Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 12: Seductor

*

Alberto nos ofrece su despacho y nos guía hasta el mismo, que está al fondo de un pasillo. «Aquí nadie los molestará», dice él y no sé si agradecerle o qué. Todos entramos, pero no pasa mucho tiempo cuando el señor de la casa sale y cierra la puerta tras él. Dejándome en compañía de quien, hasta este momento me atrevo a admitir, no solo me altera, sino también... embelesa.

Me siento en un sillón de tres plazas de una mini sala que hay en el despacho, enciendo mi computadora y seguido abro una hoja de Word. Pero cuando me dispongo a trabajar, la presencia de David comienza a alterarme más de lo que creí posible. Le echo un vistazo por el rabillo del ojo y, es cuando, me doy cuenta de que me gusta observarlo.

Cierro los ojos por un par de segundos, el pesar se ha instalado en mi estómago; mas el sentimiento de terror que le sigue al hallazgo, me hela la sangre. «No puede ser posible», me digo a mí misma, «¿qué no puede ser posible, que te sientas atraída por David?», inquiere la voz en mi mente y yo no puedo evitar sentirme apabullada con lo que acabo de descubrir.

Pero me niego a aceptarlo.

Porque entonces significaría que otra vez vuelvo a caer en los errores del pasado. Que otra vez me estoy interesando por quién no debo, por quién solo representa problemas y dolor. Y yo me juré a mí misma que ya no volvería a caer en un abismo similar.

Pestañeo un par de veces, pues escucho la voz de David abriéndose paso entre mi retahíla de pensamientos. Sé que me ha preguntado algo, pero no reacciono hasta que percibo que se está levantando del silloncito en donde está, con el propósito latente de sentarse conmigo. «¡No puedo dejar que se acerque!», grito para mis adentros y elevo la cara rápido para encontrarlo a medio camino.

—Disculpa, ¿qué fue lo que dijiste? —cuestiono con las mejillas arreboladas y con el pulso acelerado.

Mi compañero ladea la cabeza y entorna los ojos, esta estudiándome y eso enciende mis alertas. Decido, como defensa propia, erguirme en mi lugar y mirarlo con indiferencia.

—Que si comenzamos a planear la sesión de fotos de mañana —dice y regresa a su asiento, sin dejar de inspeccionarme con la mirada.

Muevo mi cabeza de arriba abajo, no confiando en mi voz y miro la página en blanco que hay en mi ordenador, y así tal cual tengo la mente.

—Está bien, ¿qué sugieres? —Como no se me ocurre nada, decido cederle el control de esta reunión y qué bien que lo hago porque él comienza a decirme todas las ideas que tiene y cómo se imagina las fotos.

Mientras él habla, yo anoto todas las ideas que me da y, de vez en cuando, solo sugiero cambios. De esta forma se nos va una hora y para entonces ya tenemos planificada toda la sesión de fotos: en las barricas donde se preserva y añeja el vino, la planta de producción y el viñedo en sí.

Sin embargo, como una forma de no dar lugar a conversaciones peligrosas: me pongo a hacer unos bocetos en Photoshop de cómo serían las imágenes, mientras David termina de escribir un correo de confirmación a la agencia de fotógrafos que vendrá mañana. Y pasados unos minutos; cuando parece que él ya terminó su trabajo, deja el portátil sobre una mesa para el café, cierra los ojos y pasa una de sus manos por su nuca y hombro izquierdo, se le ve tenso y agotado.

Pero para mi sorpresa, yo no puedo evitar verlo más apuesto que nunca: se ha desfajado la camisa, lleva los primeros botones fuera de su ojal y se atisba un rastro de vello oscuro, además tiene el cabello desordenado. No hay ni una señal de su típica fachada de hombre narcisista e inalcanzable que siempre suele llevar consigo.

Regreso mi atención a la pantalla y muevo los dedos, recordando qué era lo que estaba escribiendo antes de caer introspectiva en los encantos de David, en su canto de demonio seductor.

—¿Qué estás haciendo? —inquiere él de pronto, se ha acomodado al filo del asiento y tiene la cabeza ladeada, sus ojos aceituna han adoptado un brillo y apariencia adormilada. ¡Santo cielo!, se ve tan atractivo. Abro y cierro la boca un par de veces como un pez fuera del agua.

—No hago nada en realidad, solo unos bocetos de las fotos de mañana en...

—Déjame ver —dice, poniéndose de pie y en un par de zancadas se acomoda a mi lado.

De inmediato mi sistema se altera; mi pulso se acelera, el agujero en mi estómago se acrecienta y las manos me comienzan a transpirar. ¡Esto no me puede estar pasando! Tomo una inspiración, creyendo que eso me ayudará a controlar mis nervios, empero, pasa todo lo contrario. El olor de David se cola en mis fosas nasales, encandila mis sentidos y los adormece.

»—Es una gran idea, Irania. Ahora tengo las ideas más claras. Sin duda que eres muy buena en lo que haces, jefa —bromea, dándome un leve empujón en la pierna con la suya. Pero...

¡Él ya no la remueve! Ha dejado su extremidad junto a la mía y pronto comienzo a percibir su calor.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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