Jamás pensé en el Amor

Capítulo 10

Fue fácil cuando llegué a la cama, cómoda y limpia. Si así se siente una nube entonces no quiero irme de esta, pero si se juntan muchas nubes a la vez provocan que se crea una tormenta, la cual te obliga a salir de tu zona de confort.
Dormí por un rato largo, pero desperté a mitad de la noche por un extraño sueño que aún me deja en dudas. 


"Una familia en el jardín de su casa, se podían ver a los dos mayores que estaban de espaldas y a sus cuatro hijos, dos más grandes y dos pequeños. Me resultaba difícil poder verlos bien ya que sus rostros se veían borrosos.
Los dos pequeños jugaban, alejados del ageno problema que se veía por parte de los mayores. Al rato se les acerca la madre y les da algo. Puedo sentir la incomodidad y tristeza en el aire que rodea a la familia, pero ese aire es ausente para los más chiquitos, que ellos disfrutan de su regalo.
Parecen esperar a alguien... 
Pero lo que llamó mi atención fue escuchar al hermano más grande decir: —"Lucía, ven un momento". 
La niña se levantó sacudiendo su largo cabello castaño oscuro adornado con una pequeña y simple traba rosa en forma de mariposa. Fue con él, la abrazó y le dio un beso en su cabeza, en su oído le susurró: —"Cuídate de ellos, algún día te veré".


Me dejó inquieta el sueño... Pero ¿por qué? 

Al no poder volver a dormir, bajo y voy a la cocina por un poco de leche tibia (supuestamente dicen que ayuda un poco para calmar y ayuda a dormir), si alguien me viera así porque seguro me veo horrible dirían que soy como un alma suelta... o un fantasma porque me siento algo ausente.
Mi atención se distrae al escuchar el sonido que emite el péndulo del reloj, las agujas marcan las 04:00am. En dos horas entro al trabajo.

Escucho pasos lejanos, miro a la puerta y veo a Felipe entrar. Él se sorprende al verme y yo solo vuelvo a ver mi vaso que no tiene leche. ¿En qué momento lo tomé?

—Veo que no soy el único que no puede dormir o eres vos la madrugadora —su voz es tranquila—. Se que estás enojada por lo de ayer y te pido disculpas de verdad.

—¿Por qué estaría enojada? —frunzo el ceño—. No te sigas culpando de algo innecesario. 

—Pero te dejé sola...

—Porque ayudaste a tu novia —lo miro cansada. 

—¿Cómo sabes que...?

—Es muy obvio entre ustedes —pongo los ojos en blanco. 

—Claro —abre la heladera y con la luz que emite me deja ver sus grandes ojeras. Está con un simple pantalón de pijama negro y su torso está descubierto mostrándome también que eso son horas y días en el gimnasio. 

—¿Problemas para dormir? 

—Sí —dice con pesar—. Los sueños me destruyen. 

—Sueños —repito.

—Tengo la mala suerte de pasar por eso.

—No eres el único. Desde aquel accidente de pequeña, nunca pude dormir con tranquilidad. 

—Si lo sé —estoy por preguntar cuando se adelanta—, lo sé, esos factores... a veces influyen en eso y pues... eso.

—...sí —murmuro pensativa.

Sin decir nada salgo de la cocina y subo las escaleras para volver a mi habitación.
Me distraigo un rato largo en la ducha, al salir tomo un libro, abro la ventana y me siento en el marco de esta. Aprovecho de que la ventana es grande y ancha, y también que da justo la luz del patio.
Pero en realidad no leo, solo me quedo mirando el pasto y algunas plantas que hay. Mi mente sigue dándole vueltas al sueño...

—"Lucía, ven un momento". 

Su voz ronca que disminuía el tono al terminar una oración, me resulta conocido.

—"Lucía, ven un momento". 

Su voz...

Dejo caer el libro de golpe al sentir un fuerte dolor de cabeza, aprieto la mandíbula aguantando mientras bajo desesperada y busco mi pastilla de siempre. 

¡Duele! 

Ahora también es un zumbido agudo en mis oídos. Logro alcanzar el pastillero, con manos temblorosas tomo la pastilla llevándola a mi boca y el vaso de agua que siempre dejo en la mesita de luz. Tomo todo el agua. Mi garganta de la nada se secó, a pesar de que fue mucha cantidad lo que tomé, quiero más. 

Y será después. 

