La carta

La carta

Es habitual que durante mis investigaciones tenga la necesidad de acudir a ciertos especialistas, que funcionan como consultores sobre temas específicos. Así fue que conocí al matrimonio Ramírez. Él, un docto en el arte de las letras y vasto conocedor de la historia Argentina, y ella, una excelente grafóloga.

Prontamente nuestra relación excedió los límites de la cortesía profesional y pude considerarlos amigos. Nuestras charlas amenas y su generosa hospitalidad hacían que visitarlos frecuentemente, incluso cuando no era necesario, fuera uno de mis pasatiempos favoritos.

Una tarde, acudí a su elegante casa del barrio de Recoleta portando conmigo una carta de suma importancia para el caso que investigaba. Había telefoneado y Griselda había aceptado sin dubitaciones ayudar en la interpretación de la misma.

-Inspector, buenas tardes. –me saludo mientras abría la puerta de entrada.

Su rostro tenía una expresión de preocupación inusual y, en la confianza que nos teníamos, indagué al respecto.

-¿Algo le preocupa señora Ramírez? La noto algo apesadumbrada.

-Es mi marido. No se encuentra nada bien. Lleva unos días en cama.

-¿Por qué no me avisó antes? Hay algo que pueda hacer por él.

-Lamentablemente nadie puede. Ni siquiera los tres médicos que han venido a verlo. Ninguno ha dado esperanzas de mejoría.

-Disculpe mi rudeza pero, ¿por qué aceptó entonces este trabajo? Debe estar agotada del cuidado de su marido.

-Necesitaba despejarme –respondió con una sonrisa forzada- Además, sus casos siempre son interesantes y no me perdería ninguno, ni siquiera en este momento tan… difícil. –concluyó tomando fuerzas de quien sabe dónde, reprimiendo una lágrima impertinente.

La tetera comenzó a silbar y me invitó a acomodarme en la sala. Había dispuesto una bandeja con tazas, una azucarera y un plato de galletas a la espera de mi llegada. La desgracia de la mala salud de su marido no hacía mella en su cortesía.

Debo admitir que las malas nuevas me provocaron una gran pena. Intentaba mantenerme optimista pero, siendo los diagnósticos tan poco favorables, la tragedia parecía inevitable.

-Le gusta negro con un terrón de azúcar, ¿verdad? –dijo mientras entraba con una tetera de porcelana llena de café.

-Permítame –me apuré a su encuentro y la ayudé a servir las tazas.

-Deberá disculpar a mi marido, esperaba que la noticia de su visita fuera suficientemente motivadora como para que se levantara de la cama, pero no siente tener las fuerzas necesarias.

-No hay ningún problema. Además, es su talento el que me trae. Aunque, sí me gustaría saludarlo, de ser posible, en cuanto terminemos este asunto. Quiero dejarle mis deseos de pronta recuperación personalmente.

-Eso sería muy agradable, esperemos que pueda hacerse. –respondió mientras daba un sorbo a su taza y observaba indiscretamente el sobre que traía.

-Pasamos a lo que nos compete –respondí en respuesta de su inconfundible curiosidad- He rastreado los últimos meses a un criminal internacional que, según creen las autoridades, está escondido en nuestra ciudad. Debe saber que este hombre es muy habilidoso, no ha dejado ni una sola pista en cada escena del crimen. Por esto, fue un extraño hallazgo esta carta, que creemos es de su puño y letra, dónde deja una confesión y última voluntad.

Pude notar que la intriga de mi anfitriona crecía exponencialmente. Dejó la taza a un lado y se limpió innecesariamente las manos con la servilleta.

-¿Me permite verla? –dijo extendiendo la palma hacía el sobre.

Tomé de mi bolsillo una pequeña pincilla que usé para sacar el papel que se ocultaba dentro del sobre. Con mucho cuidado lo retiré y lo apoyé sobre el mismo para que la señora Ramírez pudiera leerlo sin tocarlo cuando lo volteé hacía ella y lo deposite sobre la mesa.

La carta era breve y concisa. De excelente ortografía y legibilidad. Sin duda escrita por un letrado.

“He cometido muchos errores en mi vida, pero casarme con el amor de mi vida no ha sido uno de ellos. Aunque sí me quita el sueño el mentirle sobre mi doble vida, lo hago para protegerla.

Cuando me enteré de mi enfermedad mortal decidí que no me iría de este mundo dejándole las deudas que acumulamos los últimos años. Sé que el dinero no es el mejor legado que puedo dejar, pero temo que ya es tarde para dejarle descendencia y deberá conformarse con tan banal obsequio.

Quiero que sepas, querida, que esa mañana en que despertamos en el hotel Indigo de Mánchester, volví a enamorarme, como hacía veinte años, cuando te vi por primera vez.

Por siempre tuyo.”

Terminaba con una firma ilegible, pero sin nombre. Una especie de garabato bien ensayado.

-¿Qué puede decirme de la nota? –pregunté a la mujer que leía y releía atenta a cada palabra.

-Sin duda se trata de un hombre culto, que justifica sus actos aunque se siente culpable de ellos. El hecho de que firmara la carta pero sin poner una aclaración denota que pretendía que su mujer leyera la misiva y la reconociera. ¿Dónde fue encontrada?



Jorge Caprarella

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En el texto hay: cuento, investigacion, roboasaltos

Editado: 23.01.2019

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