Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 23. «Feliz Cumpleaños, capullo»

Feliz Cumpleaños, capullo

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OLIVER

—¡Alessa! ¿Pero qué mierda haces aquí? —esas son las primeras palabras que abandonan mis labios al reparar en la chica que está sobre el sofá justo ahora.

—Oliver... —pronuncia con la voz pesada y rasposa por el sueño. Sus ojos intentan acostumbrarse a la luz parpadeando un par de veces, mientras se quita la manta y se va colocando de pie—. ¿Qué forma es esa de recibir a tu regalo de cumpleaños?

Ironiza con una sonrisa pícara, guiñándome un ojo y comenzando a caminar descalza en mi dirección. ¿Estoy alucinando?

Compruebo que no cuando siento sus brazos rodearme el cuello antes de susurrar en mi oído:

—Feliz cumpleaños, capullo.

Y aunque su cercanía nunca antes me había molestado, ahora se me hace de lo más incómoda.

«¿Qué me pasa? Es Alessa. ¿Por qué no se siente como antes?»

Y entre sus brazos me pierdo de momento, recordando.

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Un verano atrás.

—¡BU!

Al escuchar aquello, el muchacho dio un brinco sobre la tumbona donde dormía plácidamente la resaca de la noche anterior. Y de inmediato supo que ella era la única que se atrevería a interrumpirle el sueño de esa manera tan pesada.

—¡Joder, Alessa! —gruño él, apretando la mandíbula tras el susto y el dolor de cabeza que en ese momento volvió a sentir—. Vuelves a hacer y te juro que te mato —pronunció, pero su amenaza solo consiguió aumentar las risas de la pelinegra.

—Eres tan niñita a veces —se burló ella entre carcajadas. Siempre le hacía lo mismo cuando lo encontraba dormido allí.

—Me las vas a pagar —le amenazo de nuevo, quitándose los lentes de sol e incorporándose sobre la tumbona para mirarla con divertida malicia. Entonces ella lo supo, en eso momento supo lo que debía hacer—. Y ni siquiera pienses en correr —advirtió el pelinegro, poniéndose de pie.

Solo llevaba puesto su bóxer Calvin Klein que dejaba muy poco a la imaginación.

La chica, haciendo caso omiso a la advertencia, echó a correr en dirección a la entrada de aquella mansión en Miami Beach. La piscina aún conservaba vasos plásticos y uno que otro sujetador flotando en el agua, que a diferencia del día anterior —cuando estaba cristalina—, ese día mostraba la clara evidencia de una noche de desenfreno juvenil.

—¡No te atrevas, Oliver! —le advirtió ella entre risas cuando él la tomó de la cintura, la levanto del suelto para lanzarla cual costal de papas sobre sus hombros y comenzó a caminar de vuelta con ella en brazos.

La chica no había sido tan rápida. No tanto como él. Un chico alto, atlético, bien formado, que mínimo permanecía dos horas al día en el gimnasio de su de la mansión de su padre, contaba con las condiciones físicas necesarias como para alcanzar su posición en la mitad del tiempo que a ella le había tomado llegar hasta la puerta.

—¿Que no? —la retó él—. Esto pasa cuando te portas mal —y como castigo le dio una palmadita en una nalga bronceada que había quedado al descubierto cuando su vestido veraniego se le subió.

Porque como siempre, ella no llevaba nada bajo su vestido blanco. La sensualidad estaba en su sangre.

—¡No! ¡Por favor! —le rogó entre risas. Porque para nada quería acabar en aquella agua contaminada con diferentes cantidades se semen.

Porque seguramente más de una pareja había dejado la noche anterior sus fluidos allí dentro. Sin embargo, la situación la divertía, la excitaba.

—A las niñas malas hay que castigarlas —señaló él, acercándose a la orilla de la piscina.

—¡Me voy a portar bien! ¡Te lo juro! —suplicó por clemencia—. ¡Haré lo que me pidas!

—Pero nena, si es eso lo siempre haces —pronunció con su habitual petulancia, y sin esperar nada más, la lanzo al agua.

Pero no sola, él lo hizo junto a ella.

—¡Capullo! ¡Esto está asqueroso! —le espetó la pelinegra dándole un golpe débil en el hombro al chico, una vez emergieron a la superficie.

«Esta chica me pone»

Pensó él, sintiendo su miembro endurecerse bajo la tela de su ropa interior, y reparando en los cabellos negros que se pagaban por el rostro de su acompañante, en su vestido blanco que ahora bailaba sobre el agua, dejando a la vista su curveado cuerpo y sus senos redondos, y en sus labios semi abiertos que lo invitaban a besarla.

Pero no dijo nada. En esa parte de la piscina el agua le daba por los hombres y a ella por la barbilla, así que con un rápido movimiento la tomo por el brazo y la impulsó hacia su cuerpo, duro y bien trabajado. Ella soltó un jadeo por la sorpresa, pero rápidamente rodeo las caderas del él con sus hermosas piernas, dejando sus rostros frente a frente.

—¿Quieres saber cómo castigo a las niñas malas como tú? —se oyó pronunciar cada palabra con insinuación, entre provocativo y divertido, muy cerca de los labios de la pelinegra.

«¿Cómo yo? ¿Cómo cualquiera?» Se preguntó Alessa.

Pero esos pensamientos se esfumaron con rapidez, tan rápido como sus ojos vieron el azul de su mirada y de nuevo, se sintió perdida, perdida en él. Por eso Su respuesta fue una sonrisa traviesa que rezaba: «Enséñame».

Para ambos ese gesto ya era costumbre, desde que ella se había mudado a la mansión contigua dos años atrás. Cuando lo hicieron por primera vez en un baño de aquella enorme propiedad.

Para él tomarla cuando lo deseara no representaba problemas, para ella, dejar que él lo hiciera, tampoco.

Por eso, cuando éste la tomo por la parte baja de la nuca y la atrajo hacia sus labios, ella no opuso resistencia. Por eso, tampoco lo hizo cuando él condujo una mano hacía su entrepierna y sin ningún tipo de tacto introdujo uno de sus dedos allí dentro, en su lugar más sensible, ese que estaba húmedo, viscoso y listo para él. Luego introdujo otro, para finalmente realizar esos movimientos invasivos, que él, de sobra, sabía cómo realizar.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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