Eureka / Un verano para Encontrarte

Capitulo 8. «La apuesta»

La apuesta

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OLIVER

—Con que cena, ¿eh?

Escuchar como canturrea Ed me obliga a recordar la decisión que he tomado al aceptar entrar en la cueva de la bruja. Y es que ahora que lo pienso no sé si lo hice por impulsividad o por simple idiotez, porque hasta el momento ninguna chica me había hecho sentir tan fuera de juego como lo ha hecho ella y eso que no hacen ni veinticuatro horas desde que nos reencontramos.

«¿Cómo es que no pude recordarla de entrada?»

—Así parece —le respondo a mi amigo sin dejar de mirar la carretera por la que estamos transitando.

Decidimos que lo mejor para relajarnos es tomarnos un día de playa, y hace veinte minutos ya que abandonamos el restaurante donde nos sirvieron un buen desayuno, un lugar muy acogedor con un estilo vintage que fuera de servir comida también se presta como bar, y según me informaron abrirán todas las noches del verano, quizás lo visite de nuevo un día de estos, porque en realidad me gustó bastante, pero no más que la camarera que nos atendió y que como regalo me dejó su número anotado en una servilleta que aún conservo sobre el tablero de mi deportivo.

—¿La vas a llamar? —me pregunta Ed, notando como por instinto mi mirada se ha desviado a ese trozo de papel.

La interrogante me hace gruñir, sobre todo porque la respuesta automática que suelo tener ante una pregunta como esa no me sale con tanta facilidad como antes. ¿Por qué? Es justo lo que debería estar haciendo ahora mismo: llamar a la pelinegra de piernas largas y hermoso trasero que está dispuesta a darme lo que cierta pelirroja insoportable obviamente no.

—Puede ser —murmuro, entre dientes.

—Curioso —pronuncia Ed, y aunque no lo esté mirando me puedo imaginar la sonrisa que se desliza sobre su rostro.

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

—¿Qué es lo curioso?

—Nada, nada —repone, apretando los labios—. Entonces la pelirroja y tu tienen historia, ¿eh? ¡Quién lo diría!

—Ni tanto —miento. ¿Por qué miento? Hay historia, la de un par de críos con demasiada imaginación, pero la hay—. Era solo una llorona con la que me obligaban a jugar, ya ni siquiera la recordaba.

—Ya veo. Supongo que aceptaste cenar con ella para, no sé... ¿vengarte? —pronuncia, y aprovecho el semáforo para voltear a mirarlo. ¿Cómo es que puede conocerme incluso mejor que yo? Bien, para qué negárselo. La sonrisa que se me forma es la mejor manera de demostrarle que no se equivoca—. Entiendo —asiente, apretando los labios para no reír—. Porque vamos, nadie puede pasar del gran Oliver Jackson como si nada, ¿no?

El semáforo se pone de nuevo en verde y me veo obligado a poner en marcha el vehículo.

—Qué bueno que lo tengas claro —respondo, mordaz, porque muchas veces la sátira de mi amigo consigue hacerme rabiar.

—¿Y qué es lo que pretendes hacer exactamente? —me interroga. ¿Qué pretende? ¿Por qué le interesa tanto?

—No sé —me encojo de hombros—. Algo se me ocurrirá cuando la tenga de frente.

Eso es lo único que me aventuro a responder porque en realidad, no tengo ni la menor idea de lo que pretendo. Porque ahora que sé con quién estoy tratando, ahora recuerdo todas las veces que me hizo doblegar mi orgullo cuando éramos un par de niños, y eso hace que se produzcan dentro de mí, con mayor intensidad, unas ganas de hacer lo mismo con ella. Quiero que pierda su orgullo y que me diga en la cara todo lo que calla, todo lo que siente cuando me ve. Su mirada la delata. Le gusto, lo sé.

Mi amigo, a mi lado, por alguna estúpida razón se echa a reír.

—Bien. Puedes comenzar por decirme entonces como vas a querer que sea: ¿Algo sencillo? Solo tu familia y amigos más cercanos diciendo unas cuantas mentiras para que tu honor se vaya intacto ¿O algo más majestuoso? Donde asistan todas las mujeres que te follaste, amigos de cerveza, y compañeros de apuestas. Así todos podrán hablar animosamente de lo grandiosamente estúpido que eras. Dime, ¿Qué opción de gusta más?

—¿Pero de que mierda estás hablando? –le pregunto frunciendo mi ceño.

—¿Traje blanco o negro? –sigue él, ignorándome.

—¿Pero, qué?

—Oh no, mejor un atuendo más veraniego, te verás mucho más guapo, y resaltarán los colores en tu fría y pálida piel...

—¿Qué ridiculeces estás diciendo, Edward Idiota Watson?

—Estoy planeando tu funeral, princesa. Porque algo es seguro, no vas a salir vivo de esa casa.

—Serás imbécil —ruedo los ojos antes de largar un bufido—. ¿Qué puede hacerme ella? Es solo una chica más.

—Si, una chica algo... diferente —pronuncio, consiguiendo que lo mire mal.

—Es sola una chica más —repito, viéndome en la necesidad de remarcar ese punto, hasta que yo mismo me lo comience a creer, porque esa es la verdad, ¿no?

—Sí, una chica más que te mandó a la mierda, típico —pronuncia, consciente de que me está haciendo enojar, y lo demuestro dándole un golpe con mi mano al volante consiguiendo que el auto se deslice de un lado a otro de la carretera, un Volvo me toque corneta de manera estruendosa y el piloto me llame «cabrón» a viva voz.

—¿Acaso estas buscando tocarme las pelotas? —inquiero, apretando la mandíbula porque sí, ya estoy comenzando a cabrearme de verdad.

—¿Acaso nos quieres matar? —me devuelve, colocándose el cinturón—. Solo quiero que entiendas que te compartas como un niño caprichoso que quiere que Santa le traiga un unicornio volador y solo recibe un peluche como regalo.

—¿Hoy es el día internacional de escupir idioteces o qué? ¿A qué quieres llegar?

—A qué deberías comenzar a aceptar por primera vez en tu vida que no siempre puedes conseguir lo que quieres.

—¡Por supuesto que puedo! —difiero, con marcada seguridad. Porque puedo, claro que puedo.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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