Exmar: El despertar.

II. El viaje.

Siguiendo las indicaciones que le dio la misteriosa mujer, Brian entró en su casa con total normalidad. Sobre la mesa del comedor encontró una nota de su padre, avisándole que había llevado a su hermana a casa de la tía y llegaría más tarde. El joven suspiro aliviado por no tener que explicar el motivo de su demora. Luego de mojarse el rostro para despejarse del mal rato, salió al patio trasero y se sentó a esperar en la mecedora que había sido de su madre.

Al cabo de un rato, una silueta ya conocida se acercó a él desde el rincón más oscuro del jardín. Por primera vez desde que apareció en su vida pudo verla con claridad. Llevaba una gran capa negra y el rostro oculto bajo una capucha. Tan solo un largo mechón de cabello azabache quedaba al descubierto.

La extraña alzó sus manos y descubrió su cabeza, dejando expuestas sus facciones realzadas por el brillo de la luna. Era una bella joven, con la tez más pálida que Brian había visto nunca. Sus ojos café, aunque normales en cualquier otra persona, la dotaban de cautivante gracia y misterio. Brian la observó con familiar admiración. Ya había visto a esa mujer alguna vez. Quizás en su sueño.

— Te conozco –le dijo, sin saber si lo preguntaba o lo afirmaba.

— Nos conocimos, Anghell. En otro tiempo. En otra vida.

El muchacho comprendió sus palabras. Algo en su interior las creía ciertas y se aferraba a ellas buscando salir. El aturdimiento que lo había acompañado todo el día comenzaba a desvanecerse por la sola presencia de esa chica, a la vez íntima y desconocida.

— ¿Qué me está pasando? –pensó en voz alta. Luego la miró, como si acabara de notar algo, y agregó–. Mi nombre es Brian. ¿Por qué insistís en llamarme Anghell?

— Es una historia demasiado extensa para el breve tiempo que tenemos. Voy a contarte lo más importante y necesito que confíes en mí. ¿De acuerdo? –el joven asintió con la cabeza y ella continuó–. Desde el inicio de los tiempos, cada elemento de la naturaleza estuvo bajo el control y la protección de diferentes seres, cuyos nombres han variado a lo largo de la historia. Las Salamandras guardan el fuego. La tierra pertenece a los Elfos. El agua, a las Ondinas. Y el aire es de las Sílfides –hizo una pausa para que sus palabras fueran asimiladas y continuó–. Tú, Anghell, eras un Pudjok, un hijo de la noche, protector del reino de las sombras.

— ¿Me estás diciendo que era una especie de vampiro o demonio? –preguntó, incrédulo, el muchacho.

— Para entender tu pasado tendrás que olvidar todo lo que crees sobre el mundo. Hubo una guerra hace siglos. Una guerra con la que has soñado. Por aquel entonces, nuestro clan rebosaba de dicha por la llegada del primer puro, un hijo nacido del vientre mismo de nuestra madre, la noche. No habían existido puros desde el origen de las razas, y los seres de la luz lo vieron como una amenaza. Su temor fue creciendo, junto con nuestro protegido, hasta que ya no pudieron soportarlo. Atacaron con el primer destello del alba. Fue una masacre.

— Mi sueño. Lo que vi en él, ¿fue un recuerdo?

— Sí. Al ver a sus hijos muertos injustamente, la noche conjuró el regreso de los guerreros que pondrían fin a la guerra y devolverían la paz a los clanes. Eres la reencarnación de Anghell, general del ejército de las sombras. Tus sueños, y los poderes que has experimentado, forman parte de ti.

— Es una locura.

— Pero es la verdad. Y ahora es el momento de comenzar tu viaje –Brian se levantó de la mecedora y comenzó a caminar nervioso. No podía creer lo que escuchaba. La mujer lo observó en calma, esperando que digiriera la información antes de seguir hablando–. Entiendo que esta es tu vida ahora. No debimos tener esta conversación hasta que acabaras de despertar. Sin embargo, ya te han encontrado y no se detendrán hasta destruirte, sin importar a quién se lleven en el proceso.

El joven frenó en seco y la miró. Comprendió perfectamente el significado de aquellas palabras. Su familia corría peligro por un destino que jamás pidió, pero si lo había hecho. Recordó su sueño, la mirada suplicante que lanzó a la luna poco antes de morir. No recordaba nada de su vida anterior, pero las decisiones que había tomado entonces repercutían en su presente. Resuelto a acabar con todo aquello, preguntó:

— ¿Qué debo hacer?

Ella lo miró y esbozó una sonrisa maternal. Pese a la frialdad que aparentaba, sus ojos reflejaban un tenue rastro de angustia por la situación.

— Solo debes irte. Estaré guiando tus pasos a lo largo del viaje. Encontrarás otras seis personas en tu situación. Tendrás que hacer por ellas lo que yo hice por ti. Te ayudaré cuando sea necesario, pero estarás solo la mayor parte del tiempo. Eso ayudará a liberar tus recuerdos. Sé que tienes familia. Dejaré que comiences tu travesía cuando estés listo. Solo recuerda que están detrás de ti.



E. D. Laurent

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Editado: 25.07.2018

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