Eureka / Un verano para Encontrarte

P R Ó L O G O

—Pasarás el verano con tu tía, sales mañana a primera hora —escucho decir a mi padre con una tranquilidad desconcertante, como si aquello fuera lo más normal de este mundo.

—¡¿Qué?!  —El celular se me resbala de las manos cuando me pongo de pie, justo antes de darle «enviar» al mensaje que confirmaría mi asistencia en la fiesta de esta noche.

Pero no me importa, necesito comprobar que en efecto, esas palabras salieron de su boca. 

—Lo que oíste, ¿o necesitas que te lo escriba en la pizarra? —inquiere con ese tonito satírico que siempre utiliza conmigo, cruzando los brazos.

Niego con la cabeza, incapaz de darle crédito.

Porque vamos, me está hablando de volver a ese pueblo, al pueblo donde pasamos tantísimos veranos a lo largo de mi infancia y el cual, sin explicación aparente, dejamos de visitar una década atrás.

«Qué mierda... ¿Por qué?»                                                                       

Quiero preguntarle. Y como si leyera mi mente...

—No preguntes por qué, solo sube y haz la maleta —me ordena con un movimiento de mano que me hace apretar la mandíbula con fuerza.

—Este es el momento en el que debo echarme a reír, ¿no es así? —inquiero esperanzado con la idea de que todo esto solo sea una broma de mal gusto.

Pero…

—No me ves riendo, ¿verdad?

Y ahí está él, acabando con las ilusiones que me quedaban.

—No puedes hacerme esto, joder, sabes que tengo planes para el verano.

—¿Cuáles planes, Oliver? ¡No haces más que poner en riesgo tu vida con esas malditas carreras y desperdiciar mi dinero jugando al póker en la suite presidencial del maldito Hilton!

—¡Eso no es lo único que hago!

—¡Claro! Se me olvidaba agregar la parte en la que te follas a la hija de mi mejor amigo y amaneces tirado en medio de su jardín con una resaca de los mil demonios.

—¡Eso fue solo una vez! —me defiendo—. Además…

—¡Ya basta! Te irás al pueblo, y punto. Te aseguro que te encontraras a ti mismo, lejos de aquí y de la mundana vida que llevas. Me lo agradecerás —pronuncia haciendo alarde de esa faceta politiquera con la que me pretende embaucar.

—¡Encontrarme una mierda! ¡¿Qué de bueno puedo encontrar en ese jodido pueblo baldío?! —Elevo la voz al mismo ritmo que lo hace la sangre que se me sube a la cabeza.

—¡Cuida tu tono! —me advierte entre diente.

Y estoy seguro que si este hombre no fuera mi padre ya tendría uno de mis puños estampado en el rostro.

—No me jodas, papá. —Suelto una amarga carcajada—. ¡Fuiste tú el que se encargó de apartarnos de ese lugar! Y ahora me dices que debo pasarme el verano allí como si nada. ¿A qué estás jugando ahora? ¿Esta es otra estrategia política? ¿Algo para que la prensa deje de hablar mierdas de ti? ¿Necesitas que organice una puta gala benéfica para que me dejes quedar? Porque lo haré. Te lo juro. ¡Solo dime!

En este punto ya estoy dando vuelvas como un desquiciado alrededor de la estancia, sin entender a qué viene ahora esa estúpida idea que se le metió en la cabeza.

—Deja de quejarte, Oliver. No hay discusión, la decisión está tomada. Créeme, es por tu bien. —Y con una expresión imperturbable me advierte que nada este mundo va a hacerlo cambiar de opinión.

Aún cuando yo sigo insistiendo que…

—Esto tiene que ser una jodida broma. —Me río para no echarme a llorar como un puto crío—. ¿Te acuerdas al menos que soy mayor de edad?

—Mi casa, mis reglas —zanja—. Y ya no tengo tiempo para tus niñerías. Vete a hacer la maleta y no se hable más. —Se da media vuelta para largarse, pero se detiene cuando escucha de nuevo mi voz.

—¡No! No vas a obligarme esta vez. No me voy a ninguna parte. —Él se vuelve hacia mí con una lentitud que, lo admito, me da un poco de miedo.

—Muy bien —acepta con aire despreocupado—. Quédate. Pero mañana, cuando tus cuentas amanezcan congeladas y tus tarjetas de crédito canceladas, no me vengas a llorar. —Después de eso se vuelve a girar, y esta vez no me atrevo a detenerlo.

Lo siguiente que escucho es el portazo que da al entrar en su despacho, seguido del sonido sordo que emite mi puño estrellandose contra la pared.

«¡Mierda! Duele»

Pero no más que pensarme a mí mismo de vuelta en ese pequeño pueblo durante las ocho jodidas semanas que restan del verano.

Un verano que debería disfrutar aquí, en Miami, en mi mundo, con mis amigos. Donde las fiestas, el alcohol, las apuestas y, sobre todo, las chicas, están a la orden del día.

Un verano que ahora, sin lugar a dudas se convertirá en la mayor de las torturas por la que Richard Jackson puede hacerme pasar.

«¿Encontrarme a mí mismo? ¡¿Qué clase de basura psicológica es esa?!»

Lo único que querré encontrar cuando me encuentre en ese lugar será el camino de regreso a casa.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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