Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 10. «Animals»

Música: Animals by Maroon 5

Animals

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OLIVER

«¿A qué le temes, Salvaje?»

Eso es lo primero que le quiero preguntar al ver la expresión de pánico que adopta su pecoso rostro cuando Anny termina por perderse de nuestra vista. Sí, definitivamente esa dulzura de mujer acaba de hacerme un favor.

Me levanto de mi asiento para rodear la mesa sin dejar de mirarla, porque ¿Cómo podría hacerlo? Si desde que abrió la puerta me dejó bastante claras sus intenciones de hoy: Joderme.

No por nada se ha puesto semejante vestido. Quiere jugar con mi cordura como forma de venganza, lo sé. Su mirada la delata. Y de momento lo está logrando, lo que ella no sabe es que yo sé moverme mucho mejor en este juego de seducción. Y no estoy dispuesto a aceptar un rechazo más porque ahora tengo una apuesta que ganar.

«Me debes demasiado, Granger»

Cuando me detengo frente a ella me es imposible no mirarle el escote. ¿Qué puedo decir? Es un instinto animal incontrolable. Y lo único que me obliga a subir la mirada es escucharla pronunciar en un tono indignado:

—¡Pervertido!

—¡Incitadora!

—¡Idiota!

—¡Malcriada!

—¡Cretino!

—¡Salvaje!

—Tú... —me señala y da un paso al frente amenazándome con un dedo—. Eres un...

—¿Soy un...? —pronuncio sonriendo, eso solo la hace enojarse más.

—Eres un jodido... ¡Modelito sexy del demonio! —casi me lo grita y yo esta vez no puedo contenerme más, soltándome a reír.

—Ah, ¿Entonces crees que soy sexy? —la sigo picando, aun entre risas, consiguiendo que largue un exagerado bufido. Esto es divertido, lo admito.

—Jamás.

—Ja. Pero si lo acabas de decir.

—Yo no he dicho nada —miente, de forma descarada, cruzando sus brazos.

«¿Así quieres jugar?»

—Bien, entonces vamos a fingir que yo no te quiero follar y que tú no quieres que yo lo haga —me jacto, simplemente porque me entretiene ver como sus labios se separan por la indignación.

—¡Eres un cerdo! —me empuja.

—Lo soy —admito, divertido.

—¡Y un cretino!

—Eso ya me lo han dicho antes —doy un paso adelante y ella da uno atrás golpeando sus piernas con una silla.

—¡Y un engreído!

—Lo siento, pero ese es el mal que debo pagar por ser millonario —le guiño un ojo, ganándome una mala mirada de su parte.

«Pero que fácil se me sigue dando hacerla rabiar»

—Serás creído —me vuelve a empujar, pero no me muevo.

—Un creído muy sexy, según tú —pronuncio en un susurro sobre su oído, inclinándome sobre su cuerpo, uno que justo ahora emana calor.

Pero no puedo disfrutar mucho tiempo de su cercanía, porque ella pasa de mí rodeándome y encaminándose a la cocina. Sigo sus pasos, e importándome muy poco que no me haya invitado a pasar, me apoyo en el marco de la cocina. La primera vista que me recibe es la de su trasero marcado bajo la tela negra del maldito vestido que me trae loco, mientras ella rebusca algo en el interior de la nevera. El corazón y otros órganos me comienzan a palpitar.

Joder con esta mujer.

—Que divino se ve —pronuncio, cuando ella se gira con una bandeja en mano. Su mirada de cabreo me indica que lo ha malpensado todo—. Estoy hablando del postre, pervertida.

Entorna sus ojos en mi dirección y yo aprieto los labios para no reír y dejar en evidencia mi mentira.

—Seguro que te va a encantar —pronuncia ahora, suavizando la mirada y colocando sobre la encimera lo que parece ser una marquesa de chocolate. Y la verdad, sí que se me antoja bastante.

—¡Cuantas atenciones, eh! —ironizo, acercándome hasta tomar asiento en una de las banquetas que rodea la encimera, mientras ella corta con sumo cuidado un trozo de pastel, lo coloca en un plato con una cucharilla y me entrega junto a un vaso de... ¿agua?

—Eres el invitado de mi abuela, esto es lo de menos —pronuncia, con una sonrisa tranquila que no va para nada a juego con las miradas asesinas que me lanzaba durante la cena.

—¿No piensas comer? —le pregunto notando que no se ha servido nada, ella asiente con lentitud y seguido corta un trozo al otro extremo la bandeja, se sirve, toma el cubierto y se lleva un pedazo a los labios con un movimiento lento, que acompaña cerrando los ojos y soltando un gemido de placer cuando el dulce finalmente entra en su boca.

Joder al cuadrado.

—Delicioso —pronuncia con lentitud, abriendo los ojos para centrar el café de su mirada nuevamente sobre mí. Carraspeo, removiéndome—. ¿Qué esperas? Pruébalo, quiero que me des tu visto bueno.

«Llevo dándotelo desde la noche anterior, listilla»

—Bien, a ver qué tal se te da la repostería, salvaje —pronuncio, fijándome en cómo se le fruncen los labios cuando utilizo ese apelativo con ella, acto seguido corto el pastel y me llevo un trozo a los labios.

Entonces, la sensación de ardor en mi boca y la sonrisa maliciosa que se dibuja en su rostro, responden a esa falsa y repentina amabilidad con la que me estaba embaucando segundos atrás.

Me levanto de un brinco de la banqueta y prácticamente corro a escupir lo que queda de la porquería que me dio a comer en el fregadero, tosiendo tanto que se me hace difícil respirar, abro el grifo y comienzo a beber sin importarme nada, intentando eliminar el picor que hace llorar a mis ojos.

—¡Te pasaste de la raya, salvaje! —le espeto, dándome media vuelta y apuntándola con mi dedo una vez que me calmo. Sin embargo, sigo sintiendo una hoguera que quema mi boca y garganta.

Aunque puedo adjuntárselo a la rabia del momento.

—¿Qué? ¿Los juegos pesados solo funcionan si eres tú la mente maestra? —inquiere, con una sonrisa macabra desde su posición, en la banqueta—. ¡Como en los viejos tiempos, eh! —entorno los ojos, sin poder creer aun lo que me acaba de hacer—. Uff, pero mírate. ¡Estás que ardes, modelito! —pronuncia y se echa a reír.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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