Exmar: El despertar.

XII. El comienzo. (Parte II)

Dalhila espero un momento para comenzar a narrar la historia. Aunque conocía cada detalle, necesitaba decidir cuáles eran los más relevantes. El tiempo avanzaba con prisa y los jóvenes aún no habían completado su despertar, por lo que no debía demorarlos demasiado. Los miró, uno a uno, pensando que aspectos de sus vidas debía omitir en su relato. Finalmente, cuando estuvo segura de lo que diría, comenzó a hablar sin pausa mientras los reencarnados la escuchaban en completo silencio.

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La noche en la que el puro nació, el clan de la oscuridad organizó una gran fiesta en su honor. Aunque muchos sentían temor por lo que representaría su llegada, la curiosidad era más fuerte. La noticia había tardado en llegar al pueblo y aun no se transmitía a los demás clanes.

La criatura fue recibida por Alliak, uno de los tres sabios, quien se había ofrecido para hallarle un buen hogar. El anciano citó en el templo a los siete líderes del ejército, que acababan de llegar de una misión en territorio de las Salamandras y aun no estaban al tanto de la situación.

Luego de informarles lo necesario, los llevo a conocer al niño para que lo ayudaran a buscarle una familia. Desde el primer momento en que lo vio, Jessica sintió una conexión especial. Gran parte de la conversación entre el sabio y los guerreros la pasó distraída con sus propios pensamientos.

Finalmente, cuando todos se comprometían a hablar con la gente del pueblo, ella interrumpió ofreciéndose voluntaria. En primera instancia, tras reponerse de la sorpresa, Anghell se mostró desconforme, pero luego de una larga charla con su mujer acabó por ceder. Ambos se convirtieron, a partir de ese día, en los protectores del puro, al que adoptaron bajo el nombre de Gompil.

Lo que nadie sospechaba era que ese día marcaría el comienzo de un odio que conduciría a nuestros clanes a un periodo en el que la paz sería un sueño del pasado. De alguna manera, la noticia había sido filtrada y llegó al clan de la luz, y peor aún, a los oídos de Gorand.

El temor del General no tardó en florecer, alimentado por las antiguas historias que narraban los ancianos. Sin perder tiempo, recurrió a sus sabios y pidió una reunión en el Consejo, con la esperanza de hacer recapacitar a los hijos de la noche. Drumon no se mostró de acuerdo con su postura, pero aun así accedió a su petición.

Exmar lo recibió con el mismo respeto que siempre le habían profesado, aun sabiendo que no aceptarían sus suplicas. La reunión se extendió durante horas. Gorand, desesperado por la situación, explicó por qué consideraba al puro como una amenaza y rogó que se deshicieran de él antes de que algo malo ocurriera. Sin embargo, ningún clan lo apoyó.

Con el orgullo herido y su corazón envenenado de odio y miedo, el General se marchó antes de que la reunión acabara. A pesar de lo ocurrido, el Consejo jamás contempló lo que ocurriría.

Los años pasaron, y Gompil creció rápidamente. Anghell lo entrenó desde que pudo sostener una espada, esperando que algún día liderara al ejército en su lugar. El pequeño niño fue aprendiendo con facilidad de todo lo que lo rodeaba, y se convirtió en un muchacho sabio y fuerte. Los siete guerreros estaban con él a cada paso, y se sentían orgullosos de su evolución.

La desconfianza que el pueblo sintió en un principio se convirtió, con el paso del tiempo, en respeto y admiración. El carácter amable y justo del muchacho despejó todo residuo del temor que los Primeros habían dejado en el mundo, excepto en un lugar.

Alejado por completo de quienes le habían dado la espalda, Gorand pasaba su tiempo reuniendo a todos aquellos que apoyaban su forma de pensar. Movidos por el temor o las ansias de poder, sus seguidores aumentaron a gran velocidad. Cora, su discípula, era la encargada de vigilar al puro a cada momento, esperando que cometiera un error suficiente para convencer a todos de que el General tenía razón. Desafortunadamente, ese momento llegó.

En un viaje al clan de los hijos del Agua, Gompil conoció a una joven Ondina y se enamoró al instante. A pesar de las advertencias de los guerreros, el muchacho hizo caso omiso de los peligros que su capricho podía desatar. En repetidas ocasiones se encontró a escondidas con la joven, y su relación se hizo cada vez más fuerte.

Cuando el padre de la Ondina se enteró, estalló en furia. Jamás se había mezclado la sangre de los clanes, y la sola idea era considerada una aberración. Intentaron separarlos cuanto antes, pero ya era demasiado tarde. En el vientre de la joven crecía la semilla del puro.

Temerosos por lo que aquello implicaba, los clanes exigieron la intervención del Consejo. Exmar deliberó durante días, y finalmente concluyó en que la criatura no representaba un peligro mayor que sus propios nacimientos. Si los clanes condenaban a un ser por el solo hecho de considerarlo una abominación, no serían distintos a los Primeros que persiguieron y cazaron a su descendencia.



E. D. Laurent

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Editado: 25.07.2018

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