Miro el reloj: 06:27am. Voy directo a cambiarme. Tomo la primera camisa que veo y el pantalón de vestir. Me peino y maquillo un poco, agarro mis cosas y bajo corriendo. Cuando salgo, coloco en cada pie mis tacones negros. 

Llamo a un taxi que en tres minutos aparece, subo y ahora espero a que lleguemos. El querido tránsito me recibe otra vez, controlo la hora y sólo me quedan seis minutos para llegar.

Si no me hubiera distraído tanto, no estaría en este aprieto. 

Queda un minuto y estoy a dos cuadras, acelera más al no aparecer ningún otro auto o alguien que esté por cruzar la calle, no puedo estar tan agradecida, el chofer se para justo en la puerta, pago y bajo del auto. 

Cuando entro veo a la chica de secretaría que levanta el teléfono y llama, luego me mira y me sonríe. Yo paso y voy directo al ascensor. Los que llegaron antes me miran y apuran el paso a sus lugares. No es de mi agrado que me teman, pero por lo menos veo que ahora si se ponen a trabajar de verdad. Cada vez que la Jefa pasa por los pisos, ellos actúan como ahora.

—Buen día, doña —lo fulmino con la mirada, cosa que ni se inmuta—. El rumor corrió muy rápido. 

—Ya veo —digo con sarcasmo.

—Así que ¿la nueva, nueva secretaria?

—Sí. 

—Nos veremos muy seguido.

—¿Por las reuniones?

—Sí. También por las salidas, desayunos, almuerzos, cenas, fiestas, eventos, viajes tanto del interior como del exterior, y más —cuenta con los dedos.

¿En qué me metí?

—Es mucho. 

—Mucho. Te acostumbrarás. 

—Eso quiero.

—Ponle onda positiva, te gustará —guiña un ojo.

—Gracias por la información, señor Martínez. 

—No hay de...

—Buen día —se hace a un lado dejándola pasar.

—Buen día, Jefa —saludamos a la vez.

—Venía por ti, Stone, quería saber cómo te encontrabas.

—Muy bien —asiente y lo mira.

—Señor Martínez, necesito que me acompañe —y antes de que salga, me avisa—. Stone hay reunión esta noche a las 21pm. unos empresarios vienen a hacer negocios y te necesito también. Avisa a los nuevos que hoy se irán temprano y quiero que la sala de reuniones esté preparada.

—Sí Jefa, estará todo listo.

Ella sale y yo me pongo a hacer lo que me pidió. Hoy si será un día bastante agotador. 

Para la hora del descanso, la mayoría está en el comedor o en sus oficinas encerrados, yo de un lado a otro terminando de dar los últimos toques para la reunión. Me costó un poco, Thomas se dio cuenta de que no iba avanzando bien hace unas horas que decidió ayudarme, soy nueva en esto y en este lugar ¡era obvio!

—Gracias por tu ayuda —digo al cerrar la puerta de la sala de reuniones. 

Hemos dejado todo listo, bueno, casi listo. Falta que haga el pequeño gran discurso que debo dar durante la reunión y a su vez hacer un informe que deben tener todos los presentes, incluyendo la Jefa.

—No es nada —mira su reloj asintiendo—. Vayamos a comer algo antes de que termine nuestra supuesta hora de gloria. 

Pongo los ojos en blanco. —Vamos. 

—Ánimo. Te ayudaré con el informe.

—Es muy largo —bajo rápido las escaleras. 

—Haremos un poco, iré a tu oficina para seguir ayudando —acelera bajando a mi lado.

—Empecemos un poco, dame algo de idea y seguiré sola con el resto.

—La Jefa se ha ido.

Paro en medio de las escaleras mirándolo sorprendida. 

—Tenía que ir a recibir a todos lo que vendrían. 

—Creí que serían con los de por acá. 

—Creo que no te explicó bien —ríe continuando.

—¿De dónde vienen? —vuelvo a reaccionar al ver que está más abajo.

—De otras provincias, por lo que me enteré —se encoje de un hombro—. Y mañana creo que también, pero será con nuestra empresa gemela de Italia.

—¡¿Mañana?! —algunos me miran sorprendidos por mi pequeño grito.

—Aquí nos manejamos así, novata.

—Pero yo... 

Deja de caminar para girar y mirarme, parece molesto.

—Laira, ya te dije que somos una de las empresas más prestigiosas del país. Cada día crecemos más con aliados o sólo con inteligencia. 

