Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 22: La llave

War of hearts - Ruelle

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Al día siguiente, viernes, y a media mañana, le dan el alta a mi papá        

Al día siguiente, viernes, y a media mañana, le dan el alta a mi papá. Se ve muy recompuesto y muy feliz de por fin salir del hospital. El doctor que lo operó, y que es muy amigo suyo, lo lleva en la silla de ruedas hasta las afueras, en donde nos espera un taxi. Entretanto voy leyendo las indicaciones que nos ha dado el médico de cabecera: una dieta rigurosa para un periodo de quince días, en donde Teodoro debe procurar recuperarse de la intervención quirúrgica.

Durante todo el trayecto hago un gran esfuerzo para mantenerme estoica, por conservar la normalidad de nuestra relación. Pero, por más que lo intento, no dejo de sentir que me pica la lengua por soltar una serie de preguntas o por confesarle que ya lo sé todo, bueno casi nada. Él me pregunta cómo me lo pasé estos días, si fui a trabajar, y tras decirle de mi licencia, me pide disculpas por todo lo que me ha hecho pasar, hecho que... me deja mucho en qué pensar. Mis siguientes respuestas son lacónicas, tan secas, que temo que mi papá se dé cuenta de que me sucede algo. Cierro los ojos y tomo una larga inspiración. «No puedo preocuparlo, no puedo alterarlo», me repito muchas veces.

—Lamento mucho el susto que te saqué, hija —dice de nuevo, por lo que me obligo a verlo—. Sé que ha sido muy difícil para ti, créeme que lo... —Sacudo la cabeza y aferro una de sus arrugadas y blanquecinas manos.

Percibo la dureza de sus palmas, esas que han trabajado tan duro desde que tengo memoria. Miro sus ojos, cansados y perspicaces, que siempre me dedicaron miradas llenas de amor, a la fecha no es diferente. Veo su boca y las arrugas torno a ella, y agradezco tenerlo en mi vida. A pesar de que su engaño roe mi tranquilidad, no quiero causarle mal alguno.

—Pero ya estás bien, es lo único que importa ahora... —murmuro.

Un nudo se forma en el inicio de mi garganta y percibo los ojos a punto de anegarse. Degluto saliva, pero no ayuda, en nada, a que mi voz suene fuerte. Por eso agradezco mucho el poder tener como excusa este tema de conversación: para mostrarme débil.

—Por supuesto que sí, mi niña —dice y me llama para que lo abrace. Lo hago, porque aunque no sé quién soy, él es lo único real, y del cual quiero aferrarme—. Yo no voy a dejarte, me niego a hacerlo.

Un par de lágrimas resbalan por mis mejillas, en ellas hay dolor, incertidumbre y también un gran sentido de agradecimiento y lealtad. Y aunque Teodoro no se imagina que ya sé una parte de la verdad, me digo a mí misma que es lo mejor: porque su corazón no resistiría el golpe de ver su secreto —y mentira—, derrumbándose.

Aunque el peligro esté ahí, latente.

En su habitación lo ayudo a acomodarse sobre la cama, prendo el ventilador y corro las cortinas. Me da las gracias y veo como sus parpados aletean, luchando por mantenerse despierto. Pero cuando sé que ya está quedándose dormido, doy media vuelta y veo de frente al ropero. Me acerco, siendo víctima de la necesidad de respuestas. Poso una mano en unas de las manecillas, pero antes de intentar abrir —lo cual sé que es imposible—, le echo un vistazo a mi papá por el espejo de tocador que cuelga del armario, está profundamente dormido.

Doy media vuelta y miro en derredor, luego salgo de su habitación, pues la sensación de estar enclaustrada me asecha.

🍇

Es lunes y ahora regreso a trabajar. Me he levantado a las tres y media de la mañana para poder alistarme para el trabajo y dejar algo preparado para el desayuno de mi papá —que antes hacía él—, yo comeré algo en el trabajo. Me digo que, de seguir así, tendré que conseguirme un auto pues no lograré cubrir con todo y tener la facilidad de moverme cuando sea imperioso.

Cuando tengo todo necesario, salgo de la cocina y subo a la habitación de mi papá. Está profundamente dormido, lo cual no me sorprende pues es el efecto de uno de los medicamentos. Me decido por prender una lámpara de mesa y escribir una nota en donde le explico que el desayuno ya está hecho y que una nuestras vecinas —la señora Gomez, que es una enfermera jubilada—, estará viniendo a echarle vistazos de vez en cuando. Hago la nota mental de conseguir alguien de piso para que pase todo el rato con papá, solo así podré trabajar con mayor tranquilidad de saberlo acompañado.

Beso su frente y acomodo su sábana; me yergo y me encamino al armario, mis dedos pican y la sed por respuestas me tiene en un vilo desesperante. Suelto un suspiro y otra vez trato de abrir, claramente no puedo. Sacudo la cabeza y desacomodo mi cabello, me veo en el espejo, peino mi flequillo y, en un punto cualquiera que refleja el espejo, la luz de la lámpara irradia en un objeto que llama mi atención. Elevo los ojos y, es cuando veo, que justo detrás de la puerta hay un marco para colgar llaves y ahí está la del armario.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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