Entre el amor y mil demonios 4 "Madame Batista"

"Madame Batista"

Madame Batista

 

Sin investigarlo luego supe que ese hombre que me había robado la paz estaba loco por el espiritismo. Me sorprendió saber de buena fuente que en derredor de una amplia mesa de madera se daban cita algunos amigos suyos y otros parientes para evocar a los espíritus de tías muertas; viejos amigos extintos; a uno que otro militar como Mariano Escobedo y claro, al pequeño Raúl Madero, muerto a los cuatro años y a quien Ignacio todavía recordaba en ese duro momento en el que agónico sufría las quemaduras del ardiente queroseno que finalmente le había robado la vida. Años después supe de su propia boca que el vibrar de aquella enorme mesa y las sombras deslizándose gatunamente sobre la superficie barnizada lo había hecho un hombre diferente. El contacto con entidades de un plano espiritual distinto lo habían llevado a considerar la vida desde otro punto de vista, la perspectiva del servicio desinteresado. Me habló del Baghavad Gita y aun cuando en ese momento no entendí mucho sobre esa extraña filosofía, lo que importaba era que a él lo había transformado en un hombre que siempre vivió tan cerca y a la vez tan lejos del mundo de los vivos, en otra dimensión donde los espíritus eran sus parientes más cercanos.

Lo que verdaderamente me impactaba del hombre refinado a su llegada a Cuatrociénegas, era el quién era ahora, dentro de sí, no el cómo vivía o qué tan progresista o excéntrica era su vida en aquella misteriosa casona victoriana en San Pedro de las Colonias donde luego supe vivía. Me preguntaba si ese hombre de mundo resistiría vivir en el semidesierto coahuilense, páramo donde los murmullos iban y venían entre las cimas de las altas sierras, deslizándose por sus faldas vírgenes hasta introducirse por las humildes casuchas de adobe y por las grandes mansiones extraviándose y reencontrándose luego con los otros susurros, los del río Nazas, los de los muertos.

Al bajar del vagón fue interceptado por algunos personajes emperifollados que deduje eran sus familiares. Su llegada causó tanta algarabía que hasta a mí, que contemplaba la escena en un súbito embobamiento junto a Ciriaca, me había llevado a un absurdo regocijo, como si ese arribo significara algo para mí.

