Heridas Invisibles

VIII.

Reconoce la camioneta. Mazariegos le dijo que se la había pedido su hijo y no la había devuelto, debe ser él y nadie más quien está en casa. Regocijante y lleno de optimismo pasa junto a los chuchos que le olfatean las manos y entra en la sala de estar, descendiendo los escalones, la espléndida figura de Antonella se divisa, el sombrero en mano y la mirada alzándose hacia él. ¡Qué bella donna!

—¿Dónde está Franco? —inquiere, ella entonces sonríe de una forma lastimera, acercándose a tomar su mano derecha.

—Adriano…

—No, no. —El signore se niega a creerlo, no puede ser verdad que ha vuelto a alejar a su hijo con su egoísmo, con sus deseos e impulsos. Ésta vez no habrá tiempo para que regrese. No sabe en qué momento cae de rodillas al suelo y cuándo las lágrimas comienzan a caer de sus mejillas, sólo sabe que su hijo no está más con él y que no le verá jamás—. ¡Mi niño, mi niño! ¡¿Por qué, por qué tengo que ser un mal padre?! ¡Solo quiero que regrese, es todo lo que tengo, es todo lo que me queda! ¡Por favor, dile que vuelva…! ¡Di…le que…! —Adriano va perdiendo el aliento, hace una mueca de dolor y Antonella se apresura a tomar su cabeza en su regazo antes de que caiga al suelo.

El capataz Saldivar que prudentemente había esperado en el patio de enfrente para recibir autorización para llevarse la camioneta de nuevo, corre hasta llegar a la señora y ayudarle a desabrochar las ropas del patrón esperando que logre respirar. Ella hace uso de su teléfono celular para pedir una ambulancia y la señora Filomena corre por las medicinas de nuevo.

—¡¿Porca miseria, Adriano, por qué no cargas tu medicinas?! —le regaña con fuerza, pero casi de inmediato le susurra que lo ama mucho, que sea fuerte, la ayuda ya vendrá. Las pestañas castañas calizas de Adriano se van cerrando y la hendidura que forman dan un último vistazo de sus ojos grises antes de dormir en un largo y agotador sueño. 

 

Mientras, por su mente viajan las imágenes de todas las ocasiones en que el teniente Franco Callahuge y su unidad tuvieron que dejar atrás a un hombre caído para completar su misión. Esos días, no ha evitado preguntarse si de verdad su familia estaba en ese rancho o en el campo de batalla. Caminando por la orilla de la carretera las sirenas le despiertan de su ensueño despierto bajo el sol de la mañana, no tarda en pasar por su lado a toda velocidad haciéndole detenerse de tan larga caminata que le espera por delante. Estudia y recuerda las pocas haciendas o ranchos del lugar, y en definitiva, hay un solo sitio hacia donde esa ambulancia pueda dirigirse…

—¡Oh, no!

Ha pasado semanas enteras bajo el sol y bajo la lluvia, caminando y durmiendo, caminando y durmiendo, las millas que le separan de la hacienda se convierten en nada para sus pies cuando corre con todas sus fuerzas por el camino que recién había recorrido. Llega justo a tiempo para ver cerrarse las puertas de la ambulancia y distinguir la figura de Antonella acomodada en uno de los asientos del interior.

—¡Patrón! —El capataz Saldivar, con las llaves de la camioneta en la mano le distrae—. ¡Vamos, al hospital!

Así lo hacen a una velocidad poco sana, a unos pocos metros de la ambulancia y nunca antes ese camino le ha parecido a Franco tan largo. Culpa, es la palabra que le definiría en ese momento, la culpa por haberle causado a su padre un… ¿qué?, ¿ataque cardíaco? No lo sabe, sólo sabe que es su culpa. Ahora, no solo es un cobarde, sino un asesino, ¡no!, ¡God dammit!

De un lado al otro, encuentra a Antonella caminando la sala de espera del hospital, el cabello algo alborotado y rebelde por las prisas. Se acerca a ella seguido del capataz.

—¿Qué pasó?

Ella, con una voz que oscila entre la firmeza y el borde del llanto, le explica vagamente la forma en que Adriano sintió un dolor en su pecho mientras lloraba y cayó en su regazo casi inconsciente, no pasaron muchos minutos hasta que le dieron su medicina y cerró sus ojos para no abrirlos hasta el momento. La respiración se le agita cada vez más, le mira con los ojos opacos y con un brillo sutil en el borde de las pestañas.

—Lo siento. —Franco se siente estúpido por no poder decir nada más, porque nada más le sale en ese momento, además, es su padre el que está en el hospital, él debería ser quien recibiera las condolencias. Todo esto le abruma y no le deja pensar, o sentir—. Él… ¿Ha pasado antes? ¿Su corazón?

Vacilante, y Franco lo percibe, Antonella tarda en responder de forma afirmativa. ¿Por qué mentiría sobre eso?

—Toma medicación para ello desde hace un año.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Es el tipo de charlas que debes tener con tu padre, no conmigo —espeta ella, olvidándose de su tristeza para ladrarle y volver a andar de un sitio al otro de la estancia. Él se acerca y la lleva sujeta del brazo hasta un pasillo solitario para discutir entre susurros.

—¡Estoy harto de que me mires con esa mirada de reproche todo el tiempo, como si yo te debiera algo a ti, una extraña que a mi ver es solo una intrusa en mi familia! ¡No tienes ningún derecho a…!



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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