Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 27. «Quédate esta noche»

Quédate esta noche

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OLIVER

—Hola para ti también —lo saludo con una sonrisa satírica.

—¿Qué haces aquí? —vuelve a preguntar.

—Estoy esperando a mi...

«¿Mí qué? ¿Qué es la salvaje para mí?»

—¿A tu...? —me apremia él.

—Estoy esperando a Emma —zanjo, repentinamente nervioso, pero me recompongo rápido tras un insulto mental.

—¿Sí? Pues ella está haciendo algo que difícilmente sepas comprender. Se le llama trabajo y no se aceptan visitas aquí —pronuncia en un patético intento por hacer que me vaya.

—Pues pienso esperarla, es lo que hago a diario, a diferencia de que hoy lo haré aquí dentro —lo veo apretar la mandíbula—. Ahora si eres tan amable, sírveme un trago de Whisky... en las rocas.

—Si sabes que este sitio es de los Taylor, ¿verdad? —me pregunta entonces con una ceja enarcada y los brazos cruzados sobre su pecho.

—¿Y? ¿Qué hay con eso? —pregunto curvando los labios ligeramente hacia abajo, en una clara señal de: «Me importa una mierda»

—El problema es que ni tú, ni tu amiguito son bienvenidos aquí —pronuncia, y con eso consigue que una autentica carcajada se escape de mi boca.

—¿Y quién va a sacarme de aquí? ¿Tú? —mi pregunto es retórica, y la hago señalándolo con mi índice para luego descartar la opción con una exagerada mofa.

—Te partí la cara una vez y lo puedo hacer de nuevo —me advierte apretando aún más la mandíbula.

—Es gracioso que te lleves todo el mérito —me río—. Porque hasta donde yo recuerdo golpeas como niña y lo único que te salvó de acabar en el hospital ese día fue la jodida piedra que dejó inocente.

—Yo no estaría tan seguro de eso –difiere, comportándose de una manera muy diferente a como se mostraba aquella noche en el hospital, y de pronto ya se comienza a sentir la tensión que se forma entre nosotros.

—¿Acaso quieres comprobarlo? —le propongo, retador, levantando las cejas.

—Si no te largas ahora mismo de aquí, el que va a comprobar mi teoría eres tú —y su advertencia me la paso por el culo. Me pongo de pie y le recuerdo:

—Tienes dos opciones: O me sacas tú, si es que te atreves. O haces el trabajo por el que te pagan y me sirves un puto trago. Decide.

—Si crees que con tus billetes, ese brazo tatuado y tu actitud soberbia de mierda vas a conseguir intimidarme, te digo que estás muy equivocado —pronuncia apoyando ambas manos sobre la barra de madera, inclinándose más hacia mí. Lo que provoca eche mi cabeza hacia atrás para reírme.

—No necesito de eso. Con solo mirarte ya lo he conseguido.

Y con esas últimas palabras él pierda el poco autocontrol que le quedaba. Se sube sobre la barra de un brinco y baja por el frente hasta posicionarse delante a mí, dejándome ver por completo su tamaño y porte. El imbécil es unos centímetros más bajo que yo, y aunque no es un flacucho, tampoco es tan corpulento. Esta destruible.

Comienza a arremangarse la camisa negra que viste como uniforme, preparándose para lo que promete ser una batalla campal. Ladea su cabeza y me sonríe como diciendo: «¿Qué fue lo que dijiste?». Y lo siguiente que siento son sus manos impactando con rudeza contra mi pecho, haciéndome trastabillar, pero consigo equilibrarme y vuelvo a mi posición, firme e imperturbable.

—Aun estas a tiempo de detener esto –le ofrezco–. Porque una vez que comience contigo no me voy a detener hasta acabarte.

—No te tengo miedo —pronuncia atinando un golpe de puño cerrado contra mi pómulo derecho, que me hace sentir ligeramente mareado, pero eso no impide que rápidamente me abalance sobre él y se lo devuelva con el doble de fuerza.

Lo veo caer al suelo, pero con agilidad se incorpora, agachando su cabeza para escupir un poco de sangre sobre el piso de madera y luego mostrarme todos sus dientes, que ahora lucen enrojecidos, en una sonrisa macabra.

—Detente aquí y conserva la poca dignidad que te queda. Es la última oportunidad que te doy —le advierto, no porque no me sobren ganas de partirle la cara en dos, sino porque sé que eso no va a traerme más que problemas con la salvaje.

Pero él, pasando de la oportunidad que acabo de darle se viene de nuevo contra mí y detona tu puño derecho contra mi estómago, el golpe me saca el aire, pero tan rápido como puedo me incorporo y con mi brazo izquierdo rodeo su cuello en una llave, imposibilitándolo de moverse, con la derecha le propino una ráfaga de golpes en el lado derecho de sus costillas, él, a duras penas golpea mi espalda con la mano con la que me rodea el torso y al verse perdido, impulsa todo su peso hacia delante haciéndonos caer al suelo justo a un lado de la silla donde el desafortunado futuro marido de alguien disfrutaba de su última noche de gloria. Esa que le llaman soltería.

Este es el momento en que todos se percatan de lo que está sucediendo entre nosotros, las personas se abren, formando una especie de círculo a nuestro alrededor. Escucho voces gritando: «Oh, mierda» «Que alguien los detenga» «¡Seguridad!»

Pero nada de eso logra distraerme del imbécil que ahora tengo sobre mi cuerpo dándome golpe tras golpe. Como puedo lo imposibilito de moverse y giro sobre él dejándolo contra el suelo, aprisionándolo con mi peso, y esta vez soy yo quien dirige los puños contra su mandíbula nariz y ojo. El sabor metálico de la sangre se cuela por mi boca, y pese al sangrado que emana desde mi labio y nariz, no ceso de golpearlo vez tras vez.

Y habría cumplido con mi palabra de mandar al idiota directo al hospital de no ser por la voz que en este momento pronuncia mi nombre, alertándome, sacándome de esa nube oscura de cólera en la que me encontraba:

—¡Oliver! ¡No! —ella me toma por los brazos desde atrás e intenta alejarme de mi víctima, por un momento me resisto, pero escuchar de nuevo su súplica provoca que detenga mis movimientos—. ¡¿Qué mierda estás haciendo?! ¡¿Te volviste loco?!



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

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