Fría como el hielo

Capítulo 66

Alice

Los recuerdos iban inundándome poco a poco, pero recordarlos todos sería solo algo propio de un Dios, y yo no era ninguna Diosa.

Había sido creada como un ser superior a los cálidos, pero lo único que habían esperado de mí mis creadores había sido convertirme en una marioneta que les obedeciera en todo momento. Una hermosa marioneta que incluso uno de ellos quiso tomar como esposa, como si el hecho de haber puesto de su parte en mi creación le diera el derecho de decidir sobre mi alma.

En un principio, también me habían creado inmortal, indestructible, pero sus motivos no eran otros que para controlar a los que ellos consideraban como ovejas: los cálidos. Tras el desastre en la Tierra, en la que los humanos habían pasado a olvidarlos o sustituirlos, los Grandes Dioses habían pasado a ser el hazmerreír del Universo. Tal había sido su vergüenza ante otros seres inmortales y poderosos, que decidieron crear otro mundo, pero esta vez se asegurarían de que sus ovejas no se salieran del corral.

Por supuesto, no esperaban que su marioneta los desafiara antes incluso de empezar su cometido. Y mucho menos, que se enamorara perdidamente de una de sus ovejas.

Ya no era inmortal, ya que para ir donde las almas vagan en el infierno, antes debía morir. La antigua Sophie murió de pena, tal había sido el dolor al ver morir de forma agonizante a mi amado, que mi alma se rompió en mil pedazos.

Recordaba los buenos momentos con Julen, nuestras caminatas secretas por el bosque, las risas, los besos dulces y ardientes, las caricias maliciosas, la pasión... Sin embargo, no lograba recordar cómo se había producido la muerte de mi amado, ni los verdaderos motivos por los cuales había sido condenada a pasar la eternidad en el infierno y sin recuerdos ni nada que me anclara a la persona que había llegado a ser - un castigo que había desafiado con mi simple reencarnación -, ni mucho menos por qué algunos Dioses me odiaban. ¿Qué había hecho realmente en el pasado? ¿De verdad había robado tres almas inocentes? ¿Tan fría podía llegar a ser?

Intuía que aquellos recuerdos habían sido borrados de mi mente, ya que si lograra recordarlos podría llegar a ser muy peligrosa, tanto que hasta los seres superiores a los Dioses lograrían llegar a temerme.

Debía dejar de anclarme al pasado y recuperar mi presente. Ya no encontraría más respuestas en Sophie, pero esperaba encontrarlas en Alice.

Ahora, en aquel preciso instante, tan solo quería volver a saborear la boca de Skay, hundir mis labios en los suyos y recorrer con mi lengua cada centímetro de la suya. No importaba que estuviéramos en medio del coliseo, en el reino de los fríos, una zona que realmente se encontraba en una pequeñísima parte del inframundo, la única en la que los mortales podían entrar.

Parecía que ya nada importara, pero evidentemente me equivocaba. La paz solo estaba en mis mejores fantasías y no la encontraría sin antes una guerra sangrienta. Sin embargo, todavía no sabía contra quién luchar. ¿Quién era mi enemigo realmente? ¿Los fríos? ¿Hades? ¿Otros Dioses? Tal vez el Universo entero estuviera en mi contra.

¡Qué poco sabía aún!

La multitud había sido acallada, completamente incrédula, incapaces de comprender el significado que un simple beso podía llegar a tener, ya que hablarle a un frío acerca del amor podría asemejarse a hablarle a un mono de matemáticas. Jamás llegarían a comprenderlo, su mera naturaleza no se lo permitía.

Skay también se había quedado mudo, a pesar de que no recordaba quién había sido en su otra vida, ni mucho menos todo lo que habíamos vivido, sí que podía sentir la conexión que se establecía entre nuestras almas. Lo veía en sus ojos, la necesidad de no volver a separarnos nunca más era tan importante y fuerte como el simple hecho de respirar. Nos habíamos perdido, pero acabábamos de encontrarnos, y ahora sabíamos que ni la muerte ni ningún Dios sería capaz de separarnos. Hades podía seguir ardiendo en el infierno, yo no volvería entre sus garras.

- Alice... no sabes cuánto te he echado de menos. - susurró Skay, acariciándome suavemente la mejilla y observándome tan fijamente a los ojos como si pretendiera internarse en las profundidades de mi alma.

- Lo sé, yo también, no sabes cuánto tiempo te he esperado. - respondí en un murmullo casi imperceptible.

A continuación, me rodeó con sus brazos y yo hundí la cabeza en su pecho firme. La calidez que emanaba su cuerpo era como una droga para mí.

Sentía que volvía a estar en casa.

Sin embargo, en aquel mundo, las cosas buenas no duraban mucho. De repente, una ráfaga violenta de viento nos separó como si fuéramos de papel, tirándonos con desdén en lados opuestos del coliseo.

Caí de espaldas, y por un segundo, creí que dejaba de poder respirar. El golpe había sido muy fuerte y no me habría extrañado que me hubiera roto algún hueso.

Busqué a Skay con la mirada, pero el viento había removido la fina arena y no lograba ver a través de ella. Tosí repetidas veces al inhalar el polvo que se había creado y entrecerré los ojos en un intento de encontrar al chico.

"Parece que 2000 años vagando en el infierno no fueron suficientes para ti. Tal vez necesites que sea otro quien pague por tus pecados." - escuché la voz grave de Hades retumbando en mi cabeza.

- ¡No! - grité desesperada al escuchar sus palabras.

Finalmente, el polvo se disipó y pude ver al otro lado del coliseo. Skay se encontraba magullado y más débil incluso que antes. ¿Se habría roto algo? Sentía la necesidad de ir a comprobarlo lo antes posible, pero el Dios de los muertos no pensaba permitírmelo. Sus fuertes brazos me cogían las manos por detrás, cuando pronunció las siguientes palabras, esta vez en mi oído:

- Una simple orden y la muerte se lo llevará. Y esta vez me aseguraré de que sea para siempre.

Mis ojos se empañaron al recordar la muerte de Julen. No estaba segura de poder superarlo si ocurría de nuevo.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 16.09.2021

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