Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 8: Insinuaciones

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Ready - Alessia Cara

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Estamos a un par de días del viaje hacia Ensenada, Baja California, México. Y para mejorar todo, este día David me avisó, porque solo me envió un mail por la mañana, de que vendría tarde. Entonces, y con la carga de trabajo que tengo, más lo preparativos para dicho viaje, no he tenido cabeza para pensar en más nada. No obstante, cuando veo que ya es la hora del almuerzo, me decanto por quedarme en mi oficina a adelantar el trabajo y ya luego, cuando tenga tiempo, bajar a comer o a comprar algo.

«Si David estuviera aquí, ya hubiese mandado a pedir algo para comer», este pensamiento surca mi mente y me incrusta pesar en el pecho. Sacudo la cabeza y me obligo a seguir trabajando, al mismo tiempo que me repito que él no siempre estará trabajando conmigo y que debo aprender a desempeñar mi cargo por mí misma.

Cuando ha pasado alrededor de treinta minutos, Carlos aparece en mi oficina y consigo trae comida para él y para mí, además de unas cuantas hojas de vida que debo revisar. Le sonrío con agradecimiento y de nueva cuenta llega a mi cabeza la imagen de mi asistente y pesadilla personal. Un sentimiento agridulce se hace presente y me esfuerzo por esfumarlo para prestarle atención a Carlos.

—Entonces eres hija única —pregunta con interés, sus labios se han ladeado en una sonrisa mientras mastica sus alimentos. No puedo evitar ver las arrugas torno a sus bonitos y amigables ojos cafés, todo él me proyecta serenidad y confianza—. La consentida —afirma con diversión, eso me hace soltar una risita. Sacudo la cabeza y bebo de mi té de Jamaica antes de responder.

—Sí, de hecho, fui muy consentida por mi papá, pero eso no evitó que me corrigieran muchas veces —aclaro, señalándolo con mi dedo índice, pues ha soltado una risita. Carlos ladea la cabeza y me mira con atención, entonces me digo que quizá pueda contarle un poco de mí—. Pero se debió a que mis padres no podían tener hijos y alegan a que el día que llegué a sus vidas ha sido prácticamente por un milagro. Por eso me sobreprotegieron bastante, además que solía enfermarse muy seguido, pero descuida, ya estoy bien. —Me limito a decir.

Mi nuevo amigo asiente un par de veces, más no inquiere sobre lo que padecí de pequeña. Y por esto es que me agrada conversar con él: no es intrusivo y es fácil poder hablar de cualquier cosa, sin tener que preocuparme de lo que tengo o no que decir.

—Los comprendo muy bien, porque tener un hijo es un regalo de la vida y sí, es como un milagro —asegura, sonríe completamente. Su comentario me genera un poco de ternura y siento el de rubor en mis mejillas. Sin embargo, para empeorar mi sonrojo, añade—: Tú eres como un milagro en mi vida, Irania. Antes de ti todo este lugar era muy sombrío y aburrido —dice, con complicidad, restándole la importancia al principio de su oración.

Pero no puedo evitar repetir en mi cabeza que él me ha dicho que soy como un milagro. Y yo no puedo hacer otra cosa que reír con normalidad, aunque por dentro mis alertas han comenzado a alterarse.

—Qué malo eres, tampoco es que yo sea la persona más interesante o divertida del mundo, creo que estás exagerando... —Y como sé que está por contradecirme, añado—: Pero gracias, me lo tomaré como un halago. —Sonrió y elevo un poco mi mentón, Carlos me devuelve el gesto y hay un brillo especial en sus ojos, que no quiero descifrar.

—¿Y vives con ellos? —Sacudo la cabeza y agacho la mirada por un segundo.

—Solo con mi papá, mi madre falleció cuando yo tenía como nueve años. —Su rostro toma un rictus de vergüenza.

—Yo, lo siento...

—Descuida, tú sólo hiciste una pregunta, además no tenías manera de saberlo. —Le dedico una sonrisa condescendiente.

Pero cuando nos estamos sonriendo con candidez y ladeo mi cabeza, reparo en la presencia de David en el marco de la puerta como un espectro, inevitablemente me saca un respingo. Le dedico una mirada acusadora, porque algo me dice que ya lleva un rato en ese lugar. Y aunque no me importa mucho lo que él piensa; no me gusta la forma en la que me está viendo. La palabra malentendido brilla en sus pozos verdes.

Y lo confirmo cuando sus ojos se encuentran con los míos, él eleva una de sus cejas, sonríe ladino y la expresión de su rostro me deja en claro que está pensando que entre el jefe de recursos humanos y yo hay un flirteo. Se le nota la malicia y la incredulidad en sus ojos verdes, pero además reparo en lo tenso de su quijada y hombros. Okay, ¿qué le pasa?



Therinne

Editado: 30.10.2020

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