—Lo sé. 

—Si sabes bien en dónde estás parada, entonces no deberías cuestionar o titubear en cada movimiento que das.

—¿Por qué? Estoy empezando a dar mis primeros pasos. Soy nueva.

—Eso ya no interesa. Debes ser astuta, confiada y valiente, así verás que eres más aquí. 

—¡Entiende que soy nueva!

¿Es bruto o qué?

No me importa si los demás estén viendo y escuchando. Lo que me importa es hacer entender a Thomas que soy nueva en esto y no tengo la más mínima idea. Sé dónde estoy parada, sé en lo que me metí, pero por algo se empieza ¿no? ¿Qué le cuesta poder entenderme? ¿QUÉ?

—¡Todos hemos pasado por lo mismo! ¡Estamos acá porque dejamos nuestros tontos miedos, seguimos y hacemos lo que hay que hacer!

—Es que... —golpeo fuerte el tacón en el piso.

—¡Es que nada! ¡Solo haz lo que se te mandó y punto final! —sus ojos desprenden fuego, está totalmente enojado. 

Me quedo callada una vez más.
Mi respiración ha aumentado y la de él también. Todo está en un silencio incómodo y muy tenso.

Es terco, eso pasa. Y no puede entender.

Tomo aire varias veces intentando calmarme. Levanto el mentón mostrándome altiva y segura, cosa que siento lo contrario, estoy por derrumbarme.

—Laira —dice con pesadez pero no lo escucho.

Rompo el silencio haciendo ruido con mis tacones pasando por al lado de él y así bajando las escaleras muy rápido. 

Si sigo, lo más probable es que seguiré en el mismo frasco sin salida. 

—¡Stone! 

Yo sigo mi camino. El hambre se me pasó así que después de un rato llego a mi oficina donde cierro con seguro.

Primera lágrima. 

Segunda lágrima. 

Antes de la tercera limpio mis ojos.

Basta.

Soy una adulta. Debo controlarme, y hacer mi trabajo. 


A la hora de salida de todos, espero a que el edificio quede casi vacío. 
Salgo de mi oficina encontrándome con Felipe. 

—¿Nos vemos en la noche?

—Tengo reunión y no sé a qué hora termino —digo seca.

¡Tonta! Él no tiene culpa de nada lo que me sucedió. 

—¿Tienes las llaves? —asiento sin mirarlo—. Me enteré lo que pasó. 

—Ajá. 

—Tranquila, respira y recuerda por qué estás aquí y lo dichosa de tener tu lugar.

Lo miro a los ojos, esos ojos iguales a los míos que me quieren decir algo más pero a la vez reflejan miedo. —Gracias. 

—Suerte —me da un abrazo que respondo—. Saldrá todo bien.

—Eso quiero y espero.

Después de ese momento el cual agradecí mucho porque de verdad lo necesitaba, tomé las copias, y salí en camino al último piso. Aproveché de que el ascensor se abrió y estuve por marcar el doce pero este ya estaba marcado.

—¿Te ayudo? —solté un pequeño grito haciéndome caer algunas copias.

Menos mal que abroché cada informe. 

—Por favor —levanta las que cayeron y algunas otras que sacó de la pila que llevo—. Gracias. 

Hubo otro silencio incómodo. Y se rompió. 

—Disculpa —yo miraba a la puerta—, me dejé llevar y... 

—Entiendo. 

—No era mi intención —sonaba de verdad arrepentido.

—Claro —la puerta se abrió y salí apurada.

—Laira...

—Hazme el favor de dejar las copias en cada lugar, también de prender la computadora y el monitor —caminamos al final del lugar en donde abro la puerta—. Iré por otras cosas.

—Bien.

—Te haré sonar el teléfono de aquí cuando estén cerca.

—Bien —dejo la pila en la orilla de la mesa y salgo.

La Jefa me dejó una nota que no la había visto antes, decía que llamara a un servicio porque cenaremos aquí. Los jefes y sus acompañantes en la sala, el resto en el comedor. 

Veo que falta una hora. Por suerte llegaron los del servicio que contraté, o mejor dicho, que ya es casi común de la empresa, y estos están terminando de arreglar para cuando se les pida que sirvan.

Estaba en la planta baja repasando lo que diría cuando escucho voces.

Oh no, llegaron antes.



María Carrizo

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En el texto hay: amor, dolor, odio

Editado: 27.02.2020

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