Ahora entiendo a tu abuelo Chang Lung, nuestra vida es más espiritual que física. Es por ello que a lo largo de la vida nos encontramos con personas con quienes congeniamos de inmediato. Al presente deduzco con clarificada certeza que el sentimiento que empujaba a Ignacio para llevar a cabo aquellas sesiones espiritistas era un translúcido acto de amor. Lo que para muchos podría ser algo horroroso, para ese grupo de personas era como un servicio al prójimo consistente en saber el qué era lo que los traía por la tierra, si había algo que pudieran hacer por ellos. Era un auxilio mutuo. Ignacio siempre pensó en que forzosamente tendría que haber un intercambio de intereses indulgentes entre una dimensión y otra. Tanto los desincorporados necesitaban de nuestra ayuda para comunicarse con los suyos y expresar algún mensaje importante y de igual modo de nuestro lado para saber si tal o cual alma estaba bien o si algo necesitaba al vérsele penando como sucedía muy continuamente. Lo que se hacía en esa casa era enlazar entidades extraviadas en algún sitio de la expansión sideral, acarrearlas a un presente e indagar sobre esos asuntos que según Brisia, siempre terminaban como un eco atrapado entre aquellas gruesas paredes de la casa. Más de una vez confesó haber escuchado susurros junto a los establos que estaban cerca de la capillita de la virgen que los trabajadores utilizaban para rezar al finalizar el jornal. Si miedo no me faltaba, me exteriorizó Brisia al finalizar una de las misas de Semana Santa, pero entre tanto y tanto llegué a acostumbrarme a esas voces que me causaban tanta lástima… Nadie mejor que yo sabía que eran almas en pena, pobrecitas, condenadas a vivir por siempre entre aquellas gruesas paredes de la hacienda del patrón. Yo no conocí al Niño Raúl por fotografías, Amada, lo conocí frente a la noria que estaba junto al granero. Me hubieras visto. Temblaba como de frío mientras que mis pies parecían haberse clavado en el suelo. Nunca me atreví a preguntarle el por qué me había elegido a mí para su primer contacto con los vivos, pobrecito, estaba ahí sólo y triste, como si fuera una estatua de jardín. Su cuerpo no tenía ni una sola quemadura. Como que su paso al otro lado de la vida le había librado de esa horrible condición. Se veía tan delicado con su traje negro que igual se extraviaba por la oscuridad de la noche. Al cruzarse nuestras miradas ni uno ni otro intentó huir. Nos quedamos ahí por unos segundos que te juro, me parecieron horas. Luego desvió su mirada hacia donde estaba el pozo, señalándolo con su mano derecha. Un cálido vientecillo nos volaba los cabellos y cuando la lechuza enjaulada que la patrona tenía en el abedul comenzó con su canto, el niño lentamente se fue desvaneciendo hasta quedar como el delgado velo de humo en una extinta fogata. Le conté al patrón lo que había sucedido y de inmediato se hicieron presentes algunos hombres que jamás en mi vida había visto, bueno, a dos de ellos sí, porque eran los que siempre llegaban acompañando a la que le decían Madame Batista, médium amiga de la familia. A primera vista parecía una mujer rabiosa y malhumorada; sin embargo, al trato era dama de modales finos y que sabía despistar su obesidad con hermosos vestidos negros de una hechura exquisita. Acostumbraba usar zapatos altos, suntuosos peinados y un discreto maquillaje que la hacían verse muy bien. No sé, pero era una mujer de mucho porte y extraordinaria conversación. La patrona me había impedido acercarme a la sesión que por esa única vez se llevó acabo junto al pozo y justo cuando el reloj marcaba las diez de la noche, hora en la que se había hecho presente un día anterior. Finalmente Doña Mercedes, con quien siempre había llevado una buena relación me pidió que con mucha cautela nos acercáramos para que a una distancia lo suficientemente prudente contempláramos lo que iba a suceder. Al fin y al cabo es mi hijo y tengo derecho a verlo, me dijo la patrona con una voz lo bastante apesadumbrada. A varios metros de distancia y ocultas tras un sauce llorón nos dispusimos a aguardar la llegada del pequeño Raúl. Doña Mercedes no podía ocultar su nerviosismo que yo percibía al sentir temblar sus manos mientras me tomaba del hombro medio oculta tras de mí. Madame Batista permanecía de pie y con los ojos cerrados. Todos perseveraban tomados de las manos formando un círculo que rodeaba aquella pequeña noria de piedra tallada. La mediadora comenzó a hablar cosas que desde nuestro lugar nos era casi imposible escuchar. Todos aguardaban en una actitud solemne y sin un ápice de miedo. De pronto, y sin esperarlo nadie, Madame Batista cayó al suelo como fulminada por un rayo. Charles Cameron, que se encontraba a su derecha alcanzó a tomarla del brazo recostándola cuidadosamente sobre la hojarasca. Casi inmediatamente una especie de niebla comenzó a rodear a los presentes que poco a poco comenzaron a desaparecer de nuestra mirada. Cuando la neblina comenzó a disolverse vimos claramente la aparición de ese muchachito vestido de pantaloncillo corto, saco negro y un sombrerito estilo español, justamente la misma ropa que, según la patrona, traía al momento de su muerte. No me pareció extraño escuchar un sollozo tras de mí. Era lógico, una madre siempre va a llorar por sus hijos. Me limité a sobarle su tibia mano que seguía sobre mi hombro.  Extrañamente el chico exigía se sacara de la noria una pequeña caja de plata cuyo contenido se mantuvo en secreto por algunos días. Si por un largo tiempo doña Mercedes había desconfiado de Batista Campoamor como una verdadera contacto con entes del más allá, a partir de esa increíble experiencia la médium tuvo tres veces por semana una taza de té y una agasajada bienvenida en casa de los Madero. Jugaban cartas y dominó por horas y poco a poco doña Mercedes se contagió de esa pasión que siempre había considerado como asunto oscuro. Ni la señora Batista ni el resto del grupo revelaron lo que el pequeño Raúl dijo esa madrugada; sin embargo, muchos años después, Ignacio mismo me contó que esa caja de plata florentina contenía una medalla de oro y un guardapelo de finísima hechura francesa. En vida el Niño Raúl las había tomado de encima del piano alemán que recién habían traído de Monterrey. El despido de tres de los empleados de la hacienda y el miedo a revelar que había sido sólo un juego inocente, empujó al chico a depositar el joyero con todo y alhajas en el pozo. Su insistencia por comunicarse con su hermano por medio de Madame Batista no sólo era ese detalle que parecía no dejarlo descansar en paz; había algo más y ese resto resultó ser un mensaje trascendental y de lo mínimo que Ignacio le reveló a su madre, fue que el travieso Raúl nunca desampararía a su hermano. Siempre estaría junto a él hasta en los momentos más dificultosos.




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