Jugando Con El Amor

Capitulo 1: La Infancia

La infancia de Valeria Mendoza en sus primeros años de estudio fueron fastidiosos. La niña sufría de sobre peso, era objeto de burla en todo tiempo y lugar  por parte de sus compañeritos. Sin embargo, cuarto grado fue la excepción.

Cada año, al iniciar las clases, las burlas se tornaban más pesadas; la chica empezaba a recibir agresiones físicas. Valeria sentía que ya no podía más. Pero nunca imaginó que en cuarto grado todo eso acabaría.

 

Era día lunes, primer día de clases. ­

— ¿Y si mejor sigo la escuela el otro año? ­—suspiraba y reprochaba Valeria a su madre mientras terminaba de desayunar.

—­ ¡Ay Valeria! ¿Ya vas a empezar otra vez? Cada año es lo mismo niña ¿Cuándo va a ser el día en que no pongas pretextos para no ir a la escuela? ¡eh!

La niña agachó su cabeza en señal de tristeza al oír una vez más el regaño de su madre. ­

— Mamá, es que yo ya te dije que esa escuela no me gusta ¡Cámbiame de escuela y te prometo que ya no me quejaré! ¡Pero cámbiame por favor! ­—Valeria suplicaba de rodillas a su madre y a punto de llorar.­

— Levántate del suelo de inmediato, sino quieres que te castigue ­—le ordenó su madre. Rápidamente ella hizo caso y se limpió las lágrimas que ya estaban brotando sin parar de sus ojos­.

Ciertamente en reiteradas ocasiones,  Valeria se quejaba una y otra vez con sus padres acerca de la escuela, pero nunca decía realmente cuáles eran los motivos que la llevaban a quejarse tanto. Por otro lado, los padres cuanto hubieran querido complacerla, pero eso no era posible, debido a que la escuela era la única cercana a la casa en donde vivían; facilitándoles el trabajo de irla a buscar sin perder tanto tiempo.

Ya resignada, Valeria caminaba directo  al carro de su padre, quien  hacía señas con la mano para que se apresurara.

­— Hija apúrate,  ya es tarde, por tu culpa  mamá y yo  vamos a  llegar tarde a trabajar ­—decía apresurado mientras terminaba de cerrar la puerta del carro­.

 

­— Adiós papá —se despidió—. Gracias por traerme al matadero ­­—musitó sarcásticamente la niña­ estando en la entrada de su escuela.

— ¿Qué dijiste Vale? ­—preguntaba su padre­.

— Nada, papá, solo te dije que muchas gracias por traerme ¡te quiero! ­­—exclamaba en voz alta, mientras se perdía entre los demás estudiantes.

 

Valeria pensaba que cuarto grado seria el peor, ya que esta vez  había aparecido en su rostro el famoso acné. ­

— ¡Rayos! aparte de gorda, ahora tengo estos horribles granos en la cara. Ya los escucho  decir que doy más asco que nunca ­—todo eso pasaba por la cabeza­ de la niña mientras caminaba por los pasillos de la escuela.

 

Cuando Valeria se encontraba a punto de entrar a su salón, de inmediato un niño la empujó, haciendo que ésta cayera violentamente cerca del basurero. ­

— ¡Allí junto al basurero te ves mejor puerquito, ahora con granos asquerosos! ­—Gritaba el niño en son de burla, mientras los demás niños también se burlaban y reían sin parar­. Cuando de la nada, otro niño se apareció empujando al agresor de Valeria, haciendo que éste cayera cerca del pizarrón. ­

— ¡Nadie merece ser tratado de esa manera, mucho menos una niña! ­—Decía con expresión de enojo el niño justiciero, apresurándose a levantar a Valeria­.

Al presenciar aquel suceso, todos los demás niños quedaron estupefactos, por lo que se oía un silencio absoluto en el salón.

­­— ¿Te encuentras bien? ­—preguntó aquel niño justiciero, mientras ayudaba a la niña a ponerse de pie­.

— ¡Sí, gracias! ­—respondió Valeria, tratando de procesar lo que había pasado.

 

Al cabo de cinco minutos, se presentó la profesora encargada de impartir el primer curso. ­

—Buenos días niños, como ya saben soy la profesora Lucia Pérez, este año les impartiré el curso de matemáticas…pero antes de seguir, quiero que pase al frente el nuevo compañero que tienen este año; para que lo conozcan.

—Hola, buenos días, me llamo Rodrigo Cruz, tengo diez años y  espero adaptarme pronto a esta escuela.

—Muy bien —dijo satisfecha la profesora—, puedes pasar a tu lugar Rodrigo.

 

Las clases transcurrieron, pero el asombro de Valeria no. Ella todavía no podía creer lo que aquel niño había hecho por ella. Por ende, la niña miraba constantemente hacia el lugar en donde se encontraba Rodrigo.

 

La campana para salir a refaccionar sonó, y Valeria mejor esperó a que todos sus compañeros salieran, de ese modo evitaría más caídas “accidentales”; así decía a sus padres cuando llegaba a casa con las rodillas lastimadas o los brazos moreteados.

Rodrigo se percató de lo que Valeria hacía, y no esperó mucho para acercarse a ella y entablar una conversación.

— ¡Hola! ¿Cómo te llamas? —preguntaba Rodrigo con una gran sonrisa.

—Hola, me llamo Valeria Mendoza… pero los que me conocen me dicen Vale.



Milen Mayers

Editado: 20.06.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar