Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 7: Volátil

In your eyes - The Weeknd

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«¿Qué fue eso?»

Media hora después, cuando regresa otra vez a la oficina después de su exabrupto, empezamos a trabajar prácticamente sin hablar. Y para este momento ya me he acostumbrado a recibir sus lacónicas respuestas: monosílabas en su mayoría o una frase de no más de cuatro palabras cuando necesito una explicación más larga y clara. Su actitud me desconcierta, es decir, él puede ser todo menos un hombre callado. David siempre tiene algo que decir, ya sean palabras venenosas o inteligentes y, a últimas fechas, amables.

Pero, ¿quién soy yo para obligarlo a hablar?

Me limito a hacer lo mismo, a solo hablarle cuando es necesario; pero llega un punto en que, dada su desfachatez y actitud distante, me digo que no necesito que me ayude, que puedo sola. Lo cual es cierto, yo no lo necesito. A pesar de que estamos corriendo contra reloj, estoy sometida bajo presión y es mucho más fácil cometer errores, dejo que me gane el orgullo y la dignidad.

En medio de la tarde, Carlos aparece otra vez y me trae unos papeles para que los firme. Estoy en ello cuando David murmura algo que no logro escuchar y sale de mi oficina, dejando una sensación de incomodidad que repta por mi espalda. No obstante, y aunque en un principio creo que ha ido al baño, dado que estamos hasta el cuello con tanto trabajo y dudo que se haya ido así como si nada. ¿Adivinen qué sucede? Pues eso: el tiempo pasa y de David ni sus luces.

Abro la boca con asombro e indignación, al comprobar que ya pasaron cuarenta y cinco minutos desde que se fue quién sabe a dónde. Cierro los ojos un par de segundos y tomo una inhalación profunda. «No dejaré que esto arruine mi trabajo. No dejaré que David arruine mi trabajo», me repito como un mantra y entonces me obligo a trabajar por encima del enojo que me empaña.

Estoy en un punto que no sé qué más hacer, no sé qué le falta a la botella y, por más que me he estado dando de azotes para pensar en algo creativo, no se me ocurre nada. ¡Y solo quedan cuarenta minutos para la reunión con Martín! Suelto un suspiro y llevo el pulgar e índice a mi nariz. Sigo luchando con el programa de diseño, porque lo que llevo está horrible, o bueno no tanto así, pero le falta algo, ¡y no sé qué es!

Cuando ya solo faltan veinte minutos, el bonito rostro de David aparece en mi campo de visión ¡Trae café!, el muy energúmeno, ha creído que fue un buen momento para ir por café, él cree que yo tengo ganas de beber un café. ¡No puedo creerlo!

Suelto un bufido y masajeo mis sienes, el estrés se ha apoderado de mis hombros y mi cuello me riñe al mismo tiempo. Siento exactamente el momento en que él entra a la oficina y, al mismo tiempo, percibo las ganas que tengo de golpearlo o, en su defecto, mandarlo al infierno de donde salió.

—Te traje un latte —dice, dejando el vaso frente a mí y tomando asiento. Yo ni siquiera me molesto en responder y sigo moviendo el mouse en la pantalla—. ¿No está hecho aún? —Y esto es lo último que me faltaba.

«¡No está hecho aún!»

«¿En serio va está preguntando eso?»

«¡No está hecho aún!, ¿acaso no le funcionan los ojos o qué?»

Suelto una inspiración, misma que revela lo estresada que me encuentro.

—Lo estaría si me ayudaras —espeto, enfurruñando la nariz.

Él me mira con ojos abiertos y un poco de asombro, pero se recompone rápido, por lo cual aguardo a que me refute con una palabra mordaz. Sin embargo, y para mi sorpresa, se levanta de su silla y se pasa junto con ella hasta mi lado. Me dedica una mirada introspectiva y aproxima su mano a la mía, a la que sostiene el mouse. Comprendo que me está pidiendo permiso para ahora comenzar a llevar el mando él. Suelto un suspiro y me cruzo de brazos, entonces él comienza a añadir, quitar, cambiar tonos, formas. Y aunque me limito a solo observar, la tranquilidad comienza a embargarme al ver lo que está haciendo.

El muy desgraciado en todo un experto.

Cuando solo nos quedan diez minutos, me percato de que su torso está inclinado y se pega al borde del escritorio, pasa casi por encima de mí, digo casi, porque mi espalda está pegada al respaldar y hay todavía un ínfimo espacio. Ignoro la sensación de calor y su aroma pululando en el pequeño espacio que nos separa.

—¿Qué dices si agregamos un par de racimos de uvas en el cuello de la botella o en el borde inferior? —pregunta y yo me yergo, lo cual nos acerca más, no obstante, son mayores mis nervios por Martín que los que David me provoca, o eso creo hasta que...



Therinne

Editado: 30.10.2020

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