Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 2: Despotismo

There You are - Zayn Malik 

There You are - Zayn Malik

El señor Baldocchi, mediante un ademán galante, me pide que tome asiento, en todo esto, su secretaria está poniendo el CD en la ranura de la computadora del magnate        

El señor Baldocchi, mediante un ademán galante, me pide que tome asiento, en todo esto, su secretaria está poniendo el CD en la ranura de la computadora del magnate. Tomo una inspiración silenciosa y me ánimo a echar un vistazo a David, quien se ha parado junto a la ventana y ha comenzado a aflojarse la corbata, esta rojo y su frente se ha perlado debido al sudor.

La cinta comienza a reproducirse desde muy temprano; se ve que entra el conserje y otros trabajadores que llegan muy de mañana: como yo. Sin embargo, Martín Baldocchi le pide a su asistente que adelante el vídeo a la hora que, se supone, acababa de terminar la junta y que se dio el suceso. Cuando llegan a ese momento del video, le pide que lo pause.

—Ya fue suficiente, papá. Para todo esto —espeta David, pero se escucha más como una súplica. Empero, el aludido, ignorando el pedido deja que el vídeo siga corriendo hasta el momento en que se le ve a David abordar el elevador—. Papá, por favor, no es necesario, yo... —Martín lo calla de tajo y lo ignora, de inmediato el rostro de su hijo palidece y yo me reprimo de seguir observando a David, se le ve frustrado y, me atrevería a decir, hasta humillado.

—Muchas gracias, Irene, puedes regresar a tu lugar de trabajo... —dicho esto, la secretaria se va. Disimulo una mueca, ya que el ambiente se ha tornado denso y el semblante de Martín es severo, en contraste al rostro suplicante y beligerante de su hijo. Y entiendo cómo, este último, se ha de sentir, no obstante, y aunque me gustaría decir que no me importa que descubran quién es él o la que miente, sé que esto es lo justo.

«A David no le hubiera importado que te echaran, él hubiese mantenido su mentira a costa de tu cabeza», murmura la voz en mi consciencia, lo cual me infunde un poco más de coraje y mantiene al margen mi sentido empático.

Por fin dejan correr el vídeo sin interrupciones y se ve cuando: entré al cuarto metálico y la charla que mantuve con él. Se ve, con total claridad, como todo lo que les he narrado es cierto. Y para este instante, la habitación se ha llenado de un silencio sepulcral, se siente el miedo y la incertidumbre flotando en el aire. Miedo por parte de David e incertidumbre por parte mía y de los demás.

—Muy bien —dice Martín, luego de unos segundos. Voltea la pantalla de su computadora y pasa una de sus manos por su rostro, en el cual se le ha marcado una arruga justo en la frente. Suelta un gruñido casi imperceptible y luego enfrenta a su hijo—. ¿Alguien me puede decir lo que cita las políticas de la empresa con respecto al acoso sexual? —Nos mira a todos, aguardando por alguien que tenga el valor de decir lo que ha pedido, pero como ninguno de los presentes tenemos el deseo de fungir como verdugos, mucho menos yo, él añade—: "El acoso sexual en el área de trabajo será sancionado con tres meses sin goce de salario o despido definitivo, según sea la magnitud del agravio..." —dice y a su hijo se le han pintado de muchos colores el rostro, como anticipando lo que su padre está por decirle.

—Señor, quizá podríamos llegar a un arreglo con la señorita Irania —interrumpe uno de los presentes: el gerente financiero—. Así no se llega a medidas tan extremas...

—¿Extremas? —inquiero en voz alta, ya que no entiendo cómo un acto tan asqueroso no puede ameritar medidas de sus mismas proporciones. Es decir, hasta una hora atrás, yo no tenía nada en contra de David, ahora deseo que se nos trate con justicia. Y estoy a punto de reclamar cuando David me quita la palabra. Me muerdo la lengua.

—Sí, yo estoy dispuesto en llegar a un acuerdo. Sé muy bien que no lo merezco, pero señorita Irania, le ofrezco mis más sinceras disculpas —me dedica una mirada de arrepentimiento fingido, la cual me llena de indignación. Me enderezo en mi lugar y frunzo el ceño, mis mejillas se están enrojeciendo, lo sé, pues estoy sulfurándome—. Y le prometo que jamás volverá a suceder algo parecido. Solo hagamos cuento omiso de todo este embrollo —concluye, me mira por debajo de sus rubias pestañas, las arrugas de sus comisuras amenazan con aparecer, ya que una sonrisa maliciosa baila en sus labios.

Me encajo las uñas en las palmas, «¿qué demonios hago?» Todos los presentes me están observando, todos ellos aceptan la propuesta del señor de finanzas —el cual se está sumando a mi lista negra—, y la falsa disculpa de David, porque solo quieren quedar bien con Martín. Sin embargo, yo discrepo en desear quedar bien ante un jurado que está consintiendo los actos de un abusivo.

Bajo el rostro y sacudo la cabeza en una negativa. Todo mi cuerpo se ha encrespado, mis ideales y principios gritan furiosos que no permita que me hagan tal cosa. Cierro los ojos una fracción de segundo y luego encaro al señor Baldocchi.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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