Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 25: Inquietudes

Past life - Trevor Daniel ft (mi poderosísima) Selena Gomez

Past life - Trevor Daniel ft (mi poderosísima) Selena Gomez

Salgo de la empresa con el corazón y la respiración agitados, más un centenar de sensaciones que se despliegan por todo mi ser: manos sudorosas, vientre cosquilleante y una endeble sonrisa        

Salgo de la empresa con el corazón y la respiración agitados, más un centenar de sensaciones que se despliegan por todo mi ser: manos sudorosas, vientre cosquilleante y una endeble sonrisa. David está donde me dijo; y cuando estoy frente a la puerta del conductor, él la abre desde el interior. Y tras subirme, emprende camino y solo pasan unos cuantos minutos cuando él me pregunta cómo me fue en la reunión, a lo cual me hallo en la facilidad de poder responder, pues al final me fue bien...

Aunque el nombre Keyla Santillana sigue resonando en mi cabeza, como un auspicio desfavorable.

Él me sonríe y comenta que jamás dudó de que así sería. Y yo trato de dejarme llevar, no obstante, los sentimientos de incomodidad e inseguridad siguen ahí, peleando contra la atracción que siento. Y es que, si presumo ser una persona cauta y determinada, cuando no ejerzo ningún cuidado: soy un desastre. Y este día presiento que será uno de esos que son una calamidad.

Estamos en pleno tráfico a la salida de San Salvador, cuando comienza a llover. El cielo se ha vuelto un nubarrón y, en consecuencia, David me pide que saque un par de anteojos de la guantera. Lo veo ponérselos, y no puedo dejar de observarlo. Se ve tan distinto y familiar a la vez, sin embargo, esa sensación de familiaridad me parece extraña, demasiado.

—¿Por qué me ves así? —inquiere con diversión. Esbozo una sonrisa y sacudo la cabeza, «solo relájate Irania», me exijo.

«Le preguntarás y luego tomarás una decisión. Solo... solo ten paciencia».

—Es extraño verte así, no sueles usarlo —apunto. David sonríe y eso provoca que las esquinas de sus ojos se achinen. El corazón me pega un vuelco.

—No los uso porque no me gusta usarlos, tómalo como una frivolidad, pero no están en sintonía con mi estilo. —Y eso me hace reír, me ayuda a relajarme.

—¿Y cuál es tu estilo? —inquiero, él se encoge de hombros y sopesa su respuesta por unos segundos.

—Buena pregunta, porque a decir verdad, ya no estoy seguro de muchas cosas... —Eso llama mi atención y me obligo a preguntarle a qué se refiere, por lo que añade—: No lo sé, hasta antes de conocerte creí que mi vida era la empresa, pero al trabajar contigo me di cuenta de que me falta esa pasión de la que tú posees. Otra de las cosas que me di cuenta hace no mucho fue que, a pesar de que siempre creí tener un tipo de mujer, nuevamente, cuando te conocí me di cuenta de que no es así. Porque mi tipo de mujer eras tú, siempre ha sido así. Por eso quiero creer que nunca había sentido ningún apego antes, claro, luego de lo que es obvio.

—¿Qué cosa? —inquiero.

Y su respuesta es brutalmente honesta.

—Por el abandono de mis padres. —Hace una mueca con sus labios—. Sé que eso es uno de los motivos para mi comportamiento...

Y de inmediato a mi cabeza vienen un aluvión de ideas y muchas de mis dudas con respecto a él, se aclaran. Pero de golpe me viene un recuerdo... aquel extraño sueño: «Nunca he sido lo suficiente para que alguien se quede». Fue él, aquella noche. Cielos.

Definitivamente, somos tan parecidos.

Lo observo con atención y me veo tentada en preguntarle qué fue lo que me dijo aquella noche —y que por estar borracha no presté cuidado—, pero la vergüenza que me supone inquirirle, me detiene. Me digo que, si lo de nosotros trasciende, buscaré la oportunidad para saber todo de él.

—¿Me aceptarías una recomendación de un lugar a donde podemos ir a cenar? —inquiero, cambiando el tema y sé que ha sido lo mejor, por la sonrisa que me dedica. Pero niega y yo frunzo el ceño.

—Me tomé el atrevimiento de planear esta cena, ¿te parece si lo dejamos para la próxima? —Y yo me hallo sin palabras, por lo que solo atino a sonreír y acepto.

Llegamos a Santa Ana cuando son casi las seis de la tarde. Me lleva a un restaurante que hay en la entrada a la ciudad, cerca del centro comercial al donde fuimos hace unos días. Lo cual me hace recordar que aún tengo su pañuelo. Pienso en entregárselo mañana, ¿pero y si no llega a trabajar? Lo miro de soslayo y me digo que debo preguntarle.

Me aclaro la garganta, David está maniobrando el volante para estacionarse.

—¿Llegarás a trabajar mañana? —indago, aunque si soy sincera, la excusa del pañuelo es perfecta para averiguar si lo veré al siguiente día. Él me mira de reojo y esboza una sonrisa coqueta.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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