La chica y el vínculo

Capítulo 24; Un nuevo comienzo

La muchacha pronunció aquel desagradable nombre mientras seguía haciendo fuerza con su mano. Toda la ira, angustia, miedo y demás se concentraban en el puño de Edith, tornando aquella pálida tez a una rojiza como las llamas del averno... y era ese nombre el que podía generar millones de sensaciones en la chica, el nombre que provocaba en su interior un odio muy arrasador y cínico a tal punto de que hacía que quisiera destruir todo a su paso: Octabious.

«Octabious... Octabious... Octabious». La palabra le carcomía la cabeza cada vez que, sin ser consciente, la pensaba. Su cuerpo se revolvía de tan solo imaginar la figura de aquel hombre.

La muchacha no lo podía notar, pero cuando pensaba en aquel sujeto, se transformaba. Su mirada cambiaba, era otra persona... una igual o hasta peor que él. En su mente llovían imágenes sangrientas, brutales, ideas o estrategias de cómo podría asesinar a ese rey.

Allí no había villanos o héroes, eran locos que buscaban derrocar al otro con tal de sobrevivir. Animales que, en un intento por saciar su sed de sangre, eran capaces de erradicar a una nación y hasta a ellos mismos si era necesario.

Odhilia observó con preocupación a Edith y pensó en el sentido tan grande que abarcaba la idea de la pelirroja. Octabious estaba perdido y desesperado: los residentes del Reino del Norte comenzaban a detestar su liderazgo allí. El vandalismo se agigantaba potencialmente debido a la falta de seguridad y vigilancia en el pueblo, robos, asesinatos y desapariciones.

Los guardias del monarca simplemente seguían sus órdenes, que no eran otras más que intentar persuadir para posteriormente exterminar a los demás reinos de Deimos. Ya no servía aquella alianza, ya no cabían cuatro monarquías en una región tan minúscula... porque, si todas crecían y crecían, el poder se separaría poco a poco y las disputas entre líderes chocarían entre sí.

Octabious se estaba encargando de robar recursos, pertenencias y debilitar el poder de Adeus, Rosalba y Odhilia. Deimos había llegado a su fin como región pacifica pues, una vez que escalaba hacia la cúspide y lograba dominarla, quedaba bajar, y lo estaba haciendo en picada.

La gente ya no era la misma. Familias poderosas, pertenecientes a buena clase social y poseyentes de un gran capital pasaban a vivir en la calle, donde vagaban y saciaban su hambre con la comida que lograban robar. ¿A qué venia toda aquella pobreza? ¿por qué repentinamente nada era igual?

Debido a la grandísima cantidad de deudas que Octabious tenía con las regiones limítrofes a Deimos, este había caído tan bajo que, sin dudarlo, les quitaba el oro del as manos a todas las familias en el pueblo por intentar dirimir sus cuentas.

—Primeramente, el hambre, luego el frío, la enfermedad y ahora la pobreza... ¿ha de ser esta la hecatombe que el destino le tiene preparado a Deimos? —se replanteó la exhausta reina del sur.

La mujer intentaba evadir todo tipo de pensamiento mientras escuchaba a los jóvenes hablar. Tenía una expresión neutra, nada de lo que le dijeran podía cambiar su rostro. Ella tan solo observaba y escuchaba, sin decir ni una sola palabra.

El tiempo pasó, nadie sabía cuánto ya que sus cuerpos, mentes y almas se centraban únicamente en resolver aquel tema. Edith, quien aún seguía lamentándose el no poder hablar sobre aquel suceso que hacía ya muchas horas la mataban por dentro, se encontraba excesivamente distraída, y Alain lo notaba.

Fue entonces que, teniendo la mínima esperanza de que su pareja se abriera a él con la mera intención de desahogarse, le volvió a preguntar.

—Disculpa —elevó su mano con delicadeza para dirigirla hacia el hombro de la colorada.

Edith se dio la vuelta, quedando frente a frente con el apuesto masculino que tan bien le hacía.

—¿Qué ha sucedido? —rodeó sus brazos alrededor del cuello de Alain para unir aún más sus rostros, llegando a compartir respiraciones.

A pesar del caos, la muchacha no podía estar más agradecida de tener a alguien que la tratara y entendiera tan bien. Era ilógico, sorprendente... algo tan simple para algunos, pero mágico para ella, pues había alguien que, en ese mundo repleto de desigualdad y perversión, la cuidaba. ¿Cuál era el verdadero motivo por el cual Alain amaba a Edith? La pregunta quedó en el eterno olvido al ser interrumpida por la voz del masculino.

—Algo sucede, he de percibirlo en tu forma de ver el entorno, Edith —exclamó en un cálido susurro a la par que acomodaba varios de los rizos pelirrojos que caían estorbosos y le cubrían el rostro a la moza.

La chica negó en absoluto todo lo que Alain mencionaba, pero este, a pesar de tener la palabra de su pareja, no se dejó engañar e insistió una vez más a tal punto de parecer invasivo. Edith retrocedió un paso atrás al ver como este se portaba un tanto violento: el lugar se entornó sumamente incomodo y silencioso, tanto que el aire parecía condensarse a medida que las miradas se intercambiaban... Alain se había dejado llevar por la intriga, y al percatarse este de que su novia lo miraba extrañada, se dio cuenta de que la estaba presionando.

Edith lo miró con pena, el remordimiento la comenzaba a enredar, confundir y precipitar. Estaba confundida y no sabía si soltar todo, si explicarle su plan... era su pareja, había la suficiente confianza y respeto entre ellos, y no perdería a su amor por un rey que, sin conocerla, la atormentaba. Por lo que, tomando fuerzas y animándose a hablar... le contó absolutamente todo.

—Alain —lo llamó para que se sentara a su lado.

—Dime —le contestó este.

Edith suspiró, y prosiguió.

—Poseo algo en mi interior que debe salir... debo decirlo, he de hacerlo por nuestro bien y por el de todos en esta región —dio un suspiro —, y no me hube atrevido porque conozco la respuesta a dicha petición, habría de ser un no.

—¿Qué es lo que tanto ha de abrumarte? Edith, por favor, te imploro me lo confieses de una vez —exclamó ya desesperado el rubio.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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