La chica y el vínculo

Capítulo 30; Sangre gélida

 

Devastación     

Devastación.

Intimidantes eran forcejeadas las puertas, y el constante soplar de fortísimos vendavales nevados lograban crispar hasta las más rígidas pieles. Helado el ambiente se tornaba, más bien no alcanzaba la mortandad.

El aire azotaba monstruoso cada rincón del castillo, dejándolo vulnerable ante cualquier ataque: estaban devastados, simplemente devastados.

Desde aquella peste enviada a través de los alimentos, muchísima gente había muerto en sus últimos intentos por reponer energías y escapar de la crisis... pero no lo lograban, por lo que traían aún más enfermedad a los lares. Cuerpos mustios y congelados yacían esparcidos por las inhóspitas calles del lúgubre Arnau, hechos hielo, inertes, muertos.

Pocos habían sido los verdaderos sobrevivientes, quienes implementaron todas sus fuerzas y se aferraron a las ganas de vivir. ¿Qué había sucedido en aquel precioso lugar? Tan solo una respuesta podía ser efectuada, y cualquiera que la escuchara quedaría perplejo de por vida.

Las primeras bajas se dieron por la comida, pero, tras pasar los meses y arraigado a ellos el fallecimiento repentino, las plagas, los olores pútridos y la descomposición de los cuerpos comenzaban a afectar a quienes aún vivían. En un desesperado intento por sobrevivir, muchos sucumbieron a la desgracia y la suciedad.

Aria, la mujer que se encargó de resguardar y proteger a Edith, había sido una de las primeras en caer ante la desgracia, y quienes se mantenían la seguían recordando en sus helados corazones.

De la multitud tan grande que en un pasado hubo existido, tan solo quince quedaban en pie: Milosh, Adeus, Rosalba y varios discípulos.

Así era, Conrad había fallecido, junto con Aspen. El medico por excelencia y su joven aprendiz, personas ahogadas en conocimientos y practica sumamente experimentada, no habían podido luchar contra las fuerzas superiores.

Cuando el destino planeaba algo, era imposible escapar de él.

Los últimos supérstites se hospedaron en el sombrío palacio, allí se protegieron gracias a las gruesas y resistentes paredes. Tenían comida, calefacción, abrigo y compañía. Pero como todo en la vida, acababa.

Recursos que antes abundaban pasaban a escasear y, junto con ellos, la esperanza de vivir. Hace ya varios meses la comida de excelente calidad se agotó, obligándolos a ingerir desde frutos congelados, semillas y animales provenientes desde las llanuras nevadas: ardillas, jabalíes y algún que otro alce eran proveedores de las pocas calorías que los resientes podían consumir.

La gente más afectada, aunque no fuera de creer, hubo sido la realeza. El pasar de tener cada uno de los privilegios gastronómicos, a alimentarse de animales salvajes, era un grandísimo reto para los reyes y el ya maduro príncipe.

Todo el peso se acentuaba, mayoritariamente, en Rosalba. La mujer estaba devastada, tan desnutrida por no comer que muchos la confundían con un muerto viviente: su piel se asemejaba al cuero, duro y tieso e incapaz rajarse con facilidad. Además, sus ojos se tornaban blanquecinos, indicando que poco a poco esta perdía la vista. Y ni hablar de su indumentaria... asquerosamente sucia y repleta de escallas de hielo.

Milosh lo logró asumir después de mucho tiempo, su madre moriría pronto. Estaba débil, no podía caminar ni conciliar el sueño como debía, tenía la mirada descarrilada y aun se resignaba a comer. No podía hacer nada más que contemplar como el tiempo se la llevaba, pero todavía guardaba la pequeña chispa de esperanza.

El constante lamento de la reina provocaba que su hijo emprendiera largos viajes en busca de animales corpulentos y carnosos. Aunque detestara matarlos, debía hacerlo por un bien mayor, y depositaba todas sus gracias al que sería su fuente de alimento.

Pero el trabajo de conseguir comida era mucho más difícil de lo que esperaban, ya que debía atravesar el castillo a través del sistema de túneles subterráneos, puesto que, si abrían la puerta principal, serían cazados por verdugos que Katerina, la reina de Amún, había enviado para acabar con la vida de todos los residentes al completo.

Al parecer, Katerina poseía dos tipos de soldados. Los que mataron a Odhilia, quienes se ocultaban bajo un yelmo negro, y los que merodeaban las zonas del este con el propósito de erradicar todo rastro de vida humana.

Aquellos últimos sicarios vestían robustos trajes de piel resistente al frío, pieles que lograban mimetizarse a la perfección con el blanco entorno. Además de eso, estos portaban arcos, alabardas y dagas que colgaban de sus tahalíes.

Trabajaban por riquezas, cegados por la más viciosa avaricia y el deseo de poder. No les importaba a quién o qué debían matar, fueran campesinos, herreros o hasta los mismísimos reyes... y aún menos sabiendo que, quien comandaba las ordenes, era la amante de Octabious.

Los forcejeos en la puerta principal no cesaban, ya no les quedaba mucho tiempo allí: era hora de escapar y dejar atrás sus vidas, y su hogar. Ya nada sería lo mismo para Arnau, aquel día marcaría un antes y un después para toda la región de Deimos. Lo que una vez hubo sido un agradable y cálido reino a pesar de sus temperaturas, se convirtió en una tierra perdida y desolada.

-Hijo, Milosh -rompió el silencio Adeus mientras tiritaba de frío -, no debes moverte, se hallan en el techo -susurró para que no fueran escuchados.

El monarca optó por apagar el leve fuego que generaba luz, debía hacer hasta lo imposible para salvar a su gente de los cazadores. Y fue allí cuando, de repente y gracias a un leve movimiento, toda la sala real cedió a la oscuridad absoluta y al frío extremo.



Santiago Taberna

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En el texto hay: fantasia, misterios, aventura epica

Editado: 06.01.2021

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