Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 6. «¿Recuerdas a Oliver?»

¿Recuerdas a Oliver?

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OLIVER

Allí está la salvaje, disfrutando del paisaje natural que hay frente a nosotros, de pronto cierra los ojos, y parece demasiado sumergida en sí misma como para si quiera notar mi presencia. La observo detenidamente y sin vacilación, no puedo evitar que una sonrisa amarga se me forme en el rostro al recordar como la muy altiva pasó de mí sin remordimiento alguno la noche anterior.

«Conmigo ni te la crees, modelito»

Mi mente se repita esa frase una y otra vez. Jamás creí que viviría para escuchar esas palabras viniendo de alguna chica, no al menos en mi dirección, mucho menos siendo pronunciadas con tanta firmeza, con tanta seguridad, sin dejar lugar dudas, un simple y claro «No me interesas» intrincado en la oración, y mierda, como me ha estado afectando ese hecho, mucho más de lo que debería. Pero... ¿Qué es lo que tiene esa criatura del demonio qué no puedo quitarle los ojos de encima?

Es jodidamente atractiva, repito, aunque su mirada desprenda un desprecio me quema, pero es que lo es. La luz del día le sienta bien y con esta iluminación su cabello rojizo brilla con una intensidad que la hace parecer demasiado mujer. Lástima que solo haga falta mirarla más abajo para entender que es una niñita de los pies a la cabeza, ¿es ese un pijama de Garfield? ¿Y esa taza? ¿Acaso es de Harry Potter? ¿Y por qué carajos eso hace que me dé un vuelco el corazón?

No tengo la menor idea, pero no me lo pueda seguir preguntando porque ella de pronto se vuelve en mi dirección y se atraganta de tal forma con el café que tengo que esconder la sonrisa divertida que la escena me produce dándole un sorbo a mi taza. Cuando finalmente se calma se dedica a dirigirme una mirada tan afilada, que aún con los metros que nos separan llegó a creer que me podría cortar, ¿y como no? Si con el cabello sobre su rostro y la luz iluminando sus pecas da la impresión de ser una bruja malvada escondida tras ese rostro inocente.

De pronto nos vemos sumergidos en una ridículo batalla de miradas de la que pude resultar el ganador de no ser por el brinco que ambos pegamos al escuchar el sonido de un claxon que estoy seguro proviene de la calle frontal. Ella de inmediato se pone de pie como si le hubieran apretado un botón de electroshock y entra apresurada de nuevo a su casa sin volver a mirarme.

Decido, por alguna retorcida razón, seguirla. Camino a toda velocidad atravesando la cocina hasta llegar a la estancia, saltando por encima de los muebles como si de una película de acción se tratará, y llegando de manera atropellada hasta la ventana del recibidor que conecta con la calle. ¿Por qué lo hice? No me lo quiero ni preguntar, vamos a dejarlo en que respirar el aire de este pueblo es capaz de atrofiar los cerebros y nublar el buen uso de la razón.

Edward, que está sentado en un sillón individual, con su teléfono en la mano, revisando su Instagram, supongo, al verme pasar como Tom Cruise a través de la estancia alza la mirada con una mueca de «¿Qué cojones?» pintada en la cara.

—¿Qué te sucede, idiota? —pregunta escrutándome con la mirada mientras yo levanto ligeramente la cortina para entrever un auto rojo aparcado justo frente a la casa de al lado, no demora en salir de él un tipo alto y rubio tirando de la puerta para cerrarla—. ¿Ahora te ha dado por espiar a la vecina? Estas peor de lo que pensaba, princesa —agrega negando con la cabeza y volviendo la vista a su celular.

—Déjame en paz imbécil. Que eres el menos indicado para tratarme de acosador —le recuerdo, pensando en su hazaña de noche anterior, cuando todos dormíamos. Menudo idiota.

Vuelvo mis ojos al frente, y de pronto aparece la chica rubia entrelazando su brazo con la el recién llegado y dándole un casto beso en los labios como saludo.

Joder. Edward se va a morir cuando vea esto. Siento pena por mi amigo, aunque por alguna inexplicable razón me siento aliviado de que el tipo este aquí por ella y no por la pequeña salvaje que ahora tengo por vecina.

—¿Qué sucede? —curiosea Ed.

—Nada. Es solo que el novio de la rubia ha venido a recogerla —le informo, conteniendo una risita maliciosa—. Pero es que mira, hacen una hermosa pareja, la verdad —agrego, como venganza por todas las burlas que me ha estado dedicando desde anoche cuando... pasaron de mí.

Mis palabras consiguen que al brinco ya lo tengo pegado a mi espalda para husmear junto a mí a través de la ventana. Sacudo la cabeza, divertido por la ridícula situación en la que ese par de chicas no han envuelto. Y éste se me hace un buen momento para recordar que no siempre somos los malos del cuento, que hay dos caras en una moneda. Y que las chicas pueden ser tan efectivas como nosotros al momento de disparar a traición.

Yo no me caracterizo por ser un chico de relaciones formales, precisamente por eso, el mundo en el que me manejo y la experiencia que tengo con las mujeres, me han enseñado a no confiar, a ser precavido, porque el amor después de todo es una mera ilusión, una línea que se dibuja con tiza y que cualquier, incluso con la mano, puede fácilmente borrar.

Y no lo digo precisamente por haber sufrido una tragedia amorosa, lo digo porque así es la realidad.

—Entonces fue por eso, porque tiene novio —escucho murmurar a Ed para consigo mismo, pero logró entender perfectamente a lo que se refiere.

La chica le cerró la puerta en la cara cuando la conciencia le recordó que el excesivo intercambio de saliva entre ellos estaba muy mal visto ante los ojos de Dios. Eso, o fue que le dieron ganas de orinar. El punto es que lo dejo tirado y encendido. Eso no se le hace a un hombre, y pensando en su salud metal y también en la mía lo invito:

—Salgamos a desayunar por ahí, ya el encierro nos está convirtiendo en un par de viejas chismosas. Hay que vernos nada más como estamos de cotillas a través de la ventana.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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