La cafetería de la calle Moore

I

"Las cosas siempre parecen haber terminado antes de si quiera empezar."

-Lou Reed

LOU

"Las cosas siempre parecen haber terminado antes de si quiera empezar

La cafetería de la calle Moore no es muy grande. Al entrar puedes ver unas cuantas mesas compartidas, el bar justo al frente con una ventanilla por donde se puede observar la perezosa cocina, y a la derecha la puerta que da al baño. Justo al lado de esta puerta puede verse otra mesa, aquí se encuentra sentado un hombre de cabello negro y rebelde, chaqueta de cuero y mirada ausente. Mira por la ventana hacia algún lugar, pero él mismo sabe que se encentra sumido en sus pensamientos. En la mano izquierda tiene un cigarrillo encendido que no duda en llevarse a la boca, lo saborea cada vez que da una honda calada, sintiendo como el humo caliente llena sus pulmones. Tararea una canción que debió escuchar de camino a la cafetería, pero no puede recordar la letra o el nombre.

El ruido de la ciudad no llega ahí dentro, solo el constante repicar de la lluvia se escurre dentro como un arrullo. El hombre se sorprende cuando la mesera llega a su mesa y le pide su orden:

 —¿Vas a llevar lo de siempre, Lou?—  Dice con aquel marcado acento de algún lugar de nombre impronunciable.

 —Me temo que sí, pero agrégale una cucharada más de azúcar.

La mesera asiente, conoce el sentimiento. Ella también sabe que lo que le sucede a Lou es algo que no se puede curar con una simple taza de café con mucha azúcar. El hombre que viene todos los lunes a estas horas de la madrugada lo hace simplemente porque odia el sonido del silencio.

Mientras intenta sumergirse de nuevo en sus macabros sentimientos, un berrido agudo lo interrumpe. Lou se da la vuelta para ver al autor de tal sonido, solo para darse cuenta de que no estaba solo: En la barra un anciano bebía una cerveza; en otra de las mesas una chica de no más de veinte años veía con animosidad una camiseta de los Velvet Underground que llevaba en las manos; y cerca de la entrada una mujer que trataba que su hijo dejara de llorar. Lou dejó de prestarles atención en cuanto escuchó un pequeño maullido que provenía de su chaqueta, y que no tardó en abrir un poco. Un par de ojos verdes y brillantes lo observaron fijamente.

—¿Ya decidiste despertar?

La gata, manchada de tres colores, volvió a acostarse en su regazo a modo de respuesta. Lou, que había decidido cambiar de ruta esa noche, decidió atravesar el parque que se encontraba enfrente de la cafetería. Mientras lo hacía vio como un perro grande y de mirada grotesca atacaba a un gato; de un grito hizo que el perro se fuera y fue hacia la gatita, que se encontraba un poco aturdida y un poco lastimada. Limpió sus heridas con el agua que llevaba en su mochila y decidió llevarla consigo dentro de su chaqueta.

Lou se dijo que con un gato en casa el silencio sería menos sofocante. Así las voces que lo atormentaban por las noches tal vez se irían, y así dejaría de inyectarse heroína para escapar de la realidad. Tal vez así podría recuperar a su esposa e hija. Tal vez así podría ser alguien bueno.

El ronroneo constante de la gatita lo tranquilizaba.

La mesera llegó meneando las caderas al ritmo de una canción cubana que sonaba en una radio vieja y destartalada, y le tendió el café y unos huevos revueltos. A veces esas caderas hacían que Lou divagara por unos momentos, después de todo era una mujer hermosa. Tomó un sorbo y dejó que el líquido caliente quemara un poco su garganta para después comenzar a comer un poco del platillo, el café servía como paliativo para poder engullir de esa masa amarilla que el chef hacía pasar por huevos.

Al terminar, se quedó mirando a la pared que estaba justo frente a él, tenía un afiche para un concierto en el que rezaba en letras grandes "David Bowie". El hombre (¿o no?) impreso tenía pinta de ser un reverendo loco y un marica seguro. Aun así, Lou se apuntó la fecha y la dirección del concierto. No sabe por qué lo hizo, pero un cambio de aires no le vendría mal, después de todo haría lo que fuera por no volver a su apartamento.

Dejó el dinero de la comida, más una propina generosa, y se levantó dispuesto a irse. La mesera se despidió de él con un beso en la mejilla y un pellizco en el brazo. Alzó la mirada para ver la luz titilante de las lámparas una vez más.

Salió de la cafetería y el ajetreado mundo de afuera lo recibió. El ir y venir del tráfico, el murmullo y el constante caminar de las personas, la lluvia cayendo por los tejados. Lou caminó calle abajo, ensimismado en sus pensamientos. Sin prestar atención a los sonidos de la ciudad. Sin dejar de observar cada tanto a la luna que seguía sus paso.



Diphylleia Grayi

Editado: 21.01.2019

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