Eureka / Un verano para Encontrarte

Capítulo 34. «Déjame hacer esto»

Déjame hacer esto

__________________________

EMMA

«¿Helen, eres tú?»

Esa pregunta se ha estado reproduciendo en mi cabeza desde ese día. Desde que el señor Richard Jackson me la hizo segundos antes de quedar inconsciente. Y me es imposible no relacionar esa pregunta tan poco usual con la fotografía que vi esa misma noche en la que era su recamara años atrás.

Seis días han pasado, seis días en los que me he sentido encerrada dentro de la pequeña burbuja que mi propio cerebro ha formado a mi alrededor. Los mismo seis días que lleva el padre del modelito en el hospital, en estado de coma luego de su intervención. Por suerte la bala no perforó su pulmón. Pero la perdida de masiva de sangre tuvo sus consecuencias.

Sigue siendo un misterio todo lo ocurrido, nadie sabe quién disparó la bala que se terminó alojando en el costado izquierdo de uno de los hombres más conocidos del país, y las declaraciones de algunos testigos solo alegan que el auto del Sr. Richard se estacionó a un lado de la calle, se le veía hablando por su teléfono celular, cuando de pronto otro auto costoso, negro, y de vidrios oscuros, se posicionó justo a su lado, deteniendo momentáneamente el paso vehicular, luego, de éste, un metal largo y brillante se asonó por la ventanilla y lo siguiente que se oyeron fueron las sonoros tres detonaciones en dirección al Audi del padre del chico que ha estado poniendo mi mundo de cabeza.

Lo único que nos dice esto es que no fue algo casual, como un intento de robo o una cosa por el estilo.

Al papá del modelito lo querían muerto, y es casi increíble que nadie, absolutamente nadie alcanzara a ver al conductor del auto o su acompañante, si es que había alguno, cuando éste de inmediato puso su automóvil en marcha perdiéndose de la vista de todos de forma veloz.

Desde ese momento este lugar paso de ser unos de los muchos, pequeños, e insignificantes pueblos de la Florida, a ser el más nombrado en los encabezados de la prensa, las noticias nacionales, y todas las jodidas redes sociales, siendo ésta una noticia que ha auspiciado debates, cotilleos y especulaciones de toda clase de índole imaginable.

Cosas que hasta a mí, que no soy de creer en todo lo que dicen, me han hecho dudar.

Oliver Jackson, y toda su jodida familia han desestabilizado mi mundo en cuestión de semanas, y en mi cabeza justo ahora hay más preguntas que respuestas.

El verano casi termina y por suerte para mí, aún conservo mi empleo, no logro entender cómo es que el Sr. Daniel Taylor es tan considerado conmigo cuando un par de semanas atrás dos chicos casi destrozan su bar a causa mía, el domingo pasado no me presenté a trabajar y el lunes por la mañana llegué con retraso porque me debatía entre mi responsabilidad laborar y el compromiso emocional que sentía hacia Oliver con todo el tema de su padre. No quería dejarlo solo.

Finalmente opte por venirme al bar, Edward me aseguró que todo estaría bien y me informó que sus hermanos venían en camino, cosa que me tranquilizó, pero a la vez me hizo comprender que en ese cuadro yo estaba de más.

Era un momento netamente familiar.

Cuando llegué al bar me esperaba que al menos mi carta de despido ya estuviera redactada, lista para ser firmada por mí, y mi teoría tomó forma al ver a una mal encarada Regina George, recibiéndome con una ceja enarcada, de brazos cruzas, y con su mejor cara de culo. Yo saludé como de costumbre, pero ella antes si quiera de responder a mis «Buenos días», me dijo:

—Mi padre te espera en su oficina.

Sin responderle coloqué mis ojos en blanco y me dediqué a caminar directo a donde me estaban esperando. Allí el Sr. Taylor, a quien veía en muy pocas ocasiones debido a sus excesivos viajes de negocios, un hombre de mediana edad, muy similar a Eric en cuanto a eso de aparentar mucha menos edad de lo que en realidad tiene, con su cabello rubio apenas canoso, sus ojos verdes rodeados de unas pequeñas arrugas, y su cuerpo de adolescente; me esperaba con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro.

—Así que hay dos chicos peleándose por ti ¿Eh? —me guiñó un ojo en un gesto de complicidad que me dejó más descolocada que antes. Cerré la puerta tras de mí, antes de pronunciar:

—¿Perdón? —con autentica confusión.

—Dos chicos, que por poco acaban con todo en mi bar, y ¿Para qué? Para obtener la atención de una linda señorita como tú —el Sr. Taylor se carcajeo de sus propias palabras echándose para atrás en su silla. La verdad no entendía si realmente le daba gracia o estaba disfrazando las ganas de matarme con esa risa paranoica que tenía. Lo cierto es que miedo me daba lo que pasaba por su cabeza…

—Sr. Daniel, de verdad siento mucho lo del otro viernes —fue lo primero que se me ocurrió decir aun de pie frente a su escritorio. Sintiéndome enojada porque realmente yo no tenía culpa de que dos idiotas llenos de testosteronas no pudieran controlar sus impulsos cavernícolas. Inmediatamente pensé en Erza, así que decidí intervenir por él—: Espero que ese pequeño —gran— problema no le cueste también el trabajo a Ezra.

—Tranquila —me dijo—. Toma asiento, por favor —pidió secándose las lágrimas que se le salían por los ojos. Lágrimas de risa, no podía creerlo.



Pao Molina

Editado: 29.10.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar