Isla del Encanto

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Al salir de la habitación en que estaba encerrada su amiga, Michelle sintió cómo el enmascarado le volvía a poner la venda negra sobre sus ojos. Era la misma con que la había obligado a hacer el recorrido desde el sitio donde la tenía amarrada. Solo era consciente de las diferencias que sus pies descalzos lograban percibir. De la baldosa de la cómoda habitación, y del lugar por el que la llevó, atravesando lo que parecía ser un corredor con un par de puertas, pasaron a lo que sintió como césped, el cual estuvo bajo sus plantas por un poco más de veinte segundos, y que luego se transformó en tierra húmeda. Escuchó como abría una puerta y se internaban en el piso de cemento sobre el que había estado sentada durante las últimas horas. Caminaron unos pocos metros más, hasta que el hombre le desató las muñecas, le pasó los brazos hacia adelante, y volvió a atárselas. Ella hubiese querido aprovechar el momento para propinarle un golpe y tratar de escapar, pero sabía que su cansancio y debilidad provocarían que el intento fracasara y se tuviera que atener a las nefastas consecuencias. Sin embargo lo que ella consideró como un comportamiento de prisionera ejemplar, no parecía haber impresionado a su captor, conclusión a la que llegó al sentir como el hombre la obligó a estirar los brazos por encima de su cabeza antes de engarzar la cuerda que ataba sus muñecas a lo que parecía ser un gancho posicionado algunos centímetros más arriba de lo que la extensión de estos alcanzaba, obligándola a empinarse y sostenerse en las puntas de sus pies.

–Vamos a ver si un par de horas en esa posición te convencen para que me ayudes con tu amiga –dijo el hombre mientras le retiraba la venda de sus ojos.

A diferencia de la oscuridad que había reinado cuando se encontraba sentada contra el tubo, ahora un par de velas colocadas en pequeñas repisas de la pared iluminaban el lugar. Michelle miró hacia arriba para confirmar que sus muñecas estaban sujetas a una pequeña barra que salía de la parte alta del mismo tubo en el que había estado amarrada antes de ir a visitar a Natalie. La posición la obligaba a estirarse plenamente, de la misma manera como acomodaría su cuerpo en el momento de caer a una piscina desde lo alto de un trampolín. Sabía que en su estado, no podría aguantar demasiado.

–Por favor no me haga esto, yo no lo he hecho nada a usted –fue lo único que atinó a decir ella en un tono de súplica que jamás había usado.

–Michelle, esto me duele más que a ti, créeme… Y si no fuera por este maldito hechizo, no dudaría en hacer todo lo que estuviera a mi alcance para hacerte la mujer más feliz del mundo… Sé que eres una niña tierna y hermosa y que te mereces muchas cosas buenas en esta vida, pero no es mi voluntad la que me obliga a que hacerte esto…

Antes de que ella pudiera decir algo más, el hombre de la máscara desapareció detrás de la puerta. Michelle bajó la cabeza y el dolor que ya traía en las muñecas, gracias a las ataduras que había soportado por largo rato, se sumó el dolor de su dedo pequeño del pie, el cual se empezaba a ver forzado gracias a la posición en que se encontraba. Era consciente de que no aguantaría dos horas y que no estaba lejos el momento en que llegara a perder el sentido. Sin embargo no habrían pasado más de cuarenta minutos, en los que sintió que se moría del dolor de brazos, piernas y pies, para el momento en que la puerta se volvió a abrir. Ella ni siquiera se molestó en voltear a mirar de quien se trataba, lo que llevó a que su sorpresa fuera mayúscula al escuchar la voz de la muchacha de blanco.

–Michelle, sé que estás sufriendo como nunca, pero si quieres salir de esta, debes tratar de convencer a tu amiga.

La voz era dulce y melodiosa, alejada de cualquier tono que pudiese indicar una pizca de odio o agresividad.

Michelle volteó a mirar y encontró a la muchacha a menos de un metro de distancia, con su vestido blanco, su largo cabello suelto, sus pies descalzos, y su hermoso y angelical rostro. Era la primera vez que la veía a tan corta distancia y por más de dos o tres segundos. Los ojos de Nicole, como el enmascarado la había llamado, eran de un azul muy parecido al de los ojos de ella, y su blanca dentadura estaba muy cercana a la perfección.

–Ya no aguanto más…, además no creo que la pueda convencer, eso la condenaría a quedarse en esta isla de por vida –dijo Michelle con un tono de voz que no hubiese podido ser más débil.

–Será peor para las dos, créeme…

–¿Tú la has pasado muy mal aquí?

–Yo no, este lugar es precioso, y hay de todo para que puedas vivir bien, estoy segura de que a Natalie la fascinaría… Pero si le lleva la contraria a Gastón… sé que la van a pasar muy mal.




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