordió el labio sin creérselo, el flaco era un tipo demasiado raro. O el paraguas era de un bazar “a todo por dos pesos”, o le sobraba la plata. De repente, volvió en sí al escucharlo decir “anda yendo que se te va a hacer tarde”.

— ¿Me estás echando? — se puso a la defensiva. Y sí, la flaca tenía mucho carácter. —  Además, es tu paraguas . — le aclaró.

— Pero te lo estoy regalando. — le repitió como si ella no lo hubiera entendido antes.

— No me puedo quedar con algo que no es mío. — sentenció sin dejarlo terminar la frase. En realidad sí podía, y ella no era exactamente le ética en persona, sin embargo, había algo que la hacía quedarse allí aunque sea para pelearlo.

— Si querés que te acompañe, no me voy a negar. — se agrandó el flaco, y ella enarcó sus cejas sorprendida por el arranque de este.

— Cierto que no tenés nada importante que hacer. — resolvió haciéndose la desentendida.

Él rió y agarró el paraguas. La flaca se puso bajo el mismo también.



AgosJulieta

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En el texto hay: amor, diferencias, desencuentro

Editado: 31.07.2020

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