Heridas Invisibles

XIV.

El ultrasonido de nuevo no funciona para revelar el sexo del pequeño Callahuge en camino, volviendo a cubrirse su abultado vientre, Antonella suspira un tanto exasperada por no saberlo. El ginecólogo le recomienda tomarlo con calma y no preocuparse, que será lo de menos con tal de que venga sano y ella acepta con una sonrisa de consuelo.

—Trata de no tener sobresaltos, ¿sí? Es la segunda vez que tienes la presión arterial un poco elevada.

—Pueden ser los nervios —responde ella, aceptando la ayuda de Matilde para volver a bajar de la camilla—. Cuando la chequeo en casa me aparece normal.

—Vale, si sientes algo más, algo fuera de lo normal te vienes de inmediato. ¿Sí?

—Claro, muchas gracias. Ciao, doc.

Afuera, el primo e Isabella les esperan con otra sonrisa, inquietos por saber también.

—Nada, no quiere mostrarse. —Encogiéndose de hombros—. ¿Vamos a comer?

—Falta para el almuerzo —reprocha Matilde.

—Pero tengo hambre —rezonga ella, como una cría.

—Vale, las dejo en algún comedor y yo me voy a la reunión.

—Te dije que yo quería ir. —La réplica de Antonella hace que el primo niegue.

—No tienes que ir, Anto, no te estreses. —Explica él—. Una reunión de la Asociación Ganadera que te pierdas no será la ruina, no después de todo lo que hemos pasado. Estoy seguro que no habrá mayor cambio con lo del fin de la guerra. ¿Qué quieres comer?

—¡Torta de chocolate! —ríe la embarazada, más radiante, más feliz, más realizada que nunca por su maternidad.

Bajo los reproches y el acuerdo de tener una comida decente y luego el postre deseado, el primo las deja en un comedor, esperando que no se saquen los ojos en lo que él se ausenta. Llegando al salón dispuesto para la reunión, no se sorprende al ver entre los asistentes a un viejo conocido: Ilario Saldivar. Luce más robusto y tosco, como él, se ha cortado los rizos y ahora tiene un aire distinto al caminar, sino altanero como antes, más bien radical y temerario.

Tomando su lugar en una silla cualquiera del púlpito, Ignazio se sorprende al sentir llegar a alguien detrás e instalarse, pero no le da mayor importancia porque otros se ubican muy cerca también. ¡Vaya!, los asistentes de este año son menos, así como escasa y lastimera fue la última feria ganadera, nada en comparación con otros años; pero ya habrá tiempo de recuperarse, o esas son las expectativas de los directores, quienes terminan alabando, claro, al campeón que ha ido a representarles y a competir junto a los grandes del país. Ignazio se pone en pie y saluda con humildad cuando le vitorean, entonces al girar y sonreír comprende que la presencia que sentía detrás era la de Ilario.

Localiza a Matilde y comprueba que siguen en el restaurante cuando la reunión se da por terminada, se encamina a la camioneta y se dispone a marcharse de buena cuenta cuando alguien se lo impide con un llamado.

—Creí que te quedarías en la capital, con esas bonitas modelos y esas fiestas.

Ignazio sonríe bajo el sombrero vaquero y gira para encontrarse con Ilario, frente a frente, como hacía tiempo no estaba. Entonces puede reparar en las arrugas que han tomado forma junto a sus ojos y las comisuras de su boca, la piel se le ha curtido un poco más y no sólo está más robusto, sino que ha envejecido prematuramente posiblemente gracias a la bebida. Si su padre lo viera…

—Me esperaba mi novia en casa. —Sin alterarse, Ignazio juega con las llaves en sus manos mientras Ilario lanza una sonrisa socarrona y saca una cajetilla de cigarros de su chaqueta, tomando un pequeño cilindro y encendiéndolo en unos segundos—. Tu padre te ha estado buscando.

—Quedarse en la capital era lo más inteligente —continúa el moreno, ignorando el comentario—. Apuesto a que cualquiera de esas lindas mujeres pudieran ser mejor que una campesina, alguna habrá llamado tu atención.

Ignazio decide no responder, no tanto por evitar cualquier conflicto, sino por no enfrentar el remordimiento. Sin volver a hablar le da la espalda y decide ingresar en la camioneta, pero de nuevo no se lo permiten.

—No hemos terminado de hablar. ¿Ella sabe que te cogiste a esas zorras? ¿Tuviste el valor de decírselo? —Ignazio contrae sus labios en un gesto por contener la rabia que se esparce por el torrente—. Somos hombres, sabemos que las cosas tienden a ponerse un poco… aburridas con el tiempo, ¡vamos! El rancho, el juego de “señor”, de “esposo”… Aburre.

—Le diré —comienza, girándose de mediocuerpo para dar un último vistazo a Ilario—, a tu padre que le envías saludos. Le alegrará saber que estás cerca, trabajando para Daniel. Adios, Ilario. Buena suerte.

Subiendo definitivamente a la camioneta, Ignazio pone en marcha el motor y por la ventanilla ve a Ilario Saldivar fumar su cigarrillo de forma impasible mientras se aleja en busca de las tres mujeres…

 

En el restaurante, nada más entrando al local las otras dos tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlar el impulso voraz de la embarazada de atacar la repostería exhibida. Ordenan sus almuerzos y las bebidas para que lleguen antes. En esa mesa una joven comprometida siente la compañía de una hermana y el calor familiar que no había sentido en muchos años, añorando sin lograr evitarlo, saber de aquella madre y aquellas hermanas que lejos deben estar.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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